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In this issue - January 13, 2012
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The Year for Priests
El Año Sacerdotal
The blessing of our consecrated Sisters
La bendición de nuestras hermanas consagradas
Column by Archbishop Gustavo García-Siller
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‘Dios está aquí’

Por Arzobispo José H. Gomez
Para Today’s Catholic

La Eucaristía es uno de los misterios más grandes de nuestra fe. Es una de las certezas que nos distinguen universalmente: los católicos creemos que Dios está realmente presente en la hostia consagrada. No es un símbolo, no es una representación; es la presencia real de Jesús, su Cuerpo, Sangre, alma y divinidad
Su presencia real no es algo que creemos que acontece sólo para nosotros los católicos: la presencia del Señor en la Eucaristía es una realidad universal. Dios está aquí para todos.

Flannery O’Connor, la gran literata católica sureña, relata en una de sus cartas la discusión que se suscitó en torno a una reunión social a la que asistió con otros colegas de la Universidad de Iowa.

La reunión de intelectuales se llevaba a cabo en casa de una literata que había abandonado la iglesia católica a los 15 años.
“Hacia la mañana, la conversación se dirigió a la Eucaristía”, cuenta Flannery, “y obviamente, como era católica, yo debería defenderla”.

La amiga ex-católica, luego de relatar con qué devoción recibía la Comunión cuando niña, explicó como “ahora la veía como un símbolo, y todavía dijo que era uno muy bueno”. O’Connor recuerda claramente su reacción: “Dije entonces, con la voz temblando, ‘Bueno, si es un símbolo, al infierno con él’”.

La literata reconoce en la carta que su respuesta muy probablemente no fue la más elegante; sin embargo, “esa fue toda la defensa de la que fui capaz, pero ahora me doy cuenta de que nunca seré capaz de decir nada más sobre eso, fuera de una historia, excepto que es el centro de la existencia para mí; todo lo demás en esta vida es prescindible”.
En este Año Sacerdotal, el Papa Benedicto XVI ha recordado en numerosas ocasiones que la Eucaristía, como centro de nues-tro ser católicos, es un don que Jesucristo nos ha dado a través del sacerdocio. Sin sacerdote, no hay Eucaristía.

Cada una de nuestras parro-quias será una comunidad eucarística si el sacerdote centra su vida en transformarse en un alma eucarística, y si guía al pueblo de Dios hacia Jesús en la Eucaristía.

Hablándonos de San Juan María Vianney, el Santo Padre recordaba que él enseñó a los fieles de Ars a convertirse en una comunidad eucarística “sobre todo con el testimonio de su vida”. “De su ejemplo aprendían los fieles a orar, acudiendo con gusto al sagrario para hacer una visita a Jesús Eucaristía”. (Papa Benedicto XVI, Carta para la convocación de un Año Sacerdotal)

El Santo Cura de Ars en efecto, enseñaba a sus fieles que “no hay necesidad de hablar mucho para orar bien”. “Sabemos que Jesús está allí, en el sagrario: abrámosle nuestro corazón, alegrémonos de su presencia. Ésta es la mejor oración”.

Y al mismo tiempo animaba a los fieles a recibir la Comunión, además de adorarla: “Venid a comulgar, hijos míos, venid donde Jesús. Venid a vivir de él para poder vivir con él.”

El Papa escribe que el Cura de Ars se había convertido él mismo en una fuente de inspiración que invitaba a amar más a la Eucaristía: su profunda piedad ante al Santísimo, su reverencia y recogimiento al momento de celebrar la Misa, movía profundamente el corazón de sus fieles.

El Santo Padre así lo explica: “dicha educación de los fieles en la presencia eucarística y en la Comunión era particularmente eficaz cuando lo veían celebrar el santo sacrificio de la Misa. Los que asistían decían que “no se podía encontrar una figura que expresase mejor la adora-ción… Contemplaba la hostia con amor”. (Papa Benedicto XVI, Carta para la convocación de un Año Sacerdotal)

Más aún, San Juan María Vianney veía en la devota celebración diaria de la Eucaristía, el mejor medio para crecer en la perfección de la caridad cristiana. Así, el santo decía: “¡Cómo aprovecha a un sacerdote ofrecerse a Dios en sacrificio todas las mañanas!”

Mientras seguimos celebrando este Año del Sacerdocio, oremos más intensamente por los sacerdotes de nuestra arquidiócesis y del mundo entero, para que alimentados por el amor a Jesús en la Eucaristía, nutran con ese mismo amor a todos los fieles, y así nos veamos renovados como iglesia mediante la única fuente de auténtica renovación para los católicos y la iglesia: el Señor Jesús.

 



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