Today's CatholicToday's Catholic
Home | About Us | Subscribe | Advertise | SA Archdiocese
Home
In This Issue - January 1, 2010
Columnists
Youth
Young Adult
Calendars
Español
Archives
The Year for Priests
El Año Sacerdotal
The blessing of our consecrated Sisters
La bendición de nuestras hermanas consagradas
Photo Galleries

La alegría de la fidelidad

Hace algún tiempo, respondiendo a la pregunta de un entrevistador, un conocido psiquiatra explicó que una persona madura es aquella que es capaz de posponer la gratificación inmediata para obtener gratificaciones a mediano o largo plazo que son más importantes y duraderas en su vida.

En efecto, un niño pequeño no es capaz todavía de pensar en su bienestar futuro. Para él sólo existen necesidades y deseos inmediatos. Por eso es tan difícil hacerle entender, por ejemplo, que no puede comer muchas golosinas porque más tarde le dolerá el estómago.

Pero en la medida en que vamos aprendiendo las lecciones de la vida, vamos comprendiendo que el esfuerzo y la capacidad de sacrificar deseos inmediatos nos proporciona satisfacciones no sólo más intensas, sino más importantes y duraderas.

Lo valioso de esta definición de la madurez es que es perfectamente compatible con la vida cristiana. Porque también la vida cristiana es una carrera de distancia, no de velocidad. Por tanto, se parece más a una maratón que a una carrera de cien metros planos.

La metáfora deportiva no es mía, sino de San Pablo, cuyo año jubilar seguimos celebrando con la iglesia universal.

En efecto, comparando la vida cristiana con las carreras de los atletas de su tiempo, San Pablo escribía de sí mismo: “olvidando lo que queda atrás y esforzándome por alcanzar lo que está delante, sigo corriendo hacia la meta para ganar el premio que Dios ofrece mediante su llamamiento celestial en Cristo Jesús”. (Filipenses 3:13-14)

Con esta figura de las populares competencias atléticas de la Grecia de su tiempo, San Pablo expresó tanto el sacrificio como la gran satisfacción de vivir la fundamental virtud de la perseverancia.

La perseverancia, según San Pablo, no es una virtud que implica simplemente renunciar a lo que nos gusta, sino que significa mantenerse firme en los grandes valores de nuestra fe, como discípulos de Jesucristo, sabiendo renunciar con alegría a lo efímero para escoger lo valioso y duradero.

La perseverancia — esa capacidad de soportar las dificultades cotidianas y de mantenernos fieles a los principios de nuestra fe — no parece ser una virtud muy valorada o promovida hoy en día.

El Catecismo de la Iglesia Católica, en el número 162, nos exhorta a trabajar activamente en la perseverancia, e incluso nos sugiere cómo hacerlo: “Para vivir, crecer y perseverar hasta el fin en la fe debemos alimentarla con la palabra de Dios; debemos pedir al Señor que la aumente; debe ‘actuar por la caridad’, ser sostenida por la esperanza y estar enraizada en la fe de la Iglesia”.

Esa es tal vez una de las más importantes lecciones que aprenden los jóvenes el día de su graduación, como recientemente señalé en el discurso que di en la Universidad del Verbo Encarnado, en San Antonio: “Rezo para que se acuerden siempre que la vida es mucho más que ‘hacer carrera’. Es un caminar con Jesús para ver a Dios”.

Al iniciar su pontificado, el Papa Juan Pablo II, cuya vida como pontífice fue hasta el final un ejemplo de perseverancia y generosidad, pronunció una homilía durante su primer viaje apostólico, en el que señaló la importancia de imitar a la Virgen María en esta importante virtud cristiana.

“Es fácil ser constante por un día o dos — dijo el papa — pero es difícil e importante el ser constante durante toda la vida como lo fue María”. (Juan Pablo II, Homilía en la Catedral de México, 26 de enero de 1979)

María, con su vida vivida a plenitud, y el Apóstol San Pablo, con su infatigable labor por el Evangelio nos enseñan que detrás del aparente fracaso o “pérdida” que puede implicar el hacer algunos sacrificios para ser coherentes con nuestra fe y nuestros principios, está la alegría de la perseverancia. En realidad no estamos perdiendo, sino ganando.

¿Y qué ganamos? El Papa Benedicto XVI nos lo dijo en la homilía con la que inició su pontificado: “Cristo no nos quita nada, nos lo da todo”. Recibimos paz, felicidad, tanto cuanto sea posible en la tierra y la vida eterna en el Cielo.

Siempre nos impresiona y emociona escuchar las palabras de San Pablo al final de su vida apostólica: “Porque yo estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente. He competido en la noble competición, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe”, y su convicción de que Dios le concederá la victoria eterna: “Y desde ahora me aguarda la corona de la justicia que aquel día me entregará el Señor, el justo juez”. (2 Tm 4:6-8)

Rezo para que María, Madre de Dios y nuestra, y San Pablo, intercedan por nosotros para que tengamos el valor de seguir en la ‘noble competición’, y la certeza de que, si vivimos con Cristo, él nos dará la gracia de la perseverancia y la victoria definitiva.

 



Print this page