La próxima semana, cientos de miles de americanos viajarán a la capital de nuestra nación para ser testigos de un gran momento en la historia: la toma de posesión del Presidente-electo Barack Obama como el primer presidente afro-americano de la nación.
Dos días después de esta gran celebración, cientos de miles más también viajarán a Washington para recordar un día de vergüenza nacional: el 36º. aniversario de Roe vs. Wade.
La decisión de la Corte Suprema en 1973 hizo mucho más que tan solo legalizar el aborto. Esta decisión puso a nuestra nación en una espiral cuesta abajo tanto en materia constitucional como moral, la cual ha llevado a la legalización de suicidios asistidos, a experimentos con embriones humanos y a cambios radicales en las definiciones de sexualidad humana y de la familia.
Como dije en mi última columna, como nación nos toca enfrentar muchos problemas serios en este nuevo año. Pero no por ello podemos dejar de velar por temas como la santidad de la vida humana y la dignidad de la persona. Por nuestra fe y por las exigencias de la verdadera justicia, estamos llamados a construir una cultura de vida en nuestro país.
Y cada día, al parecer, tenemos pruebas de una evidente falta de respeto por estos valores fundamentales. Antes de Navidad, leí un inquietante artículo en el New York Times sobre el destino de los embriones humanos que “sobran” del procedimiento de una fertilización in vitro. Estos embriones — seres humanos — son congelados y almacenados en clínicas de fertilidad.
Actualmente, existen cerca de 400.000 embriones humanos almacenados en frio en todo el país. Y este número crece cada día. Para ponerlo en otra perspectiva: el total de la población americana de embriones humanos congelados, podría constituir la cuadragésima quinta ciudad más grande de la nación — aproximadamente el mismo tamaño que la población de Oakland, California o Miami, Florida.
Esto sorprende hasta la imaginación. En nuestro medio, tenemos un vasto “orfanato” del tamaño de una ciudad, de niños no deseados. Las opciones para estos seres humanos en estado embrionario son terribles. Pueden ser inmediatamente destruidos, o dados a la ciencia para experimentos como las investigaciones con células estaminales, o totalmente olvi-dados por sus “padres”.
Este es el triste nuevo mundo al que el derecho al aborto nos ha llevado. Es un mundo donde el embrión, el niño no nacido, es tratado no como un ser humano, sino como una “propiedad” de la que se puede disponer según sus “dueños” lo consideren conveniente.
Y hemos entrado en una era donde esta mentalidad ha dado paso para hablar de clonación humana, ingeniería genética, y eutanasia para los enfermos terminales y los discapacitados.
Muchos de estos asuntos son abordados en un nuevo documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe de la Santa Sede, Dignitas Personae (La dignidad de la persona). Espero que este documento sobre temas de bioética se convierta en una “lectura obligatoria” entre nuestros profesionales de la salud, investigadores científicos y profesores.
El documento habla sobre “la urgente necesidad de mover las consciencias a favor de la vida”. Y esto es ciertamente correcto. Los católicos debemos guiar el camino en defensa de la dignidad humana desde su concepción hasta su muerte natural.
Como el Papa Benedicto XVI ha dicho: “El amor de Dios no distingue entre los infantes recientemente concebidos que están aun en el vientre materno y el niño, el joven, el adulto o el anciano. Dios no distingue entre ellos porque ve una impresión de su propia imagen y semejanza en cada uno”.
Desafortunadamente, nuestro nuevo presidente no comparte nuestros valores sobre el aborto y los temas de la vida.
De hecho, se espera que uno de sus primeros actos al asumir su cargo la próxima semana sea emitir decretos que permitan el uso de dinero de los impuestos para financiar la investigación con células embrionarias y para promover el aborto en el exterior.
Además, él hizo una promesa de campaña para promulgar el Acta de Libertad de Elección, lo que eliminaría cualquier restricción sobre el aborto, incluso las leyes que prohíben los abortos por “parto parcial”.
Estas políticas están en clara contradicción con la voluntad del pueblo. De hecho, una encuesta comisionada por los obispos de Estados Unidos encontró recientemente que el 82 por ciento de los americanos piensan que el aborto debería ser ilegal o estrictamente limitado. Sin embargo, el 35 por ciento de la pequeña minoría (9 por ciento) que cree que el aborto debería ser legal, sostiene que debería haber algunas restricciones y límites a este “derecho”. Esta es una gran señal de esperanza.
Y la elección del Sr. Obama al cargo más alto de un país donde una vez la esclavitud fue legal, es un recordatorio de la gran capacidad de arrepentimiento y conversión que tiene nuestro país.
Tengo la confianza que algún día el aborto, la eutanasia y otros asaltos al derecho a la vida sean enviados al basurero de la historia, como lo fue la esclavitud.
Durante esta semana histórica, recemos por la llegada de ese día. Recemos por la conversión de la mente y del corazón de nuestro prójimo, y dediquémonos una vez más a construir una cultura de vida.