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In this issue - January 13, 2012
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The Year for Priests
El Año Sacerdotal
The blessing of our consecrated Sisters
La bendición de nuestras hermanas consagradas
Column by Archbishop Gustavo García-Siller
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El don increíble de ser hijos, de Dios

Al acercarnos al fin del Año Paulino, convocado por el Papa Benedicto XVI, aprovechamos para que este sea un tiempo de reflexión sobre San Pablo, el gran apóstol de Gentes, para que su ejemplo nos ayude a renovarnos en nuestra vida cristiana.

El Santo Padre, en la hermosa y breve oración que propuso para este Año Paulino, pedía a San Pablo: “intercede para que obtengamos una fe profunda, una esperanza firme, un amor ardiente al Señor, para que podamos decir contigo, ‘no soy yo el que vive, sino es Cristo quien vive en mí’”. (Gal 2:20)

San Pablo es, sin duda, uno de los santos más “completos”: teólogo, escritor, predicador, trabajador incansable, viajero osado, dominador de varios idiomas y tremendamente flexible para adaptarse a las diversas personas y culturas.

No en vano San Agustín decía de él: “el corazón de Pablo es el corazón de Cristo”. Como escritor sagrado, autor del cuerpo textual más abundante del Nuevo Testamento, San Pablo nos ha dejado un tesoro enorme de sabiduría para comprender mejor nuestra fe cristiana.

Y como nos explica el Papa Benedicto XVI, el punto de partida de sus enseñanzas es el cambio radical traído por Cristo para la humanidad: la comprensión de que los seres humanos ya no somos “servidores” o simples “creaturas” de Dios: somos sus hijos e hijas.
 
San Pablo, en efecto, se atreve a escribir algo fundamental y radical, inconcebible tanto para judíos y griegos de la época: “cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva. La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el espíritu de su hijo que clama: ¡Abbá, Padre! De modo que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero por vo-luntad de Dios”. (Gal 4:4-7).

Debemos detenernos a re-flexionar sobre la importancia y la belleza de la palabra “Abba”. El idioma materno de San Pablo era el griego, en el que escribió sus cartas. Sin embargo, como discípulo del gran rabino Gamaliel, conocía el arameo, la lengua que habló Jesús y sus contemporáneos en Palestina. La palabra “Abba” está en arameo, y se refiere al término “padre”, pero en una forma más íntima y afectuosa: “papá”.

San Pablo pues, nos está diciendo algo que era escandaloso para los judíos y una locura para los griegos: que Jesús nos reveló que somos hijos amados de Dios. Dios Padre, el todopoderoso, el creador del universo, aquel a quien Moisés no podía ver ni siquiera en su sombra, no es sólo nuestro padre, es nuestro “papá”.

En un pasaje diferente, San Pablo se refiere otra vez al hecho de que somos hijos de Dios, a tal punto que somos “herederos de Dios y coherederos con Cristo”: “Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre!

El espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y, si hijos, también herederos: herederos de Dios y coherederos de Cristo, ya que sufrimos con él, para ser también con él glorificados”. (Rm 8:14-17)

¡“Coherederos de Cristo”! Es decir, somos hermanos de nuestro salvador Jesucristo, la segunda persona de la Santísima Trinidad, encarnada por nuestra salvación.

Muchos maestros espiri-tuales dicen que sólo San Pablo podía atreverse a expresar esta realidad, la de que verdaderamente somos hijos de Dios, que nuestra filiación no es una figura literaria ni una ilusión, sino una realidad.

La espiritualidad de la filia-ción divina nos permite ser hijos e hijas de Dios, y por lo tanto actuamos movidos por el amor, no por el temor. No medimos ni calculamos nuestro amor a Dios como lo hace un siervo o un trabajador contratado. Amamos a Dios y a los demás incondicionalmente porque somos hijos de Dios y recibimos su amor infinito. En estos últimos meses del Año Paulino, elevemos nuestras oraciones a San Pablo, para que podamos valorar el don de nuestra filiación divina, y para obtener la gracia de vivir como hijos e hijas de Dios.

 



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