El próximo 2 de abril celebramos el cuarto aniversario de la muerte del Papa Juan Pablo II. Cuando pienso en él, siempre pienso en las primeras palabras de su pontificado: “¡No tengáis miedo!”
Esas palabras, que Juan Pablo II dijo muchas veces a lo largo de los años, vienen directamente del corazón del Evangelio. Del comienzo al final, el Evangelio es una llamada divina a un amor valiente: el amor valiente hacia Dios y hacia nuestro prójimo.
“¡No tengas miedo!”, le dice el ángel a María en la Anunciación. (Lc 1:30) En la resurrección, otro ángel utiliza las mismas palabras para decir a las mujeres en el sepulcro que Cristo ha resucitado. (Mt 28:5) El mismo Jesús utiliza estas palabras para fortalecer a sus apóstoles. (Jn 6:20) Y los Evangelios nos dicen que éstas fueron sus primeras palabras después de la resurrección: “¡No tengáis miedo!” (Mt 28:10)
Esto es fortaleza. Es la capacidad de vivir en la presencia de Dios y servirlo sin temor; sin tenerle miedo a Dios o a lo que los demás puedan decir o hacer. La fortaleza, nos enseña el Catecismo, es la virtud moral que nos permite conquistar nuestros temores, enfrentar tentaciones y problemas, incluso la persecución, mientras tratamos de llevar una vida cristiana, haciendo lo que Dios quiere de nosotros. (no. 1808)
Antes de la cristiandad, los antiguos filósofos enseñaban que la valentía era una virtud encontrada sólo en los campos de batalla. Pero como cristianos, sabemos que hay muchos “campos de batalla”, muchos lugares donde nuestra fe es desafiada y probada. Quizás sean nuestros lugares de trabajo, o nuestras casas, o la arena política. Tampoco es raro que encontremos que nuestras luchas más fuertes están en nuestro propio corazón.
La verdad es que se necesita mucha valentía para vivir la fe católica. Por eso Dios nos da esta virtud, infundiéndola en nosotros en nuestro bautismo, con las demás virtudes cardinales y teologales. Dios entiende la debilidad humana. A veces podemos olvidarnos de esto. Es parte de la naturaleza humana tanto el tener miedo de cosas que nos pueden herir, así como del esfuerzo por evitarlas.
Pero el miedo puede minar nuestro empeño por seguir a Jesucristo. ¿Por qué? Porque muchas de las cosas que Cristo nos pide son “contra-culturales”. Él nos pide que vivamos de una manera muy distinta al estilo de vida que promueve nuestra cultura. Y vivir según lo que Jesús nos pide nos puede llevar a situaciones de conflicto con nuestro prójimo, nuestros empleadores, e incluso con nuestras leyes.
Entonces, necesitamos valentía. Valiente es la mujer que, a pesar de las presiones de la sociedad y quizá incluso de su familia, se niega a abortar a su niño no-nacido. Valiente es el empresario que se niega a ir en contra de sus principios o a actuar deshonestamente, aun cuando esto le podría traer muchas ganancias económicas. Valiente es el político católico que vota por defender la vida, aunque quizás esto le cueste ser re-elegido.
¿Cómo crecemos en la virtud de la fortaleza? Creciendo en disciplina personal. Cuánto más trabajamos para vencer nuestro egoísmo natural, más fuerza de carácter desarrollamos, y tenemos más fortaleza moral.
Acordémonos que las cosas pequeñas significan mucho en la vida espiritual. Pequeños actos de negación personal, hechos por amor, obtienen grandes resultados. Por ejemplo, si nos levantamos todos los días cinco minutos más temprano para rezar, fortalecemos nuestro carácter, al mismo tiempo que ofrecemos nuestro día a Dios. Darnos el tiempo para ir a misa diaria es otro hábito excelente que nos puede ayudar a crecer en fortaleza moral.
En casa, tratemos de dar más tiempo a nuestros seres queridos. Nos podemos dar el tiempo de leer algo o jugar algo en familia. Muchos de nosotros estamos tan ocupados en las actividades del mundo que, cuando llegamos a la casa, queremos estar solos; o somos tacaños con nuestro tiempo, incluso con las personas que más queremos. Necesitamos romper con nuestros hábitos y rutinas egoístas si queremos crecer en virtud.
Una de las cosas más importantes que podemos hacer es formar el hábito de aceptar las dificultades con paciencia. San Pablo nos recuerda que las tribulaciones nos ayudan a crecer: “La tribulación engendra la paciencia; la paciencia, virtud probada; la virtud probada, esperanza, y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo”. (Rom 5:3-5)
Pidamos el don de Fortaleza, uno de los Dones del Espíritu Santo, para que crezcamos en la virtud de la valentía durante esta Cuaresma. Y hagamos nuestras las palabras de Juan Pablo II, palabras del Evangelio: “¡No tengáis miedo!”