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In this issue - August 27, 2010
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El sacerdote y las virtudes del Evangelio

Por Monseñor José H. Gomez
Para Today’s Catholic

En la tradición católica solemos hablar de los “consejos evangélicos” de pobreza, castidad y obediencia, como si fueran literalmente sólo “consejos”, es decir, conductas o actitudes que un cristiano puede elegir o no.

Pero se llaman “consejos” porque el Señor Jesús, en el pasaje del joven rico (Lc 18:18-27), los propone; respetando la libertad del hombre, no los impone. Eso no significa que son indiferentes para nosotros.

Por el contrario, todo cristiano está llamado a vivir estos consejos porque son virtudes específicamente cristianas. La persona casada, por ejemplo, vive el espíritu de pobreza mediante el desapego a los bienes que necesita y tiene que usar; vive la castidad a través de la fidelidad física y de corazón a su cónyuge, y vive la obediencia escuchando y siguiendo el plan que Dios le manifiesta a través de la iglesia.

El sacerdote, sin embargo, está llamado a vivir estos consejos de manera más visible y radical. En el sacerdote, la obediencia se expresa en su unidad de espíritu al ministerio del obispo, la castidad se convierte en celibato por el reino, y la pobreza en una opción por contar sólo con lo indispensable para una vida digna y para el ejercicio de su ministerio.

En su carta con ocasión del Año del Sacerdocio, el Papa Benedicto XVI recordaba la ejemplar vida del patrono de los párrocos, San Juan María Vianney — el Cura de Ars — y mostraba cómo su ministerio sacerdotal y su santidad estaban estrechamente ligados a la capacidad de este santo de vivir con alegría y generosidad los consejos evangélicos.

El Papa Benedicto recordaba además que uno de sus predecesores, el Beato Juan XXIII, había destacado en una encíclica escrita con ocasión de los 100 años de la muerte del Cura de Ars, la importancia para los sacerdotes de vivir los consejos evangélicos: “Y, si para alcanzar esta santidad de vida, no se impone al sacerdote, en virtud del estado clerical, la práctica de los consejos evangélicos, ciertamente que a él, y a todos los discípulos del Señor, se le presenta como el camino real de la santificación cristiana”.

El Santo Padre recuerda que el Cura de Ars no vivía la pobreza como la vive un monje alejado del mundo: como sacerdote diocesano, especialmente cuando se volvió muy famoso en Francia como confesor, debía administrar donaciones que no pocas veces eran significativas. Sin embargo, como dice el Papa, él “era consciente de que todo era para su iglesia, sus pobres, sus huérfanos, sus niñas de la “Providence”, sus familias más necesitadas. Por eso “era rico para dar a los otros y era muy pobre para sí mismo”. Y explicaba: “Mi secreto es simple: dar todo y no conservar nada”. Cuando se encontraba con las manos vacías, decía contento a los pobres que le pedían: “Hoy soy pobre como vosotros, soy uno de vosotros”. Así, al final de su vida, pudo decir con absoluta serenidad: “No tengo nada… Ahora el buen Dios me puede llamar cuando quiera”. (Carta del Papa Benedicto XVI a los Sacerdotes)

Su castidad también era la que se espera de un sacerdote: una castidad plena, expresada en el celibato vivido con la conciencia de que sus manos deberán tocar a Dios mismo en la Eucaristía, y de que sus ojos no sólo contemplarán a Dios al momento de la elevación de la hostia consagrada, sino que deberán transmitir a Dios a los fieles.

Respecto de su obediencia, el Papa Benedicto XVI nos recuerda en su carta cómo San Juan María Vianney era un ejemplo de quien ha puesto su vida entera en manos de Dios: “Se sabe cuánto le atormentaba no sentirse idóneo para el ministerio parroquial y su deseo de retirarse “a llorar su pobre vida, en soledad”. Sólo la obediencia y la pasión por las almas conseguían convencerlo para seguir en su puesto. A los fieles y a sí mismo explicaba: “No hay dos maneras buenas de servir a Dios. Hay una sola: servirlo como él quiere ser servido”. Consideraba que la regla de oro para una vida obediente era: “Hacer sólo aquello que puede ser ofrecido al buen Dios”.

No son pocas las personas que consideran que los consejos evangélicos son “anticuados” y deberían desaparecer. No es extraño que esta forma de pensar sea popular en el mundo de hoy, que ve como “defectos” muchas de las virtudes cristianas.

Pero a todo cristiano, y especialmente a nuestros sacerdotes, nos alienta constantemente la certeza de que ser “signos de contradicción” es parte inevitable de la vida cristiana.

Oremos hermanos y hermanas con especial intensidad en este tiempo de Cuaresma y en el marco del Año del Sacerdocio, por nuestros sacerdotes, para que se vean bendecidos con la gracia que necesitan para vivir estos consejos y todas las virtudes cristianas con absoluta generosidad, y se conviertan así en testimonio de que es posible vivir en este mundo, siendo fieles las enseñanzas de Jesucristo. María, Madre de los Sacerdotes, ruega por nosotros. San Juan María Vianney, ruega por nosotros.

 



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