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In this issue - August 27, 2010
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Bendiciones de la familia

En este inicio de año voy a tener varios viajes. De hecho, acabo de regresar de un viaje que realicé a la Ciudad de México, donde participé en la misa solemne de clausura del Sexto Encuentro Mundial de las Familias (llevado a cabo del 13 al 18 de enero).

¡Qué celebración tan emotiva! La Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe estaba repleta, llena de jóvenes y adultos de todo el mundo. Y el Santo Padre, el Papa Benedicto XVI, se dirigió a nosotros a través de una conexión de video al final de la misa.

En los días posteriores a este gran evento me he encontrado reflexionando mucho sobre la familia y su verdadero significado. No solemos pensar mucho sobre esta verdad, pero la familia está en el centro del misterio de nuestra religión.

En las primeras páginas de las Sagradas Escrituras podemos leer sobre el matrimonio entre Adán y Eva y en las últimas páginas también leemos sobre las bodas del Cordero, de Cristo con su iglesia. La promesa hecha por Dios a Abraham es una promesa para las familias: “serán benditas en ti todas las familias de la tierra”. (Gen 12:3)

Para cumplir esta promesa, nuestro Señor escogió venir a esta tierra como miembro de una familia. Quiso compartir en lo más fundamental de la experiencia humana, viniendo a este mundo como todos nosotros vinimos, como niño, del vientre de una madre; y creció en fortaleza y sabiduría en un hogar con el amor de una madre y un padre.

Lo hizo para enseñarnos el hermoso significado de la familia en los planes de Dios. La familia debe ser una escuela de amor y de santidad, en la que aprendemos a deshacernos de nuestro egoísmo, para darnos a nosotros mismos en libertad y alegría, y así crecer en conocimiento y amor de Dios.

En la familia podemos apreciar lo que Dios quiere para cada uno de nosotros; la bendición que Dios quiere impartir a todas las personas y a cada familia en esta tierra es que hagamos parte de su propia familia, que es la iglesia.

Hacemos parte de la familia de Dios desde nuestro bautismo, a través del cual somos capaces de llamar a Dios “Padre”: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!” (1 Jn 3:1)

Yo me pregunto, hermanos y hermanas, ¿estamos haciendo lo suficiente para cultivar el mismo espíritu de alegría que San Juan y los primeros cristianos tuvieron? ¿Acaso atesoramos el gran regalo de pertenecer a la familia de Dios, de ser hijos e hijas de Dios? ¿Acaso valoramos el gran regalo que son nuestras propias familias?

La iglesia primitiva celebraba a la familia como el lugar donde nuestra fe y nuestros valores son alimentados y compartidos. San Pablo nombró a la abuela y a la madre de Timoteo, Loida y Eunice, alabándolas por como daban testimonio de la fe en casa. (2 Tim 1:15)

La familia humana es un ícono de la familia de Dios; y esto es lo que hace que la crisis familiar actual en los Estados Unidos y en el mundo occidental sea tan trágica.

Las amenazas en contra de la familia hoy son reales. Si no cambiamos el curso de los hechos, la familia, tal como la pensó Dios — fundada en la unión fiel y de por vida entre un hombre y una mujer — puede ser destruida para siempre.

La iglesia debe defender a la familia contra todas las amenazas que pueda encontrar en la cultura, especialmente aquellas iniciativas que tratan de redefinir el matrimonio, incluyendo el matrimonio homosexual y otros tipos de uniones.

Pero también creo que hace falta un testimonio más fuerte de parte de los católicos en general con relación a la importancia de la familia. Ese testimonio puede y debe tomar diferentes formas: podemos ayudar a alguien que esté enfrentando un embarazo no esperado o difícil; o a algún conocido que necesite ayuda con sus padres ancianos o parientes enfermos; también podemos encontrar diferentes maneras para ayudar a aquellos que son padres solteros o de familias trabajadoras.

Pero antes que todo, en nuestros propios hogares, debemos ayudar a los jóvenes a descubrir la belleza de las enseñanzas de nuestra iglesia sobre la sexualidad y el matrimonio. También podemos ayudar a los que ya están casados a que redescubran estas verdades en sus relaciones.

Esforcémonos por hacer que nuestra iglesia aquí en San Antonio sea una familia de familias, un lugar en el cual, a través del amor de padres y abuelos, hermanos y hermanas, tías, tíos y primos, podamos encontrarnos con el amor de Dios.

 



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