Today's CatholicToday's Catholic
Home | About Us | Subscribe | Advertise | SA Archdiocese
Home
In this issue - August 27, 2010
Columnists
Youth
Young Adult
Calendars
Español
Archives
La generosidad de los fieles de San Antonio
La paz es posible, la paz es necesaria
Una peregrinación de amor a Haití
Photo Galleries

Nacidos para ser misioneros

Al final del Evangelio, el Señor Jesús envió a los apóstoles diciéndoles “Vayan y evangelicen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. (Mt 28,19)

Los Hechos de los Apóstoles nos narran como los apóstoles y los primeros cristianos cumplieron fielmente su misión, partiendo a todo el mundo conocido a anunciar el Evangelio. La respuesta de los discípulos al mandato del Señor cambió el mundo para siempre.

En este tiempo de Cuaresma, es parte de nuestra tradición católica ofrecer o renunciar a algo como sacrificio. Y eso es bueno. Pero es importante es recordar que la Cuaresma es mucho más que eso; es un tiempo de renovación de nuestra identidad católica. En otras palabras, es un tiempo para responder nuevamente, desde nuestra fe, a la pregunta de “quiénes somos”.

Esta es la pregunta que he querido proponer, primero a mí mismo, como su pastor, y a todos ustedes, a través de mi carta pastoral “Serán mis Testigos”, sobre la misión cristiana de evangelizar y proclamar a Jesucristo, escrita con ocasión del 5to aniversario de mi toma de posesión como arzobispo de San Antonio.
En ella recordaba algunos criterios de nuestra fe que pueden ayudarnos a valorar más la belleza de las enseñanzas de la Iglesia Católica.

El mandato de Jesús de “ir y evangelizar a todas las naciones”, no es un pedido abstracto que Él dirigió sólo a los apóstoles o a los hombres y mujeres de su tiempo; es un llamado que recae sobre cada cristiano, no sólo como un deber sino como un derecho, en el momento en que recibe el bautismo. Es un llamado para todos nosotros, no sólo para nuestra salvación personal, sino también para que compartamos la buena nueva de la salvación con el mundo.
Muchos cristianos, cuando toman conciencia de esta misión, se sienten como Jeremías, y repiten sus palabras: “¡Ah, Señor Dios! Mira que soy como un niño que no sabe hablar”. (Jr 1,6)

Pero como señalo en mi carta pastoral, “hay muchas maneras de anunciar a Cristo y no solamente con palabras. No es sólo una cuestión de hablar, o predicar, o algo que es considerado negativamente como “hacer proselitismo”. Anunciar a Cristo incluye todo lo que hacemos en palabra o en hechos, para dar testimonio de nuestra fe en Él. Anunciamos a Cristo por nuestra manera de vivir”.

En otras palabras, “lo importante es esto: el anuncio de Cristo no es una opción o una obligación reservada a los sacerdotes, religiosos u obispos; es un deber de todo creyente.” Es por eso que de manera especial, he dirigido mi carta pastoral “a ustedes, hombres y mujeres laicos”.

Soy consciente de que estamos celebrando el Año del Sacerdocio, y que los sacerdotes son los principales colaboradores de los obispos “en la misión universal que Cristo confió a sus apóstoles”, de predicar el Evangelio hasta los confines de la tierra, como nos recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica. Pero la iglesia no se construye sin la participación de todos sus miembros, porque todos somos piedras vivas del único edificio que es la iglesia. Y la misión de proclamar el Evangelio encomendada por Cristo a toda su iglesia nunca podrá ser llevada a plenitud sin la colaboración de los fieles, sin la colaboración de cada uno de ustedes.

En su reciente mensaje con ocasión de la Cuaresma, el Papa Benedicto XVI nos recordaba que, en efecto, el encuentro de cada cristiano con Cristo lo lleva a convertirse en un agente de cambio renovador, de justicia y reconciliación. “Precisamente por la fuerza de esta experiencia”, escribe el Papa “el cristiano se ve impulsado a contribuir a la formación de sociedades justas, donde todos reciban lo necesario para vivir según su propia dignidad de hombres y donde la justicia sea vivificada por el amor”.

Y no existe acto de justicia más grande que el de llevar a Jesús a los corazones de los hombres y mujeres sedientos de Dios. Porque como nos escribe el Santo Padre en su mensaje cuaresmal, al describir el acto más grande justicia que podemos realizar los cristianos: “¿Cuál es, pues, la justicia de Cristo? Es, ante todo, la justicia que viene de la gracia, donde no es el hombre que repara”.

Es pues, la justicia que viene de Dios, pero que no llega a los hombres y mujeres de este mundo si no es anunciada por los hombres y mujeres de nuestra iglesia.

Rezo intensamente en este tiempo de Cuaresma, para que el Señor inspire en cada uno de los fieles el espíritu del profeta Isaías: “Escuché la voz del Señor que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí: Heme aquí; envíame a mí”. (Is 6,8)

 



Print this page