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Column by Archbishop Gustavo García-Siller
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¿Qué hacer con la H1N1?

¿Cómo debe responder nuestra comunidad católica al virus de la influenza H1N1 (“gripe porcina”)? Esta es una buena pregunta.

Recientemente envié a las parroquias algunas pautas temporales para ayudar a proteger a las personas de la infección y ayudar a disminuir la propagación del virus en nuestra comunidad. Esas pautas estuvieron basadas en parte en la recomendación de oficiales locales de salud pública y fueron echas en consulta con el Consejo Presbiteral de la arquidiócesis.

En cierto sentido, creo que todos pensamos qué tan en serio debemos tomar la amenaza de este nuevo virus. Es verdad que la H1N1 es solo uno de los tipos de gripe, y que desafortunadamente la gripe mata y hospitaliza a miles de personas cada año. Muchos creen que la amenaza de esta nueva clase está siendo exagerada.

Por otro lado, autoridades de salud pública están reportando números muy altos de casos de H1N1, incluyendo muchos que son inusualmente severos y mortales. El presidente ha declarado que este es un caso de emergencia y las autoridades locales han pedido a las comunidades religiosas que hagamos lo que podamos para ayudar.

Algunos de nosotros podrán recordar la gran influenza de 1917, que tomó la vida de más de la mitad de la población aquí en San Antonio. Nadie está diciendo que la H1N1 es una epidemia, pero como buenos prójimos, ciudadanos responsables, y seguidores de Jesucristo, no podemos ignorar la posible amenaza a nuestra comunidad.

Algunas de las medidas que recomendé son simplemente un tema de higiene — por ejemplo, asegurarnos de que los sacerdotes y ministros mantengan sus manos limpias y desinfectadas. Esta es una medida de sentido común en cualquier época de gripe, más aun frente a una gripe tan fuerte y contagiosa como la H1N1.

Las demás recomendaciones se refieren a prácticas que no son esenciales a nuestra celebración de la Eucaristía — como por ejemplo, limitar temporalmente la comunión a la hostia consagrada y distribuirla en la mano en vez de la lengua; reemplazar los abrazos y saludos de mano con algo diferente para dar la señal de la paz; suspender el uso de la pila de agua bendita por el momento.

Es muy importante recordar una cosa: que estas prácticas litúrgicas son opcionales, es decir, no son requisitos para que la Misa sea válida o hermosa. Y esto no es mi opinión, sino la ley de la iglesia, que se puede encontrar en la Instrucción General del Misal Romano (que puede ser encontrada en nuestra página web). El limitar estas prácticas por un corto tiempo no altera la esencia de la Misa ni disminuye la belleza y sacralidad de nuestra adoración.

Recibir la preciosísima Sangre, o comulgar en la lengua son expresiones significativas de nuestra fe eucarística. Pero no son la única manera por la cual un buen católico puede expresar piedad y devoción.

Y estas circunstancias extraordinarias que enfrentamos requieren de nosotros encontrar otras maneras legítimas y sagradas de expresar nuestra fe — por solidaridad con nuestros hermanos y hermanas y buscando el bien común. 

Este es el punto principal que debemos considerar al vernos frente a la incertidumbre de una emergencia de salud. Nosotros no celebramos la Eucaristía en el vacío. Venimos al altar como miembros de una familia y miembros de una comunidad. Y somos enviados al final de cada Misa con una bendición y una misión — la de amar y servir a Dios y a nuestros hermanos y hermanas.

El vínculo de nuestra humanidad común y nuestra unión con Cristo es una de las grandes verdades de la Eucaristía. Es una verdad espiritual. Pero nosotros somos más que espíritu; también somos carne y sangre, cuerpo y alma. Nuestros cuerpos son mortales y como tal, están sujetos a enfermedades, dolencias y muerte. Y nuestros cuerpos mortales pueden enfermarse, incluso cuando estamos en adoración espiritual.

Al darnos su vida en los sacramentos, Dios no cancela nuestra humanidad ni las propiedades físicas de sus signos sacramentales. El agua bendita ciertamente comunica las bendiciones espirituales de Dios, pero al mismo tiempo sigue siendo agua, y como agua puede transmitir enfermedades. La Eucaristía nos fortalece contra el pecado y es prenda de nuestra redención; pero no es garantía contra enfermedades físicas o la muerte.

Oremos para que esta situación de emergencia pase pronto y para que podamos regresar a nuestra manera ordinaria de compartir la belleza de las manifestaciones externas de la celebración de nuestra fe.

Le pido a Nuestra Señora de Guadalupe, salud de los enfermos, que lleve el amor de Dios y la sanación a todos aquellos que están enfermos, mientras nosotros hacemos todo lo posible para prevenir la propagación de la enfermedad en nuestra comunidad.

 



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