Los peregrinos que han tenido la oportunidad de visitar la antigua ciudad de Corinto en la actual Grecia, suelen quedar impresionados por una columna de mármol blanco que se eleva en la cima de una pequeña colina, donde aparece el famoso “Cántico de la Caridad” que San Pablo escribió a los pobladores de esta región hace casi dos mil años.
El texto, recogido en el capítulo 13 de su primera carta a los Corintios, es uno de los más hermosos y representativos pasajes del Nuevo Testamento, y refleja la enseñanza más importante de la Iglesia en la predicación de San Pablo: el Amor. También muestra que nuestra religión no se basa en negaciones ni limitaciones, sino en el “gran sí a la vida” — como decía el Papa Juan Pablo II — que es el amor.
La realidad cultural actual nos llama a volver al verdadero sentido del amor y de lo que implica en nuestra vida cotidiana. Y sobre este tema, San Pablo es un maestro inigualable. El apóstol de Gentes desarrolla el nuevo mandamiento y la enseñanza fundamental de San Juan de que “Dios es amor”. (1 Jn 4:8)
Por eso, San Pablo reconoce que la única manera de hablar del amor es describiéndolo en sus múltiples expresiones, para que podamos apreciar la riqueza y crecer en la vivencia del amor.
Y así, el cántico de la primera carta a los Corintios nos enseña que el amor “es paciente, es servicial; el amor no tiene envidia; el amor no es jactancioso, no es arrogante; no se porta indecorosamente; no busca el propio provecho, no se irrita, no toma en cuenta el mal recibido; no se regocija de la injusticia, sino que se alegra con la verdad”. (1 Cor 13:4-6)
San Pablo nos enseña así características concretas que nos permiten ser hombres y mujeres que viven la caridad. Al mismo tiempo, nos ayuda a descubrir que el amor no se trata solamente de sentimientos, sino de buenas acciones que muestran nuestra preocupación por lo demás.
Para la cultura actual, el “amor” se limita a una pasión o emoción intensa que nos hace sentir poderosamente atraídos a algo. Y luego justifica el romper cualquier ley moral con el fin de “poseer” el objeto del deseo.
En contraste, San Pablo nos ofrece un consejo positivo para que vivamos con objetividad la virtud del amor, según la ley de Dios, en un sencillo pero poderoso elenco de actitudes que reflejan el amor verdadero.
En otras palabras, podemos crecer en el amor en nuestras vidas si vivimos la paciencia, el espíritu de servicio, la bondad, la alegría por la verdad. También podemos ejercitarnos en la caridad cuando rechazamos cualquier actitud envidiosa, jactanciosa, arrogante, irritada y vengativa.
Gracias al cántico del amor de San Pablo, que resume la hermosa doctrina del amor revelada por Jesucristo, sabemos en cambio que el amor “todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”. (1 Cor 13:7)
El cántico paulino de la caridad puede ser para nosotros una guía a la que recurrir una y otra vez para asegurarnos de que estamos amando a Dios y a los demás todos los días. Tengamos en mente que al final, el amor es el aspecto esencial de nuestra fe, y algo que no puede faltar en nuestras vidas. Pues como escribía el poeta místico español San Juan de la Cruz, “en el atardecer de nuestras vidas, seremos juzgados en el amor”.
San Juan de la Cruz no estaba utilizando una figura poética. Nos estaba diciendo en otras palabras lo mismo que nos señala San Pablo: “Si diera todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregara mi cuerpo para ser quemado, pero no tengo amor, de nada me aprovecha”. (1 Cor 13:3)
Con estas palabras San Pablo nos señala que sólo el amor le da verdadero sentido a las cosas y sacrificios que hacemos.
Santo Tomás de Aquino explicaba algo muy importante, al comentar este pasaje paulino: que el verdadero amor cristiano es capaz de convertir el más pequeño de los actos humanos en una verdadera proeza, que tiene un valor infinito ante los ojos de Dios.
Esta visión del amor no puede sino llenarnos de esperanza y alegría: con el amor de Jesucristo en nuestras vidas, lo podemos todo.
Por eso ruego al Señor, en el marco de este Año Paulino proclamado por el Papa Benedicto XVI, que guíe nuestras vidas por el camino del auténtico amor, el que nos ha sido revelado por Dios que tanto amó al mundo, que nos entregó su propio hijo.