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In this Issue - February 26, 2010
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En tiempo de crisis, nuestra mejor inversión

Los tiempos difíciles que estamos viviendo nos obligan a todos a ser más reflexivos y cuidadosos con nuestros gastos. Más que nunca, en esta época pensamos bien cómo gastar nuestros recursos sabiamente; y si somos prudentes, se cumple en nosotros las palabras de ese importante escrito atribuido a los apóstoles que conocemos como la Didaché: “¡Antes de dar limosna, déjala sudar en las manos, hasta que sepas a quien la das!

“Sudar en nuestra mano” significaba para los apóstoles que el acto de dar no podía ser ni inconsciente ni precipitado, sino profundamente reflexivo y consiente. Especialmente cuando los recursos no abundan.

Gracias a Dios en nuestra arquidiócesis tenemos un campo evangelizador que no requiere de mucho sudor de nuestras manos, porque sabemos perfectamente que es una de las mejores inversiones para el futuro de nuestras familias, de la iglesia y de nuestra nación: la educación católica.

A inicios del año pasado, el Papa Benedicto XVI se reunió con los principales agentes de pastoral de la diócesis de Roma, y sin rodeos, señaló que la educación en general, y la educación católica en particular, se encontraba “en emergencia”.

“La difusión de relativismo que insinúa la duda respeto a la verdad y al bien”, decía el Santo Padre, no sólo “hace difícil transmitir de una generación a otra reglas de comportamiento”; sino que también “se hace difícil vivir”, porque “crece el malestar existencial y social”.

El papa estaba expresando claramente algo que nosotros sabemos: cuando fracasa la educación, fracasa la sociedad. Y cuando fracasa la educación católica, fracasa una parte muy importante de la vida y misión de la iglesia.

Gracias a Dios, en nuestra arquidiócesis contamos con buenas escuelas católicas y con iniciativas importantes para mantenerlas funcionando, como es el fondo ‘Hope for the Future’ (Esperanza para el Futuro).

Pero es evidente que todo el bien hecho hasta ahora no es suficiente para el desafío que tenemos: nuestras escuelas católicas necesitan robustecerse, mejorar en calidad y aumentar en número.

Según un estudio realizado por la UTSA en el 2006, los padres de familia de nuestra arquidiócesis quieren una “identidad católica más solida” para sus hijos; y esa es la razón principal por la que envían a sus hijos a escuelas católicas o quisieran hacerlo.

Pero las escuelas católicas no pueden cumplir con su misión si no encuentran el apoyo de los padres; porque es la familia el primer lugar de formación y educación de los hijos.

Nuestras escuelas católicas se sienten privilegiadas de poder ayudar a los padres a cumplir esta misión fundamental de educar y formar a sus hijos como miembros vivos de la Iglesia y ciudadanos responsables.

Pero saben que su misión, por más importante que sea, es subsidiaria. Eso quiere decir que, por más sólidas que nuestras escuelas sean, por más competentes que sea nuestro currículo o nuestra formación espiritual, la escuela nunca podrá cumplir plenamente con su función sin la participación activa de los padres.

La escuela católica exitosa es aquella que encuentra en los padres uno de sus pilares fundamentales. Sin los padres de familia, la escuela mengua en su capacidad, como sufre un cuerpo cuando pierde un miembro.

Por eso, al iniciar este año, y al reflexionar sobre la misión de las escuelas católicas, quiero animar de todo corazón a los padres a una participación más activa en la vida de las escuelas católicas.

La generosidad para mantenerlas, el tiempo dedicado, la paciencia, la creatividad y las oraciones son riquezas invalorables que los padres poseen y que sus hijos necesitan, principalmente en el hogar, pero también en la escuela.

Cuando los padres forman parte viva de la escuela, no sólo la enriquecen y la ayudan a cumplir con su misión, sino que ellos mismos se enriquecen con los frutos de una comunidad de fe.

Pidámosle a la Sagrada Familia, modelo para toda familia y para toda comunidad educativa, que avive en los padres de nuestra arquidiócesis el deseo vivo de emplear sus recursos y sus dones personales para el fortalecimiento y el crecimiento de nuestra educación católica.

El futuro de la evangelización y de nuestra nación depende de ello.

 



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