En Denver, donde serví como obispo auxiliar, hay una montaña muy bella y santa. En 1912, Santa Francisca Javier Cabrini llevó a algunas de sus hermanas religiosas y a muchos huérfanos que estaban bajo sus cuidados, a escalar la cumbre de esta montaña. Ahí juntaron cientos de piedras blancas de diferentes tamaños y las arreglaron para formar un gran Sagrado Corazón de Jesús.
Ese corazón formado con piedras por Madre Cabrini aún está en la cima de esa montaña, justo en la forma en que la santa lo deseaba. Y yo lo veo como un precioso símbolo de la vocación y la misión de la mujer.
Tal como la Madre Cabrini y sus compañeras juntaron piedras y las transformaron en un Corazón de Jesús, las mujeres están llamadas a hacer lo mismo. Con los materiales y las experiencias de sus vidas diarias, están llamadas a hacer algo bello para Jesús, para transformar su pequeño rincón del mundo en un reflejo de su Sagrado Corazón.
La Madre Cabrini solía orar así: “Oh Jesús, te amo mucho … dame un corazón tan grande como el universo … dime qué quieres que haga y haz conmigo lo que sea tu voluntad”. Esa es una buena oración para todos nosotros, pero especialmente para las mujeres.
Debemos pedir a nuestro Señor un corazón tan grande como el universo, de manera que podamos amarle más y amar a los demás como a nuestros hermanos y hermanas. Debemos preguntar constantemente a nuestro Señor qué es lo que quiere que hagamos por su reino.
El relato de su reino está llenó de historias de mujeres. El evangelio comienza con el relato de dos madres: María e Isabel. El primer anuncio de Cristo viene de Isabel, cuando reconoce a María como la Madre de su Señor. (cfr. Lc 1:43)
Las mujeres también fueron los primeros testigos de la resu-rrección. María Magdalena fue la primera que le habló a Cristo resucitado de entre los muertos; fue también la primera en ser llamada por su nombre y encargada de contar la buena nueva a los discípulos. (cfr. Jn 20:16-18)
Y las mujeres continúan teniendo un lugar especial en el plan salvífico de Dios.
La Samaritana que se encontró a Jesús en el pozo, se marchó, dejando su jarra de agua, pues había descubierto la verdadera fuente de agua viva. (Jn 4) Pero, ¿a dónde fue y qué hizo? Regresó a su casa e invitó a toda la gente de su población a venir y ver a Cristo.
Las mujeres de hoy también están llamadas a dar testimonio de la resurrección y de llevar a los demás a Cristo. No importa donde estén en su vida: en casa cuidando a los hijos o a sus padres ancianos; trabajando o administrando un negocio; dedicadas a la política o a un ministerio. Cualquiera que sea la circunstancia, tenemos la oportunidad de proclamar a Cristo; no sólo con palabras sino con nuestro ejemplo y nuestro servicio.
Todas las grandes mujeres santas son mujeres de oración y mujeres de acción. Fundaron escuelas, hospitales, orfanatorios y muchas instituciones de caridad; fueron activas en la política y en la diplomacia. Incluso una santa como Teresa de Lisieux, quien nunca salió de su convento, fue una mujer comprometida con el mundo.
Ella rezaba con fervor por las misiones de la iglesia; también leía los periódicos y rezaba por los casos de las historias que encontraba; incluso hay una anécdota maravillosa de cómo Teresa rezó con éxito por la conversión de un asesino condenado a muerte.
El gran desafío que las mujeres enfrentan es cómo equilibrar la oración y el servicio: la vida activa y la contemplativa. Esa es la lección del famoso Evangelio que habla sobre Marta y María. (Lc 10) Las mujeres necesitan una intensa vida de oración; tal como hizo María, necesitan tomarse el tiempo para estar con Jesús, para adorarlo, para escuchar su palabra. Y como Marta, necesitan servir a Jesús con amor.
Pero necesitamos establecer nuestras prioridades claramente. Antes de que podamos ser Marta, debemos primero ser María.
Nuestro servicio a Jesús debe fluir de nuestra adoración a nuestro Señor en la Eucaristía, de nuestra contemplación de sus palabras, de nuestra oración.
Cuando María Magdalena se encontró con Jesús en la tumba vacía, en esa primera mañana de Pascua, él le preguntó: “¿Mujer … a quién buscas?” (Jn 20:15)
Nuestro Señor está haciendo esa pregunta a las mujeres de nuestra generación. Ruego para que ellas también ofrezcan sus vidas a él con toda generosidad, tal como María Magdalena y las grandes mujeres santas han hecho.
Pido a Nuestra Señora de Guadalupe que dé a nuestras hermanas en San Antonio el valor para ser santas. El valor para amar como la Madre Cabrini amó; ¡con un amor que transforme los corazones de piedra en corazones de carne! ¡Con un amor que lleve a los demás al Corazón de Jesús!
Adaptada de la presentación dada en la Conferencia de Mujeres Católicas 2009, en San Antonio. Para el texto completo, visite www.archsa.org.