Si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe (1 Cor 15:14) ¡Feliz Pascua de Resurrección hermanas y hermanos!
Saludarnos por la Pascua es una tradición que no se acaba el Domingo de Pascua, sino que se extiende a lo largo de los 50 días del tiempo pascual que la iglesia celebra como un solo día.
Por eso, a lo largo de todo este tiempo, en la liturgia de la iglesia, repetimos constantemente la antigua exclamación de fe “¡Aleluya!”, que proviene del hebreo antiguo Hallalûyah que puede traducirse como “¡Alaben a Dios!” o “¡Gloria al Señor!”
La alegría de la Pascua, en efecto, no tiene comparación. En ninguna otra fiesta del año los cristianos celebramos el triunfo absoluto y sin sombra del Señor Jesús sobre el mal, el pecado y la muerte. El mal en el mundo, el peor que podamos conocer o imaginar, tiene ahora una alternativa, una solución: es el amor infinito de Dios que nos amó hasta entregarse por nosotros, triunfando definitivamente con su resurrección.
Con esta victoria, el Señor nos renueva en el objetivo de nuestras vidas, que es la alabanza a Dios. Y al proclamar el Aleluya en este tiempo pascual, los cristianos nos renovamos en esa vocación de alabar sin cesar al Señor con toda nuestra vida. Este tiempo de Pascua, por tanto, es un buen momento para hacernos la pregunta que recientemente planteaba en mi Carta Pastoral: “¿Con qué frecuencia pensamos en esto?”
En efecto, “tenemos muchas responsabilidades en nuestras familias, en nuestro trabajo, en donde vivimos y en nuestras comunidades, pero para lo que realmente estamos aquí es para glorificar a Dios”. (“Serán Mis Testigos”) Sigo convencido de que debemos alabar a Dios durante todos los días de nuestras vidas, en medio de todas las cosas que hacemos y que llenan nuestras jornadas: alabamos a Dios por las bendiciones que ha derramado sobre nosotros; por el don de la vida, el don de la fe y la promesa de la vida eterna. Todas estas son realidades que se hacen especialmente evidentes en este tiempo de Pascua.
Pero la alabanza a Dios, como explicaba en mi Carta Pastoral, no se limita a simples gestos u oraciones. Ellas son importantes, pero no bastan.
Hoy más que nunca “necesitamos católicos que estén viviendo su fe y proclamándola en cada profesión y estilo de vida. Por medio de ustedes podemos llevar las verdades del Evangelio a cada rincón de nuestra cultura: al mundo de las artes, a la política y a los medios; al mundo de los negocios, a la ciencia y a la investigación tecnológica; e incluso a los campos del deporte y del entretenimiento popular”. (“Serán Mis Testigos”)
Dado que en la Pascua hemos experimentado la buena nueva en nuestras propias vidas, este es el tiempo más propicio — si es que existe alguno especial en la vida del bautizado — para predicar el Evangelio a los demás. Ahora que nuestro corazón ha sido convertido, podemos conducir a otros corazones a la conversión.
Ciertamente necesitamos orar siempre por la gracia de una conversión nueva, profunda y que cambie la vida. “La conversión — como decía en mi Carta Pastoral — no es algo que suceda solamente una vez en nuestras vidas; cada día tenemos que hacer un esfuerzo nuevo para volver nuestros corazones una vez más hacia el Señor”.
Pero necesitamos recordar lo que significa este tiempo de Pascua para nuestra vocación cristiana: “cuando releemos los relatos del Nuevo Testamento sobre la primera Pascua, notamos un tema común: cada uno de los que entra en contacto con el Señor resucitado sale de ese encuentro con el deseo inminente de correr y decir a los demás lo que ha atestiguado. María Magdalena y las mujeres en la tumba vacía nos dicen ahora a nosotros: vayan ‘enseguida a decir … ha resucitado de entre los muertos’”.
Este es pues, tiempo de gozo profundo, de celebración espiritual por la victoria sin ocaso del Señor. Y por esa misma razón, es el tiempo propicio para dar testimonio con nuestra vida y con nuestro anuncio directo, de la salvación que el mundo anhela, y que sólo se encuentra en Jesucristo.
En el Señor resucitado, les deseo de todo corazón una Feliz Pascua, y ruego para que nuestra iglesia en San Antonio, renovada por la alegría pascual, siga creciendo como comunidad evangelizadora que no cese de cumplir con su destino histórico de ser fuente del anuncio del Evangelio para nuestra nación.