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In this issue - March 12, 2010
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Madre del creador

¡Qué alegría habrá sentido María al mirar por primera vez a los ojos del niño que había llevado en su vientre por tantos meses!
El gozo que llenó su corazón solo puede ser experimentado por una madre. Y podemos imaginar con qué ternura tocaba el rostro del niño, y secaba las lágrimas de sus ojitos.

El ángel había anunciado los planes que Dios tenía para ella. Los pastores que vinieron de los campos le hablaron de las voces angelicales que habían escuchado en el cielo. Los reyes magos le contaron sobre la estrella que los había guiado desde Oriente para adorar al niño envuelto en pañales, acostado en el pesebre.

Las Sagradas Escrituras nos dicen que María guardaba todas esas cosas, meditándolas en su corazón. ¡Qué maravillada debe haber estado, de saber que los ojos que la miraban eran los ojos del creador!

¡Ver el rostro de Dios! Este ha sido el anhelo de todos los corazones, en todos los tiempos. El Antiguo Testamento está lleno de oraciones pidiendo a Dios que muestre su rostro: ¡Busco tu rostro, Señor! ¡Que brille tu rostro sobre tu servidor!

Esas oraciones encuentran respuesta en el niño que duerme en los brazos de María. En Jesucristo, Dios ha venido a bendecir a su pueblo; en el niño, su rostro ha brillado sobre todas las naciones.

Antes de todos los tiempos, Dios escogió a María para que tuviera su parte en la historia de la salvación. Como el ángel le dijo, ella era la “llena de gracia”, transformada por la gracia de Dios para ser la madre inmaculada de su hijo. Antes de todos los tiempos, ella fue elegida para ser la mujer, a través de quien, en la plenitud de los tiempos, Dios enviaría a Hijo único.

María es la Madre de Dios, la madre de nuestro creador! Los primeros cristianos la llamaban Theotokos — “la que ha engendrado a Dios”. Este es uno de los grandes misterios de nuestra religión, como el poeta cristiano Venancio Fortunato, cantaba en el año 600:

Cuando llegó la plenitud de los tiempos sagrados…
El creador del mundo nació.
Y haciéndose carne, de un vientre virginal llegó.
El niño llora, acostado en una pequeña cuna.
La Virgen Madre envuelve su cuerpo en pañales...
Y ella alimenta con su leche al pan de los cielos.

En los ojos de María y de su niño están todos los misterios de la historia y del universo — el gran misterio que celebramos en este tiempo de alegría. La Navidad es el misterio de nuestra humanidad y la divinidad de Dios entretejidos por amor en el vientre de María, su madre.

¡Qué humildad la de nuestro creador! Humillarse para compartir nuestra humanidad; para entrar en nuestro mundo de la misma manera como cada uno de nosotros entró en este mundo — nacidos de una mujer. Qué amor nos ha mostrado, para que podamos llamarlo padre, y para que seamos hijos de Dios.

Al contemplar el rostro de nuestro padre, tengamos presente que el rostro de María fue lo primero que nuestro Señor pudo ver cuando entró en este mundo. En este tiempo de Navidad, y a lo largo del nuevo año, renovemos nuestra devoción a María. Volvamos nuestra mirada hacia ella como hizo él: con el gozo y la esperanza de un niño, con afecto y confianza filiales.

Reimprimido con permiso de la revista Catholic Life Insurance.

 



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