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In this issue - January 13, 2012
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La generosidad de los fieles de San Antonio
La paz es posible, la paz es necesaria
Una peregrinación de amor a Haití
Column by Archbishop Gustavo García-Siller
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Una peregrinación de amor a Haití

En los últimos dos meses todos hemos visto las trágicas imágenes de niños viviendo entre los escombros de lo que antes eran sus casas; muchos de ellos ya tenían pocas de las cosas materiales necesarias para la vida, pero incluso el poco que tenían les fue arrebatado por el tremendo poder de un terre-moto. Cuando uno los mira a los ojos, puede notar la tristeza y la búsqueda de una niñez que ha sido tan fracturada como el mismo suelo que los rodea.

Al caminar entre la pobreza y el dolor — que son el verdadero daño que dejó el terremoto en Haití — encontraba aliento en saber que ustedes, los fieles de la Arquidiócesis de San Antonio, habían donado más de $676,000 dólares para llevar alivio y esperanza a estos niños y a todos aquellos que están sufriendo en este territorio deshecho. No tengo palabras para empezar a agradecerles, y quiero que sepan que sus donaciones son verdaderos regalos de esperanza y harán mucho para expresar el amor que estamos llamados a compartir de manera profunda.

Antes de partir rumbo a Haití me preguntaron muchas veces cómo me sentía de hacer este viaje; y dije que estaba un poco inquieto, sabiendo que iba a ver una devastación de gente y de terreno como nunca había visto antes. No estaba preparado verdaderamente para todo lo que vería: un campo de golf convertido en una ciudad de tiendas de campaña; niños sin casas y algunos sin familias. Muchos de los niños ni siquiera tienen tiempo para lamentarse por la pérdida de lo poco que tenían, pues la lucha por la sobrevivencia les absorbe la mayor parte de sus fuerzas y energía.

Sin embargo también alcancé a ver el amor de Dios expresado en la dedicación de muchos hombres y mujeres que continúan trabajando arduamente durante largos periodos, porque entienden la verdad que hay en las palabras de San Pablo: “Manténganse firmes, inconmovibles, progresando siempre en la obra del Señor, conscientes de que su trabajo no es en vano en el Señor”. (1 Cor 15, 58)

A través de esta tragedia humana, se nos ha dado la oportunidad de estar en solidaridad con nuestros hermanos y hermanas en Cristo. Estamos unidos, por supuesto, por el vínculo común de nuestra humanidad, un vínculo que se refuerza por el hecho de que compartimos nuestra fe católica con 80 por ciento del pueblo de Haití.

Nuestra delegación del Subcomité para América Latina de la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos de América (USCCB, por sus siglas en inglés) hizo la peregrinación a Haití con el fin de evaluar la amplitud y profundidad del daño que sufrió la iglesia: su liderazgo, sus iglesias, escuelas, hospitales y ministerios. Sin embargo, nos hemos dado cuenta de que aunque los edificios están en ruinas, la fe de la gente está intacta y su confianza en un Dios misericordioso y amoroso no disminuyó. Hay mucho trabajo por hacer, pero creo firmemente que la educación de los niños es un ingrediente importante para restaurar la vida misma de esa nación. Tengo la esperanza de que podremos ayudar a construir escuelas católicas para que los niños tengan un lugar donde empezar.

Debemos hacer todo lo que podamos para restaurar la iglesia en Haití; tengo la confianza de que ésta resurgirá del polvo y continuará a ser una fuente de luz y de vida mientras su nación y sus vidas se reconstruyen. En la Encíclica Deus Caritas Est, el Papa Benedicto XVI nos recuer-da nuestra responsabilidad de responder a las necesidades de aquellos que han sufrido mucho: “El amor al prójimo enraizado en el amor a Dios es ante todo una tarea para cada fiel, pero lo es también para toda la comunidad eclesial, y esto en todas sus dimensiones: desde la comunidad local a la Iglesia particular, hasta abarcar a la iglesia universal en su totalidad”. (Papa Benedicto XVI, Encíclica Deus Caritas Est, 2005, 20)

Al estar parado entre las ruinas de Port-au-Prince, me recordaron que a 3,000 millas de ahí, el pueblo de Chile también estaba sufriendo a consecuencia del terremoto en ese lugar. Mientras el mundo observaba que las fuerzas de la naturaleza sacudían Chile hace un par de semanas, y esperaba aprehensivo para ver si Hawai sería envuelto en un tsunami, yo había estado escuchando una frase: “el cansancio de la entrega”. Como seguidores de Jesús, no debemos cansarnos nunca de amar a nuestro prójimo; no debemos cansarnos de vendar sus heridas, satisfacer su hambre y saciar su sed por el amor y la paz de Dios.

Durante la Cuaresma, al ofrecer sus sacrificios y prepararse para la Pascua, ruego para que tomemos conciencia del sufrimiento y del dolor que siente el pueblo de Haití y Chile, recordando las palabras de Madre Teresa: “Quien quiera que sean los más pobres de los pobres, ellos son Cristo para nosotros...Cristo bajo el velo del sufrimiento humano”.

 



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