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In this issue - January 13, 2012
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La bendición de nuestras hermanas consagradas
Column by Archbishop Gustavo García-Siller
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La visión de Navidad

En este hermoso tiempo, nos alegramos con la gracia de nuevos comienzos. Una joven madre da a luz un hijo. Al fin ve el rostro del pequeño a quien ha llevado en su seno por nueve largos meses. Ella siente el calor de sus pequeñas manos que se estiran para tocar su rostro.

La escena no tiene nada fuera de lo ordinario. Pasa todos los días en todas partes del mundo. Sin embargo, en ese tierno momento, está el comienzo de un nuevo mundo. No solo para una pequeña familia en Nazaret, pero para las personas cercanas y lejanas, para las generaciones que todavía no han nacido.

Así es como Dios actúa en la historia humana y en el corazón humano.

Los Evangelios para la Navidad nos narran qué está pasando entre los gobernantes de las naciones. Nos dan el tipo de información que esperaríamos encontrar en un libro de historia. Nos cuentan que Quirino es gobernador de Siria, y Herodes es el rey de Judea. Nos cuentan que es el momento del empadronamiento imperial por edicto de Cesar Augusto.

Pero el verdadero gobernante del mundo, el Rey de Reyes y Señor de los Señores, nace sin aviso previo en un pueblito tan poco conocido que nunca había estado en ningún mapa ni había sido nombrado en ninguna historia.

Los personajes principales en la historia de Navidad son los pastores que están tendiendo su rebaño, los magos de Oriente, y un carpintero con su esposa y su hijo. El tipo de gente cuya historia jamás sería considerada por los historiadores. Sin embargo, a ellos viene el rey verdadero a revelarse.

Los destellos que nos dan los Evangelios del mundo del poder y de la política nos suenan tristemente familiares. Herodes miente y conspira para mantener su posición, y usa todo el poder de su oficio para imponer su voluntad asesina a familias inocentes.

También vemos algo del escepticismo y la indiferencia de los intelectuales. Los escribas son expertos en las Sagradas Escrituras, pero todo su conocimiento no los lleva a la fe. Pueden decir con seguridad donde el Mesías ha de nacer. Pero la posibilidad de su llegada no los lleva a buscarlo.

Así fue con Jesús, durante toda su vida. Muchos en su soberbia no podrían jamás creer que el hijo de un carpintero podría enseñarles tal doctrina y realizar hechos milagrosos.

Y así sigue siendo con Jesús. Él viene en silencio, con humildad; se revela a los corazones sencillos que se abren a él. Las cosas de Dios han sido ocultadas a los sabios y doctos, y reveladas a los que son como niños. A los pequeños cuyos corazones lo esperan.

Los pastores velaban en la noche, y vieron la luz divina que se les apareció. A aquellos que tienen ojos para ver, ojos de fe, este mundo se transforma en un tipo de sacramento. Está lleno de señales de la gloria del Creador, con las voces angelicales y las estrellas que nos guían en el camino.

Nuestro Señor llega a este mundo como todos nosotros hemos llegado, vulnerables y dependientes, como un niño que ama y anhela ser amado. Y a todos los que lo reciben, les da el poder de ser hijos de Dios.

Los magos de Oriente lo recibieron con el corazón abierto y con regalos adecuados para un rey — oro, incienso y mirra. Nuestra costumbre navideña de intercambiar regalos puede encontrar sus orígenes en su ejemplo de generosidad.

Pero el regalo más grande que podemos entregar — a Jesús y a nuestros seres queridos — es nuestro corazón abierto a amar. El don de nuestra presencia es más valioso que cualquier regalo que podamos ofrecer.

La Navidad nos revela como el reino de Dios irrumpe en lo terreno y ordinario. Así como nuestra humanidad y la divinidad de Dios fueron unidas en el vientre de María, la luz de Dios brilla ahora en la oscuridad de nuestra vida cotidiana. Pero necesitamos ojos para ver.

Oremos en este tiempo de amor para que renovemos nuestro espíritu de niño, para que nuestros corazones estén preparados para recibir al Niño que viene a nosotros, para que nuestros ojos estén abiertos a la gloria que nos rodea.

Oremos para tener un corazón como el de los pastores, para que como ellos, podamos anhelar siempre estar cerca al Niño, y elevar nuestra alabanza a Dios por todo lo que nos ha dado.

Y oremos también para ser como los Magos de Oriente, siempre abiertos a las señales que nos llevan a Cristo. Como ellos, postrémonos ante el Niño en Navidad, y adorémoslo.

Con el corazón lleno de gozo, deseo a todos una Navidad llena de paz y alegría.

 



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