El pasado domingo, 18 de octubre, hemos celebrado la Jornada Mundial de las Misiones. Esa celebración fue instituida por Pío XI el 14 de abril de 1926, y debe ser celebrada todos los años el penúltimo domingo de octubre. El Papa explícitamente escogió Octubre porque tradicionalmente, el 12 de Octubre se celebra el descubrimiento del continente Americano.
Pío XI fue un gran impulsor de las misiones. Elegido Papa en 1922, realizó un gesto sin precedentes durante la Solemnidad de Pentecostés de ese mismo año: emocionado, interrumpió su homilía centrada en la necesidad de llevar el Evangelio al mundo, y en medio de un silencio total, tomó su solideo blanco y lo hizo circular entre los cardenales, obispos, sacerdotes y fieles presentes en la Basílica de San Pedro, haciéndose así él mismo recaudador de la primera colecta en favor de las misiones.
La Jornada Mundial de las Misiones es pues hermanos una ocasión para recordar y celebrar una verdad central de nuestra fe: que todos somos misioneros en razón de nuestro bautismo; y que todos debemos participar de una forma u otra, en la tarea de llevar el Evangelio al mundo entero.
El Papa Benedicto XVI ha elegido como tema para su mensaje para esta Jornada Mundial de las Misiones el lema “Las naciones caminarán en su luz”. (Ap 21, 24)
En el mensaje, el Santo Padre nos recuerda que “la humanidad entera tiene la vocación radical de regresar a su fuente, que es Dios, el único en quien encontrará su realización final mediante la restauración de todas las cosas en Cristo.” Y ahí mismo nos recuerda que todos los católicos necesitamos “renovar el compromiso de anunciar el Evangelio, que es fermento de libertad y de progreso, de fraternidad, de unidad y de paz”. (Mensaje del Papa Benedicto XVI para la Jornada Mundial de las Misiones 2009)
Por ello, este mes de octubre, recordemos en nuestra oración a todos aquellos que han dedicado su vida de manera exclusiva a la evangelización y pidamos que el Señor siga enviando obreros a su mies.
De forma especial recordemos aquellos misioneros y misioneras que anuncian a Jesucristo bajo amenazas, persecución, discriminación, la cárcel, la tortura e incluso la muerte. Ellos no son personajes del pasado. Hoy mismo, en nuestros días, como escribía el recordado Papa Juan Pablo II, “nuestro tiempo es particularmente rico en testigos que, de una manera u otra, han sabido vivir el Evangelio en situaciones de hostilidad y persecución, a menudo hasta dar su propia sangre como prueba suprema”. (Novo millennio ineunte, 41)
Pero también deberíamos renovar nuestro celo misionero. Todos nosotros, obispos, sacerdotes, consagrados y laicos, somos enviados al mundo para dar a conocer el nombre de Cristo. Como el Catecismo nos enseña, los laicos “tienen la obligación … de trabajar para que el mensaje divino de salvación sea conocido y recibido por todos los hombres y en toda la tierra; esta obligación es tanto más apremiante cuando sólo por medio de ellos los demás hombres pueden oír el Evangelio y conocer a Cristo”. (Catecismo de la Iglesia Católica, 900)
Tenemos la misión de compartir la buena nueva del Evangelio; de ser luz para nuestra nación. Pero estamos frente a una cultura que es, de muchas maneras, más hostil al Evangelio que la que tuvieron que enfrentar los primeros evangelizadores de América. Estamos llamados a ser misioneros en una cultura secular, que rechaza la esencia del mensaje de Jesús; nuestro desafío, por lo tanto, es el de abrir los corazones de las personas de nuestro tiempo al misterio de Dios, al misterio del Dios que es amor, del Dios que nos ha revelado su rostro en Jesucristo.
La fe y los valores esenciales son la base sobre la que se construye nuestra nación. Nuestro amor a Dios, a la familia y a la nación; nuestro respeto por la dignidad de la vida; el orgullo que nos da la preservación de nuestra rica historia; el eterno optimismo ante el futuro, son las cualidades que permitirán que este siga siendo un gran país.
Invito a todos a que sigamos firmes en nuestro compromiso de compartir la luz de Jesucristo con el mundo, usando nuestro entusiasmo y creatividad para que, en un espíritu de unidad y confianza, podamos unir a todos los pueblos; y sigamos rezando por y participando en el trabajo misionero de la iglesia.