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In this issue - February 10, 2012
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Column by Archbishop Gustavo García-Siller
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Corran de manera que ganen

En las Olimpiadas de Verano en Beijing, China, Michael Phelps ganó ocho medallas de oro y batió siete récords mundiales, convirtiéndose en el atleta olímpico con más medallas de oro — un total de 14 medallas. Michael Phelps nunca se duerme en sus laureles hasta ganar una carrera. Nosotros deberíamos tener la misma actitud. El gran evangelizador San Pablo la tenía. El mostró el más alto nivel de compromiso y perseverancia en su carrera hacia la meta final y nos exhorta a que lo imitemos. Nos llama a ser disciplinados, a entrenar nuestros cuerpos y nuestras mentes; a jugar según las reglas; a competir bien de manera que ganemos el premio que se nos ha prometido en Cristo: “¿No saben que en el estadio todos corren, pero uno solo gana el premio? Corran, entonces, de manera que lo ganen. Los atletas se privan de todo y lo hacen para obtener una corona que se marchita; nosotros, en cambio, por una corona incorruptible. “Así, yo corro, pero no sin saber adónde; peleo, no como el que da golpes en el aire. Al contrario, castigo mi cuerpo y lo tengo sometido, no sea que, después de haber predicado a los demás, yo mismo quede descalificado”. (1 Cor 9:24-27)

Lo que vemos en el éxito de Michael Phelps lo vemos en la vida llena santidad y de fruto evangelizador de San Pablo. Ambos ejercitaron dominio de sí para alcanzar su claramente definida meta: ¡ganar, salir adelante, lograr una meta mundial! Nosotros debemos hacer lo mismo al ir tras la corona incorruptible, nuestro premio imperecedero: vida eterna en Cristo Jesús Nuestro Señor. Este proceso dura toda una vida y hacemos bien en empezar ya, sin importar dónde estamos en la carrera, como dice San Pablo: “Esto no quiere decir que haya alcanzado la meta ni logrado la perfección, pero sigo mi carrera con la esperanza de alcanzarla, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús. Hermanos, yo no pretendo haberlo alcanzado. Digo solamente esto: olvidándome del camino recorrido, me lanzo hacia adelante y corro en dirección a la meta, para alcanzar el premio del llamado celestial que Dios me ha hecho en Cristo Jesús”. (Filipenses 3:10-14)

Tenemos que empezar y continuar nuestro entrenamiento espiritual tomando en serio nuestra conversión y nuestra adhesión a Cristo, revistiéndonos con su mente y actitud, y continuamente despojándonos de todo lo que no es Cristo, como nos dicen las sagradas Escrituras: “…despojémonos del lastre que nos estorba, en especial del pecado que nos asedia, y co-rramos con perseverancia la ca-rrera que tenemos por delante. Fijemos la mirada en Jesús, el iniciador y perfeccionador de nuestra fe, quien por el gozo que le esperaba, soportó la cruz, menospreciando la vergüenza que ella significaba, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. Así, pues, consideren a aquel que perseveró frente a tanta oposición por parte de los pecadores, para que no se cansen ni pierdan el ánimo. En la lucha que ustedes libran contra el pecado, todavía no han tenido que resistir hasta derramar su sangre”. (Heb. 12:1-4)

Los atletas seriamente comprometidos se llevan el oro. Los cristianos seriamente comprometidos se convierten en santos. ¡Proponte como meta correr para ganar en vez de correr el riesgo de arruinar tu oportunidad de obtener la corona de gloria incorruptible e imperecedera! Proponte ganar al competir bien, según las reglas. ¿Cuáles reglas preguntarás? Cristo nos ha dado “las reglas del juego”. El le ha confiado la verdad a su iglesia, establecida como mater et magistra, es decir, como madre y maestra, para guiarnos a la verdad completa. A través de la iglesia, Cristo nos enseña lo que significa ser discípulos cristianos, hijos de Dios y plenamente humanos, pues como nos ha dicho el Segundo Concilio Vaticano: “Cristo… manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación”. (Gaudium et spes, 22)

Al profundizar nuestro conocimiento de la fe y perfeccionar nuestra práctica de las enseñanzas de Cristo, aumenta nuestro aprecio por las reglas del juego que nos permiten ganar.

Esto nos implusa a querer vivir diariamente lo que la iglesia enseña, esforzándonos por envolvernos en los asuntos de la vida pública con un sentir católico y por vivir las demandas éticas y morales del evangelio, haciendo que la palabra de Dios cobre vida en nuestra vida personal, familiar y pública como católicos.

Los pasos concretos que nos ayudan a “entrenar” bien para la “carrera” incluyen la oración personal y comunitaria, estudiar el Catecismo de la Iglesia Católica, leer y meditar sobre las sagradas Escrituras, recibir frecuentemente los sacramentos de la Eucaristía y de la reconci-liación, servir a nuestro prójimo y de otras maneras nutrir nuestra fe y compartirla con los demás, pues como dijera el Papa Juan Pablo II: “¡La fe se fortalece dándola!” (Redemptoris missio, 2) Ciertamente, en las palabras del Arzobispo José H. Gomez, estamos llamados a ser “embajadores de fe, heraldos de esperan-za y mensajeros del amor”.

 Durante este Año Paulino, San Pablo nos urge a que de manera honesta y bien pensada examinemos nuestras vidas para ver dónde estamos, no sea que nos engañemos a nosotros mismos: “Examínense para comprobar si están en la verdadera fe. Pónganse a prueba seriamente. ¿No reconocen que Jesucristo está en ustedes? ¡A menos que la prueba se vuelva contra ustedes mismos!” (1 Cor 13:5-6) 

Una cosa es cierta: solamente el que se esfuerza sale victorioso. La victoria es para los que saben lo que quieren, saben cómo lograrlo y se esfuerzan por lograrlo. ¡Lo bueno es que Dios está de nuestra parte! El derra-ma sobre cada uno de nosotros su gracia para que podamos alcanzar la cima misma de la santidad. ¡El está a favor nuestro! Por tanto, ¡apuntemos alto! ¡Compitamos por el oro! La consigna de los Juegos Olímpicos es Citius, Altius, Fortius (más rápido, más alto, más fuerte). Haz ésta tu consigna viviendo tu fe y compartiéndola con los demás para que puedas decir con San Pablo al final de tus días: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe”. (2 Tim 4:7)

Martha Fernández-Sardina es la directora de la Oficina de Evangelización de la arquidiócesis. Previamente sirvió como directora de la Oficina de Evangelización de la Arquidiócesis de Washington en D.C.

 



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