El Año Paulino es una ocasión ideal para hablar del tema de la vocación. La vocación es un llamado que tiene todo cristiano. Todo bautizado ha sido llamado por Dios a cumplir una misión específica en el mundo. San Pablo entendía que no había recibido ese llamado a servir por sus méritos o dones especiales, sino porque, como dijo: “por la gracia de Dios, soy lo que soy; y la gracia de Dios no ha sido estéril en mí”.
San Pablo siempre se asombraba, en efecto, de cómo Dios lo había llamado a él, que como feroz perseguidor de los primeros cristianos, era tal vez el más improbable de entre sus contemporáneos para convertirse en un apóstol.
Dios sin embargo, lo llamó de una manera totalmente milagrosa para convertirse, como nos dice el Papa Benedicto, en “el decimotercer apóstol”, con todos los derechos y deberes de quienes fueron seleccionados personalmente por Jesús al iniciar su vida pública.
Ciertamente, hay veces en que las personas reciben su llamado en un momento dramático de su vida, y ése las cambia para siempre; un acontecimiento que borra todas las dudas y nos deja a solas con la voz de Dios. Sin embargo, la mayoría de nosotros empieza a discernir ese llamado de maneras más ordinarias, en la rutina de la vida cotidiana.
Cuando tenía 12 ó 13 años, pensé que podría ser que Dios me llamara al sacerdocio. Al terminar la escuela secundaria, quise entrar al seminario, pero mis padres me pidieron que terminara la universidad antes de tomar esa decisión. Mientras estaba en la universidad, empecé a ir a Misa diaria, y hacía todo lo que podía para crecer en mi vida espiritual, para que el llamado de Dios no se perdiera.
Seguí tratando de discernir lo que Dios quería de mí. “¿Será que Dios de verdad quiere que sea sacerdote?” Resistí un poco el llamado al principio, pero aun así estudié teología, mientras continuaba buscando la voluntad de Dios para mi vida. Dios ha querido llamarme a través de lo que muchos llamarían un camino ordinario. Cosas tan sencillas como ver a mi abuelo rezando por un largo tiempo con su gran libro negro de oraciones, me han impresionado profundamente, y siguen conmigo hasta el día de hoy.
Cualquiera que sea la manera como Dios escoge llamarnos, él siempre sale a nuestro encuentro donde sea que estamos. Fue la gracia de Dios que permitió a San Pablo escuchar la voz de Jesús, llamándolo a hacer algo dramáticamente nuevo en su vida.
El Papa Benedicto XVI invita a todos los cristianos, especialmente a aquellos que se encuentran en el momento propicio de discernir una vocación, a exclamar junto a San Pablo: “Si Dios está por nosotros, ¿quién estará contra nosotros?” (Rm 8:31); y respondernos con las mismas palabras del apóstol: “NADIE podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro”. (Rm 8:39)
Así, como dice Benedicto XVI, “nuestra vida cristiana se apoya en la roca más estable y segura que pueda imaginarse. De ella sacamos toda nuestra energía, como escribe precisamente el apóstol: ‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’”. (Flp 4:13)
San Pablo había entendido en su vida lo que muchas veces los cristianos no comprendemos: que mediante su llamado Dios no nos quita nada ni amenaza nada de lo que poseemos. Por el contrario, nos lo ofrece todo, nos ofrece la plenitud de la existencia, el único camino por el que podremos exclamar como el mismo San Pablo al mirar hacia atrás su vida: “He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me espera la corona merecida, con la que el Señor, justo juez, me premiará en aquel día; y no solo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida”. (2 Tim 4:7-8)
Mi vocación sacerdotal es una de las más grandes bendiciones de Dios. He visto y sigo viendo la acción de Dios en mi vida personal y en mi servicio a los demás, y esa acción es lo que le da un sentido personal a las palabras de San Pablo: “por la gracia de Dios, soy lo que soy”. Al acoger el llamado de Dios en nuestra vida, aceptamos seguirlo por el camino que nos lleva a merecer no sólo la vida eterna, sino también — algo que muchos olvidan — el ciento por uno en esta vida, prometido por el mismo Señor.
Oremos intensamente para que todos los fieles de nuestra arquidiócesis, pero especialmente aquellos jóvenes que comienzan a discernir su llamado, respondan al llamado de Dios con toda la generosidad de sus corazones, y pidamos que el Apóstol San Pablo interceda por nosotros para que obtengamos los dones del valor y la alegría.