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In this Issue - February 26, 2010
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El sacerdote, llamado a ser un apóstol valiente

La editorial católica “Our Sunday Visitor” acaba de publicar mi libro “Men of Brave Heart” (Hombres de Corazón Valiente), en el que he querido destacar la importancia que la virtud cardinal de la fortaleza tiene en la vida cristiana, específicamente en la vida del sacerdote.

Me ha parecido oportuno, con ocasión del Año del Sacerdocio convocado por el Papa Benedicto XVI, reflexionar sobre cómo el sacerdote en particular, está llamado a poner en práctica el llamado de San Pablo: “sed hombres, sed fuertes. Hacedlo todo con amor”. (1 Cor 16:13-14)

En efecto, cuando recorremos la vida de sacerdotes ejemplares, desde fray Antonio Margil de Jesús, evangelizador de Texas hasta los sacerdotes mártires mexicanos del siglo XX, pasando por San Juan María Vianney, el gran “Cura de Ars” que el Santo Padre nos ha propuesto como modelo para este Año del Sacerdocio, podemos ver que la fortaleza frente a las adversidades personales y del entorno, es el denominador común que los une, por encima de los lugares y del tiempo.

La fortaleza del sacerdote, como propongo en “Hombres de Corazón Valiente”, se fundamenta en el amor de Cristo, se nutre en el sacramento de la Eucaristía, y se expresa en un celo apostólico generoso, a través del cual el sacerdote despliega esa vocación a la paternidad espiritual que ha inspirado, a través de los siglos, que precisamente se le llame “padre”.

La entrega por el otro, el celo por la salvación de los seres humanos, la búsqueda constante de la oveja perdida, constituyen parte esencial de la vida del sacerdote. Cuando el sacerdote vive plenamente ese espíritu de entrega, no sólo lleva a plenitud su propia vocación, sino que se convierte en portador de los misterios de la salvación a todos los seres humanos con los que entra en contacto.

En su carta a los sacerdotes con ocasión de este año dedicado al sacerdocio, el Papa Benedicto XVI ha destacado la importancia y la necesidad de que el sacerdote se convierta en un testigo incansable de la salvación.

“En la actualidad, como en los tiempos difíciles del Cura de Ars”, escribe el Santo Padre, “es preciso que los sacerdotes, con su vida y obras, se distingan por un vigoroso testimonio evangélico”.  (Carta a los Sacerdotes)

Y citando al  Papa Pablo VI,  recuerda que  “el hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escucha a los que enseñan, es porque dan testimonio”.

El Papa Pablo VI destacaba de esta forma la importancia de que el testimonio del sacerdote no se limite a las palabras, sino a toda una vida entregada a la misión, que termina convirtién-dose en la verdadera fuerza transformadora de los corazones de los fieles.

Si los grandes misioneros evangelizadores atrajeron los corazones por la firmeza de sus palabras, finalmente los conquistaron para Cristo con la radicalidad de su ejemplo, expresado en la generosidad sin  límites de su servicio, la heroicidad de sus actos y la vivencia de las virtudes.

Es por eso que el Santo Padre advierte en su Carta a los Sacerdotes: “Para que no nos quedemos existencialmente vacíos, comprometiendo con ello la eficacia de nuestro ministerio, debemos preguntarnos constantemente: “¿Estamos realmente impregnados por la palabra de Dios? ¿Es ella en verdad el alimento del que vivimos, más que lo que pueda ser el pan y las cosas de este mundo? ¿La conocemos verdaderamente? ¿La amamos? ¿Nos ocupamos interiormente de esta palabra hasta el punto de que realmente deja una impronta en nuestra vida y forma nuestro pensamiento?”

Si el Señor Jesús es la roca firme sobre la que se fundamenta nuestra vida y nuestro apostolado, entonces, como decía San Juan María Vianney, “compartiremos la misma vida de los apóstoles”, es decir, una vida de sacrificio, sin duda, pero sobre todo de profunda fecundidad apostólica, de una fecundidad que transformó el mundo para siempre.

En su Carta a los Sacerdotes, el Papa Benedicto XVI nos invita sin duda a mirar al ejemplo de un apóstol, San Pablo, quien fue “un espléndido modelo sa-cerdotal, totalmente entregado a su ministerio”. 

San Pablo, en efecto, escribió que “El amor de Cristo nos apremia” (2 Cor 5:14); y nos recordó que Cristo “murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para Aquel que murió y resucitó por ellos”. (2 Cor 5:15) 

Y reflexionando sobre esta enseñanza Paulina, el Santo Padre dirige a los sacerdotes: “¿Qué mejor programa se podría proponer a un sacerdote que quiera avanzar en el camino de la perfección cristiana?”

Pido a todos los fieles de nuestra arquidiócesis que elevemos oraciones al Señor, a través de nuestra madre, madre de todos los sacerdotes, para que los jóvenes de nuestro tiempo se vean bendecidos con el don de una fortaleza ejemplar, que les permita elevarse como grandes misioneros y mártires del siglo XX1, como pilares que conduzcan a todos los hombres y mujeres a seguir el camino del Evangelio.

 



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