La Sierva de Dios, Dorothy Day, fue un gran testimonio para la enseñanza social de la Iglesia. Empezando durante la Gran Depresión y luego por casi 50 años más, Dorothy vivió en la zona más pobre de la ciudad de Nueva York dedicándose al cuidado de nuestros hermanos y hermanas más necesitados.
Ella se preocupó por los más olvidados de la sociedad, aquellas personas con las que la sociedad no sabe qué hacer — los desempleados y aquellos sin ninguna posibilidad de encontrar un empleo, los discapacitados en cuerpo y mente.
Este tipo de trabajo requiere un tipo especial de amor. Y Dorothy Day escribió mucho sobre el amor. “El amor y el anhelo de ser amado”, escribió Dorothy, “es el terreno común en el que todos nos encontramos.
Es el eterno tema de Hollywood, es el tema de la mayoría de las películas mostradas en Broadway y la Calle 42, tomándolo desde su menor denominador común. Es una urgente necesidad del corazón humano”.
Esto es tan cierto hoy como lo fue cuando ella escribió estas palabras. Si nos ponemos a pensar en esto, el amor y el anhelo de ser amado son los grandes temas de nuestras películas, programas de televisión y de la música popular. Es lo que tanta gente busca en el internet. Desafortunadamente, tal como Dorothy lo notó en aquel entonces, a menudo nuestra cultura vulgariza el amor, reduciéndolo a simplemente una atracción física y a la lujuria.
Pero esto no cambia la verdad. El corazón humano está hecho para el amor. Anhelamos ser amados y anhelamos dar nuestro amor a los demás.
Sin embargo, el amor y el anhelo de ser amados provienen de Dios. “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazon está inquieto hasta que descanse en ti”. Mucha gente no se da cuenta de la verdad de estas hermosas palabras de San Agustín. Y mucho de la tristeza y del pecado que vemos en el mundo es causado por personas que buscan el amor en lugares equivocados — buscan el amor lejos de Dios.
Pero la buena noticia es que no tenemos que poner nuestras vidas de cabeza en una búsqueda desesperada por amor. El amor está más cerca de nosotros que el aire que respiramos o que los latidos de nuestro corazón.
Dios nos ha dado a cada uno de nosotros el gran regalo de su amor. Nos ha mostrado que Él es amor. En Jesús el amor de Dios se hizo carne.
En Jesús, Dios en su amor habitó entre nosotros como un hombre — para buscar al que estaba perdido, para enseñarnos a amar, para mostrarnos que Él mismo es amor (1 Juan 4:16).
Jesús nos enseñó que el verdadero amor no se encuentra en deseos egoístas, sino en actos de entrega de uno mismo. El amor verdadero es el don de sí mismo. Esto quiere decir amar como Jesús amó, con un amor que va más allá de nosotros mismos. Un amor dispuesto a morir por el otro.
Más que el ejemplo de amor, Dios nos ha dado la gracia de amar. A esto nos referimos con la virtud teologal de la caridad, la cual, junto con la fe y la esperanza, es infundida en nosotros en el bautismo.
“El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo”, nos enseña San Pablo. (Rom 5:5)
El amor es la más grande de todas las virtudes, dice Pablo en su hermosa oda a la fe, la esperanza y la caridad (1Cor 13). Es la más grande porque el amor cumple el más grande de los mandamientos que Jesús nos dio: “Ámense los unos a los otros como yo los he amado”. (Juan 15:9)
La virtud de la caridad nos permite amar a Dios y a nuestro prójimo con un amor puro, un amor que es una imitación del amor del Señor Jesús.
No podríamos amar con tan gran amor si no tuviésemos la ayuda de Dios. Y es por eso, que en su misericordia, Él nos da la virtud teologal de la caridad. Con este don podemos amar con el amor de los santos.
La fe, la esperanza y el amor son hermosos dones que nos da nuestro Padre para que así podamos conocerlo, amarlo y servirlo.
Como dijo el Papa Benedicto XVI en su primera encíclica, Dios es amor (no. 39): “Fe, esperanza y caridad están unidas… La fe nos muestra a Dios que nos ha dado a su Hijo y así suscita en nosotros la firme certeza de que realmente es verdad que Dios es amor. De este modo transforma nuestra impaciencia y nuestras dudas en la esperanza segura de que el mundo está en manos de Dios… La fe, que hace tomar conciencia del amor de Dios revelado en el corazón traspasado de Jesús en la cruz, suscita a su vez el amor. El amor es una luz — en el fondo la única — que ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar”.