En la oración de ordenación para un sacerdote, el Obispo pide a Dios Padre que el nuevo sacerdote “sea honrado colaborador del Orden de los Obispos, para que por su predicación y con la gracia del Espíritu Santo, la palabra del Evangelio dé fruto en el corazón de los hombres y llegue hasta los confines del orbe”.
El sacerdote es ordenado para la gloria de Dios y el servicio al pueblo de Dios. Hay muchas áreas del ministerio en la vida de un sacerdote, pero la mayor parte del servicio sacerdotal se da alrededor de una parroquia, la comunidad de fe que es central en la vida de la iglesia.
Juan María Vianney, el santo que el Santo Padre nos ha propuesto como modelo y patrono para este Año del Sacerdocio, fue precisamente un párroco.
Como relata el papa en su carta a los sacerdotes, el joven Padre Vianney “llegó a Ars, una pequeña aldea de 230 habitantes, advertido por el obispo sobre la precaria situación religiosa: ‘No hay mucho amor de Dios en esa parroquia; usted lo pondrá’”.
“Bien sabía él — sigue el Papa Benedicto XVI — que tendría que encarnar la presencia de Cristo dando testimonio de la ternura de la salvación: ‘Dios mío, concédeme la conversión de mi parroquia; acepto sufrir todo lo que quieras durante toda mi vida’. Con esta oración comenzó su misión. El Santo Cura de Ars se dedicó a la conversión de su parroquia con todas sus fuerzas, insistiendo por encima de todo en la formación cristiana del pueblo que le había sido confiado”.
La conversión de los miembros de su parroquia fue ciertamente un milagro, que corrió como noticia primero a los pueblos vecinos, y luego a toda Francia.
En efecto, el ministerio del Padre Vianney se hizo tan popular que miles de personas viajaban a Ars para conocerlo, escuchar sus enseñanzas diarias y especialmente para confesarse con él.
No hay duda de que nuestras parroquias son muy distintas a la de Ars, desde el punto de vista geográfico, de tamaño y de sus necesidades, pero son, como Ars también era, lugares de gracia, oración, conversión, comunidad y amor.
El ministerio parroquial del sacerdote en nuestros días incluye una intensa y variada actividad pastoral, con la celebración de la santa Misa y los sacramentos, las visitas, la guía espiritual, el servicio a la comunidad, entre muchas otras cosas; al mismo tiempo, están también las responsabilidades administrativas propia de las exigencias de la sociedad actual.
El ministerio de los diáconos permanentes y el servicio de miembros de órdenes religiosas, así como el de los laicos, enriquecen la vida de las comunidades y ayudan a que se conviertan en lo que el siervo de Dios, Juan Pablo II, pidió que las parroquia fueran, en su visita a San Antonio: una “familia de familias”, donde todos encuentren un espacio de acogida común en la caridad y la verdad.
Por ello, para que se pueda cumplir con todo lo que necesita una parroquia del siglo XXI, nuestros sacerdotes necesitan el apoyo de todos los miembros de la parroquia, que fieles a su misión bautismal y al llamado universal a la santidad, cooperan con el párroco de múltiples maneras.
Sin duda que parte esencial de la vida parroquial es la riqueza de la celebración de los sacramentos, dones inestimables de Dios para nuestra salvación.
Los sacramentos nos han sido dados por Jesús mismo a través del ministerio del sacerdocio. Por eso, siguen siendo ciertas las palabras que San Juan María Vianney escribió, y que el Papa Benedicto cita en su carta: “El sacerdote continúa la obra de la redención sobre la tierra… ¿De qué nos serviría una casa llena de oro si no hubiera nadie que nos abriera la puerta? El sacerdote tiene la llave de los tesoros del cielo: él es quien abre la puerta; es el administrador del buen Dios; el administrador de sus bienes… Dejad una parroquia veinte años sin sacerdote y adorarán a las bestias… El sacerdote no es sacerdote para sí mismo, sino para vosotros”.
En este Año Sacerdotal somos invitados a mirar el ejemplo de santidad de algunos sacerdotes. Siendo tan humanos como nosotros, y luchando contra las mismas cosas que a nosotros también nos cuestan, ellos “han competido en la noble competición” y “han llegado a la meta en la carrera”, usando las palabras de San Pablo.
En el mes de Septiembre tenemos a varios ejemplos: San Pedro Claver, San Padre Pio, San Vicente de Paul y San Jerónimo. Todos ellos son grandes ejemplos de sacerdotes buenos y fieles, modelos para que todos nosotros podamos seguir.
Todos los años, el 27 de septiembre, celebramos en la liturgia la memoria de San Vicente de Paul.
Inteligente y ambicioso, Vicente aspiraba a hacer “carrera” como sacerdote simplemente para llevar una vida cómoda. Sin embargo, la confesión que un sirviente de la Condesa hizo en su lecho de muerte, abrió los ojos de Vicente a la terrible necesidad espiritual de los pobres.
Así, él se transformó en el fundador de la Congregación de la Misión, también conocida como los Vicentinos.
San Vicente estableció confraternidades de caridad para ayudar a las necesidades espirituales y físicas de los enfermos y pobres de cada parroquia. De ahí, con la ayuda de Santa Louise de Marillac, surgieron las Hijas de la Caridad.
Vicente también fue un pionero de la enseñanza del clero, y tuvo un importante rol en el establecimiento de seminarios.
Pidamos al Señor, por la intercesión de San Juan María Vianney y de todos los sacerdotes santos, por la santidad de nuestros sacerdotes, y para que nuestras parroquias sean una “familia de familias” santa y activa.