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In this issue - March 12, 2010
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‘Serpientes y Escaleras’ y la virtud de la regla de oro

Hace ya algunos años, se publicó un libro muy bueno orientado a los padres de familia llamado “A Father’s Covenant” (La Alianza de un Padre), escrito por Stephen Gabriel (HarperCollins, 1996). Éste consistía de una serie de aforismos y pequeñas promesas que los papás hacían en sus relaciones con sus hijos, esposas y con Dios.

Una de las promesas me hizo gracia: “¡Jugaré Serpientes y Escaleras con entusiasmo!”

Me gustó mucho porque me hizo recordar cómo en mi infancia jugaba este juego con mis padres y mi familia. Para mí, era lo más normal que lo jugáramos, pero ahora, agradezco a mis padres que se dieran el tiempo para jugar con nosotros.

De muchas maneras, esa promesa es un excelente resumen de los desafíos que tienen que enfrentar los papás cristianos. Como nos podrían contar incluso las mamás y papás más dedicados, es común que les cueste juntar las energías y el entusiasmo para jugar con los niños después de un día largo y exigente.

Pensé en esta pequeña promesa al empezar a reflexionar sobre la virtud cardinal de la justicia. El Catecismo nos dice que “la justicia es la virtud moral que consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido”. (no. 1807)

Esta definición se traduce en un número de obligaciones en nuestras relaciones personales y vidas sociales.

Para los padres de familia, justicia significa darles a sus hijos lo que les “deben”, es decir, lo que les corresponde. Entre esas cosas está el derecho a la atención y cariño de sus padres y también, sí, ¡el entusiasmo para jugar juegos como Serpientes y Escaleras!

No estamos acostumbrados a pensar en la justicia en esos términos. Somos afortunados de vivir en una sociedad fundada en el respeto a los principios de la justicia y los derechos humanos. Siempre hablamos de justicia, igualdad, derechos; sobre salarios justos, condiciones decentes de trabajo, debidos procedimientos legales, entre otros. Todo esto demuestra la profunda influencia del Evangelio y de las enseñanzas cristianas en los fundadores de esta nación, en nuestras leyes e instituciones.

Como americanos, deberíamos entender las nociones fundamentales de la justicia social: que todas las personas son creadas iguales y que todos tienen un derecho dado por Dios a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad. A todos los hombres y mujeres, por justicia, les “corresponden” esos derechos.

Sin embargo, la justicia en nuestra sociedad y en el mundo empieza en el corazón humano: en los pensamientos, actitudes, decisiones y acciones que tenemos en las relaciones con aquellos que están cerca. Combatir injusticias y promover la justicia social es un deber de todos los cristianos; de manera especial, la defensa de los derechos de los más inocentes entre nosotros. Pero también está la justicia debida a nuestros hijos, esposos, y otros miembros de la familia. Y además la justicia que debemos a nuestros compañeros de trabajo, empleadores, empleados, vecinos y conciudadanos.

¿Cómo miramos a las personas, y como las tratamos? La justicia exige que veamos en los demás la imagen y semejanza, y hasta la presencia de Dios. Y la justicia exige que tratemos a todos como hijos e hijas de Dios, ayudándolos a que lleguen a ser las personas que Dios quiere que sean.

En nuestras familias, ¿acaso escuchamos a nuestros hijos y esposos con sincera atención? ¿Nos quejamos cuando tenemos que darles nuestro tiempo, nuestra atención? ¿Jugamos Serpientes y Escaleras con entusiasmo? Todas estas preguntas se refieren a la justicia. Aquellos que viven con nosotros tienen el “derecho” a nada menos que todo nuestro amor. La justicia exige que no usemos palabras hirientes, o faltemos el respeto y mucho menos, que ignoremos las opiniones de los demás.

En nuestro lugar de trabajo, ¿respetamos la dignidad de los demás? ¿Ejecutamos nuestro trabajo de manera profesional y eficiente? El chisme envenena muchos lugares de trabajo, y no hay qué decir de cómo afecta nuestra vida cívica y los medios de comunicación. Repito, hablar mal de otros es una cuestión de justicia. Debemos tener un gran respeto y cuidado a la reputación de nuestros hermanos y hermanas.

La regla de oro de nuestro Señor: “Traten a los demás como les gustaría que los demás los trataran a ustedes”, es una buena referencia para examinar si de verdad somos justos en nuestras relaciones. (Mt 7:12; Lc 6:31)

La manera ideal para crecer en esta virtud es cultivar un espíritu de agradecimiento. San Pablo decía: “¿Qué tienes que no lo hayas recibido?” (1 Cor 4:7)

Todo lo que tenemos, empezando por la vida misma, es un regalo de Dios. Esto nos debería llenar de alegría y amor casi de manera pueril. Y para esto, nuestro Señor nos ha dado la piedad, uno de los dones del Espíritu Santo que nos hace capaces de alabar a nuestro Padre y de amar a los demás como Dios los ama.

“Con nadie tengáis otra deuda que la del mutuo amor”, decía San Pablo. (Rom 13:8) Que esta semana podamos esforzarnos por crecer en piedad y justicia, para dar a Dios y a los demás el amor que les corresponde.

 



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