Viviendo la virtud de la fe
En este año santo dedicado a San Pablo, he estado tratando de leer más sobre su vida, y especialmente leer sus escritos con mayor profundidad. El otro día leí esto, al fin de la Epístola a los Filipenses (4:8): “todo lo que sea virtuoso y digno de alabanza, tenedlo en estima”.
Ya no pensamos mucho sobre la virtud. En el hecho, raras veces oímos la palabra, y ya no tenemos ideas claras sobre ella.
Pero no debiéramos olvidar que desde los tiempos de San Pablo, los verdaderos discípulos de Cristo se describían como los que practicaban y tenían ciertas virtudes.
Virtud significa simplemente “excelencia”. Las virtudes son las que nos hacen “excelentes”.
Es decir, las virtudes son las que nos hacen ser la clase de gente que Dios quería que fuéramos.
Tradicionalmente la iglesia ha identificado siete virtudes de los verdaderos discípulos de Cristo. Hay tres virtudes “teologales”, fe, esperanza y caridad, y cuatro virtudes “morales”, prudencia, templanza, justicia y fortaleza.
En las próximas columnas, entonces, quisiera referirme a las virtudes teologales, que son la base de una vida realmente buena — la vida que Dios quiere que todos vivamos.
San Pablo nos reveló las virtudes teologales: “Ahora permanecen la fe, la esperanza, la caridad: las tres virtudes. Pero de ellas la más grande es la caridad”. (1 Cor 13:13) Las virtudes teologales son un regalo de la gracia de Dios.
Son regalos que Dios nos da, de modo que podamos conocerlo y amarlo, y vivir como sus hijos e hijas. Estas virtudes se nos “infunden” en el bautismo por el poder del Espíritu Santo. Y permanecen en nosotros siempre que no rechacemos estos dones por el pecado.
La Fe es el don que nos hace capaces de decir que sí a lo que Dios ha revelado por medio de Cristo y de su iglesia — las verdades que ha revelado para nuestra felicidad y nuestra salvación.
El Papa Juan Pablo II solía contar la historia de un amigo suyo que era un físico eminente. El hombre le dijo a Juan Pablo que como científico, era ateo — porque el método científico no podía “probar” la existencia de Dios.
Pero, agregó, “Cada vez que contemplo lo grande que es la naturaleza, siento que Dios existe”.
San Pablo dijo algo muy parecido: “las perfecciones invisibles de Dios ... se han hecho visibles a la inteligencia, después de la creación del mundo, a través de las cosas creadas”. (Rom 1:20)
En otras palabras, de la belleza y el orden del mundo que nos rodea, puede llevar a nuestra razón a la conclusión de que tiene que haber un Creador. Pero Dios no se conforma con que sepamos que existe.
Quiere que lo conozcamos personalmente — que sepamos cuánto nos ama y que sepamos el profundo significado que tienen nuestras vidas como hijos suyos.
La sola razón no puede darnos esta información. Para eso necesitamos el don de la fe. Pero si la fe es un don, tenemos que saber aceptarlo como regalo. Tenemos que hacer un acto de fe. Tenemos que decir que “sí” a lo que Dios nos propone en las Escrituras y en las enseñanzas de la iglesia.
Por eso es que San Pablo habla de “la obediencia de la fe”. (Rom 1:5) La fe necesita obediencia. No estamos llamados a una obediencia ciega y carente de razón. Pero tenemos que confiar en el plan de Dios para nuestras vidas, como ha sido revelado por Jesús y su iglesia.
Esto quiere decir que nunca debiéramos dudar de lo que nos enseña la iglesia, y que nunca debiéramos negar esas verdades por nuestras palabras o nuestra conducta. Hacer eso es pecar contra al don de la fe que nos da Dios, y arriesgarnos a caer en una ceguera espiritual.