La tarea de la iglesia católica en lo que se refiere al cuidado de la salud es una continuación del ministerio de sanación de Cristo. Cuando hablamos sobre ética y las políticas que afectan el cuidado de la salud, nuestro objetivo es asegurar que todas las instituciones médicas en nuestra sociedad sigan siendo lugares de sanación, donde tanto la dignidad como el misterio de la persona humana sean respetados — así como los respetaba Cristo.
La iglesia católica tiene el conjunto de enseñanzas más antiguo, más completo, más coherente e integral en lo que se relaciona al cuidado de la salud, la bioética y a otros asuntos médicos. Nuestra enseñanza es racional, compasiva y práctica, habiéndose desarrollado a lo largo de los más de 2000 años de experiencia pastoral.
Históricamente, la iglesia católica ha fundado los primeros hospitales, sin mencionar las primeras instituciones de caridad.
Mucho antes de la revolución Americana, las hermanas Ursulinas ya ofrecían servicios para el cuidado de la salud en lo que es ahora New Orleans. Algunas de las grandes figuras en la historia de la iglesia en Estados Unidos — tales como Rose Hawthorne Lathrop, la Madre Angeline Teresa McCrory, y Marianne Cope — fueron pioneras e innovadoras en el cuidado de los enfermos. Nuestras redes de servicio de salud católicas sirven a millones de americanos, y son una parte vital del bien estar de las comunidades a lo largo y ancho del país.
En 1869, tres Hermanas de la Caridad del Verbo Encarnado construyeron la Enfermería Santa Rosa, desde las cenizas de un edificio quemado. Nutrido por la gracia de Dios y por el compromiso de aquellos que las siguieron, hemos visto aquel sencillo local con nueve camas, crecer y transformarse en uno de los mejores sistemas de hospitales en los Estados Unidos.
Este es solamente uno de los ejemplos del compromiso constante de la iglesia por ofrecer el mejor cuidado posible a los enfermos a lo largo de nuestra historia. Hoy, la iglesia católica dirige más de 600 hospitales en los 50 estados. En 20 de esos estados, cuentan con más del 20 por ciento de todas las admisiones.
Los obispos de los Estados Unidos hemos delineado varios principios que creemos son esenciales para una auténtica reforma legislativa en lo que se refiere a los servicios de cuidado de la salud.
Primero: el cuidado de la salud debe ser considerado un derecho fundamental, y no un privilegio. Segundo: las políticas deben respetar y proteger la vida humana y la dignidad de la persona desde su concepción hasta la muerte natural. Tercero: como el cuidado de la salud es un derecho humano básico, las políticas deben priorizar la atención a las necesidades de los pobres e inmigrantes entre nosotros.
Y finalmente, en la estructuración de nuevos modelos de cómo se ofrecen servicios de salud, la nación debe preservar una pluralidad de opciones, respetar la libertad de consciencia, y al mismo tiempo, contener los costos y dividir su responsabilidad entre todos los que están “sentados a la mesa”.
Pero hay que recordar que los obispos no somos políticos ni parte de un grupo de presión. Nuestro rol en las políticas sociales es el de ayudar a formar la consciencia de los laicos. Porque es el laicado quien tiene la principal responsabilidad de llevar los valores del Evangelio al mundo político.
Como católicos, no podemos hacer un divorcio entre nuestras creencias religiosas y nuestras convicciones públicas. El desafío que se nos presenta es el de abrir espacio para que el Evangelio y las enseñanzas de Cristo sean comprendidos, de tal manera que puedan promover el auténtico bien humano en nuestras leyes civiles y en las políticas públicas.
¿Y cómo podemos hacerlo? Creo que necesitamos ser más creativos en cómo articulamos nuestras enseñanzas en términos de la razón y la ley natural. La verdad es que nuestra doctrina no se trata de una intolerancia sectaria. La doctrina social católica refleja lo que nuestra Declaración de Independencia llama “las leyes del Dios de la naturaleza”.
Necesitamos ganar nuevos espacios para que se escuchen las enseñanzas de la iglesia, encontrando nuevas maneras para presentar esas enseñanzas basadas en la razón, en la ley natural, y en consideraciones prácticas a las políticas públicas.
Necesitamos encontrar nuevas maneras de proclamar nuestras enseñanzas en una sociedad que cada vez más parece haber perdido sus cimientos, una sociedad que parece actuar en contra de su propio bien y del bien-estar de su pueblo.
Necesitamos hacerlo promoviendo el Evangelio como un estilo de vida integral, y como una respuesta verdadera y atractiva a nuestras preguntas y problemas sociales.
La verdad que debemos proclamar como católicos es que la vida no es solo biológica. Nuestra vida es también teológica. Nuestra vida es concebida y vivida en diálogo, en relación con Dios.
Queridos hermanos y hermanas, como discípulos de Cristo, autor de la vida, necesitamos estar en el centro de los temas de políticas públicas. No podemos dejar que el debate sobre el cuidado de la salud sea enfocado simplemente en términos de intereses económicos y burocráticos.
Que Nuestra Señora de Guadalupe, auxilio de los enfermos, interceda por nosotros, para que seamos de la vida, llevando el Evangelio de la vida a toda nuestra nación.
Adaptado de la presentación dada en el Seminario Converging Roads, en San Antonio. Para leer el texto completo, visite www.archsa.org