“Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él.” (Jn 3, 16-17)
Estas conmovedoras palabras del Evangelio de San Juan tocan las puertas de nuestra mente y nuestro corazón de manera especial en este tiempo fuerte de conversión, en el umbral de la Semana Santa.
Durante el Triduo Pascual, celebramos en efecto el increíble, indescriptible amor de Dios que tanto nos amó, que entregó a su Hijo para rescatarnos del pecado y la muerte mediante su propia muerte.
Es pues un misterio de amor, pero también un misterio de sufrimiento.
¿Por qué Dios, que lo puede todo, y que podría haber salvado a la humanidad de cualquier manera, escoge salvarla mediante el sufrimiento?
El Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica nos da la respuesta: “Al fin de reconciliar consigo a todos los hombres, destinados a la muerte a causa del pecado, Dios tomó la amorosa iniciativa de enviar a su Hijo para que se entregara a la muerte por los pecadores” n. 118.
Con su sufrimiento en la Cruz, el Compendio del Catecismo nos dice, “Jesús ofreció libremente su vida en sacrificio expiatorio, es decir, ha reparado nuestras culpas con la plena obediencia de su amor hasta la muerte … El sacrificio pascual de Cristo rescata, por tanto, a los hombres de modo único, perfecto y definitivo, y les (nos) abre a la comunión con Dios” n. 122
En su infinita Sabiduría, Dios quiere que el misterio del sufrimiento sea la fuente de redención y salvación. Al morir en la Cruz, después de una terrible agonía que lo llevó a sudar sangre por efecto de la profunda angustia que lo embargaba, Jesús se convierte él mismo en un rayo de luz que ilumina el misterio del dolor humano.
Gracias a su pasión y su muerte, que celebramos estos días en el Triduo Pascual, podemos decir con el autor de la Carta a los Hebreos: “no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino uno que ha sido tentado en todo como nosotros, pero sin pecado” (Hb. 4:15)
El Papa Benedicto XVI, durante esta Cuaresma, explicaba que frente a las tragedias humanas que no tienen explicación, Jesús nos invita con su vida a “rechazar la fácil tentación de considerar el mal como efecto del castigo divino”.
“Jesús invita a hacer una lectura diferentes de los hechos, situándoles bajo la perspectiva de la conversión: las desventuras, los eventos dolorosos, no tienen que suscitar en nosotros curiosidad o búsqueda de presuntos culpables, sino que tienen que representar una ocasión para reflexionar, para vencer la ilusión de poder vivir sin Dios, y para reforzar, con la ayuda del Señor, el compromiso de cambiar la vida” (Benedicto XVI, Ángelus del 7 de Marzo, 2010).
El Santo Padre nos señalaba además que “en presencia de sufrimientos y lutos, la verdadera sabiduría es dejarse interpelar por la precariedad de la existencia y leer la historia humana con los ojos de Dios, el cual, queriendo siempre y sólo el bien de sus hijos, por un designio inescrutable de su amor, a veces permite que experimenten el dolor, para llevarlos hacia un bien más grande”.
Los misterios que celebramos estos días nos invitan pues a elevar la mirada, abandonando cualquier actitud de autocompasión, y aceptar la misión que el Señor nos encomienda.
Como escribía recientemente en mi Carta Pastoral: “conocer a Jesucristo y su amor nos lleva a querer compartir ese conocimiento y amor con cada una de las personas que conocemos. Estar reconciliados con el Padre y sabernos, nosotros mismos, sus hijos amados, nos llena del deseo de contarle al mundo entero sobre el don de su salvación” (“Serán mis Testigos”, 4).
En estos días santos, dejémonos tomar de la mano por la maravillosa liturgia de la Iglesia, que nos lleva por el camino que recorrió Jesucristo: su pasión, muerte y resurrección gloriosa.
Permitamos que en estos días el valor redentor y reconciliador del sufrimiento entre en nuestras vidas, nos colme de aliento y esperanza, y nos lleve a vivir el Evangelio en plenitud para que salgamos renovados y transformados de este Santo Triduo.
Como recordaba en mi Carta Pastoral, “hoy en la Iglesia, necesitamos esa misma fe en el poder del Evangelio, ese mismo celo apostólico por las almas; necesitamos renovar en nosotros mismos la convicción y el sentido del deber que animó a San Pablo a decir: ‘Es más bien un deber que me incumbe, ¡Ay de mí si no predico el Evangelio!” (“Serán mis Testigos”, 7).
Rezo, unido a ustedes, para que esta Semana Santa sea una ocasión de conversión y renovación para toda nuestra Iglesia en San Antonio.