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In this issue - January 13, 2012
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Column by Archbishop Gustavo García-Siller
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En compañía de María, camino a la Navidad

Diciembre es un mes muy rico litúrgicamente, de una manera particular por ser el tiempo de Adviento que culmina en la Navidad. Pero además, hay dos importantes fiestas de la Virgen María: la solemnidad de la Inmaculada Concepción, Patrona de Estados Unidos, que se celebra el 8 de diciembre, y la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe el 12 de diciembre, que ocupa un lugar tan especial en nuestros corazones. Por esta razón, quisiera hoy reflexionar sobre nuestra Santa Madre María.

Son muy pocos los pasajes del Evangelio que describen aspectos de la vida y del perfil psicológico y espiritual de la Virgen María.

El converso católico francés Charles Péguy decía que, sobre María, el Evangelio guardaba un “doloroso silencio”, haciendo referencia al deseo natural de todo cristiano de comprender un poco más y mejor el perfil espiritual de nuestra Madre, como podemos conocer el de Jesucristo.

Sin embargo, el mismo Péguy decía que la discreción del Evangelio sobre María no era un “error” de Dios, sino una sutil escuela de quién era María: la discípula atenta y servicial — como la vemos en las Bodas de Caná — y siempre presente en los momentos decisivos del ministerio del Señor Jesús — al pie de la Cruz, en la Resurrección y en Pentecostés.

Sin embargo, debería sorprendernos que de los pocos pasajes del Evangelio referidos a María, dos de ellos describen exactamente la misma actitud: primero, en Lucas 2:16-21, vemos una reveladora reacción de la Virgen ante las alabanzas recibidas por los pastores que visitaban a Jesús recién nacido en Belén: “Y María conservaba todas estas palabras, meditándolas en su corazón”.

Poco más adelante, en el episodio del extravío del Hijo en el templo de Jerusalén, poco después que el joven parece reprender a sus padres, San Lucas vuelve a describir en María la misma actitud: “Su madre, por su parte, guardaba todas estas cosas en su corazón”. (Lc 2:51)

Es decir, María escucha y medita tanto ante los elogios, como ante lo que parece una dura corrección.

En este tiempo de Adviento, camino a la Navidad, estos dos pasajes de San Lucas son pequeñas ventanas que nos permiten asomarnos a la profundidad del alma de María: un alma que no se precipita a reaccionar, que escucha la Palabra de Dios — ya sea transmitida por los pastores, ya sea por su mismo Hijo — y la medita, permite que penetre en su alma, cobre sentido, y finalmente la oriente en las decisiones diarias de su vida.

Este tiempo de Adviento que precede a la Navidad, como podemos ver, está acompañado de todo — luces, canciones, ofertas de venta y publicidad masiva — menos del silencio.

El silencio, sin embargo, es una disposición fundamental para los católicos. No deberíamos entenderlo simplemente como la supresión de sonidos. Es la actitud interior que no se deja influir por lo superficial, sino que atesora lo que es importante, y le concede el tiempo de oración y la importancia para que la fe sea firmemente vivida.

El recordado Papa Juan Pablo II, durante su primera visita a México en 1979, explicó cuán importante es imitar esta actitud de María en nuestra vida.

Así lo explicó el Santo Padre: “éste es el momento crucial de la fidelidad, momento en el cual el hombre percibe que jamás comprenderá totalmente el cómo; que hay en el designio de Dios más zonas de misterio que de evidencia; que, por más que haga, jamás logrará captarlo todo. Es entonces cuando el hombre acepta el misterio, le da un lugar en su corazón así como ‘María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón’. Es el momento en el que el hombre se abandona al misterio, no con la resignación de alguien que capitula frente a un enigma, a un absurdo, sino más bien con la disponibilidad de quien se abre para ser habitado por algo — ¡por Alguien! — más grande que el propio corazón. Esa aceptación se cumple en definitiva por la fe que es la adhesión de todo el ser al misterio que se revela”.

La Navidad no celebra una fiesta cualquiera. Celebra un misterio increíble que debería hacernos temblar de asombro y alegría: el misterio de Dios mismo que se hace hombre.

Pero en medio del ruido y la prisa en la que vivimos, a veces es difícil prepararnos adecuadamente para este misterio. Pero como dice el querido Juan Pablo II, mediante el silencio y la acogida de María, nosotros seremos capaces de acoger este misterio en nuestra propia vida y celebrar dignamente la Navidad, no sólo como una fiesta que es un “punto de llegada”, sino sobre todo un punto de partida para renovar nuestra fe y vivirla prácticamente en la vida cotidiana.

En efecto, en aquel mismo hermoso discurso, el Papa decía: “Es fácil ser coherente por un día o algunos días. Difícil e importante es ser coherente toda la vida. Es fácil ser coherente en la hora de la exaltación, difícil serlo en la hora de la tribulación. Y sólo puede llamarse fidelidad una coherencia que dura a lo largo de toda la vida”.

Pidamos al Señor para que este tiempo de Adviento, junto a María y como María abramos nuestros corazones a los grandes misterios del Señor, para que ellos nos enseñen a vivir plenamente, siempre y en todo como auténticos cristianos, y merezcamos así un día hacernos dignos de las palabras del Señor: “Muy bien, siervo bueno y fiel; porque fuiste fiel … entra en el gozo de tu señor”. (Mt 25:21)

 



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