La historia del Cardenal Francisco X. Nguyen van Thuan es una de las más dolorosas e inspiradoras del siglo veinte.
Acababa de ser nombrado coadjutor de la Arquidiócesis de Saigón cuando los comunistas Vietnamitas tomaron el poder en 1975 e impusieron una dictadura brutal. Arrojaron al Arzobispo van Thuan en prisión, donde sufrió por los próximos 13 años, nueve de ellos en una celda solitaria. Durante esos años, rezó y escribió mensajes a su gente en pedazos de papel que fueron sacados de contrabando y más tarde, publicados.
El tema constante de sus escritos era la esperanza. Una vez explicó que el cristiano está llamado a dar testimonio de la esperanza en la salvación que nos ofreciera Jesucristo. “Los cristianos”, dijo, “son luz en la oscuridad, sal para una vida sin sabor, y esperanza en medio de una humanidad que ha perdido la esperanza”.
El Cardenal van Thuan, que murió en 2002 y está siendo considerado ahora para posible canonización, fue uno de los grandes profetas de la Iglesia sobre la esperanza cristiana.
La esperanza es la virtud teologal que nos permite mantener nuestros ojos en el cielo — aun durante aquellos momentos cuando nuestros sufrimientos y dificultades hacen que nuestra vida aquí en la tierra parezca que estamos en un infierno. Por el don de la esperanza, que se nos infunde en el bautismo, Dios nos ayuda a confiar en la buena nueva de Cristo Jesús, y a esperar confiadamente las bendiciones que ha prometido a los que creen en Él.
La esperanza cristiana no es una especie de castillo en el aire. Lejos de eso. La esperanza cristiana es la única certeza en este mundo pasajero. El Papa Benedicto XVI dijo esto de manera muy enfática en su carta encíclica sobre la esperanza, Spe Salvi.
Todas las “esperanzas” de este mundo son contingentes y pasajeras. La gente espera muchas cosas — tales como trabajo, comodidad material, amor, felicidad. Pero estas cosas, no importa cuán necesarias y hermosas, no son necesariamente permanentes. Podemos perder nuestro empleo, podemos perder a un ser querido, podemos perder nuestra libertad o nuestra buena salud. Si no esperamos más allá de estas cosas, estamos condenados a una vida de desilusiones y tristeza.
La esperanza cristiana — la esperanza de la cruz — no es así. “Según su gran misericordia nos ha engendrado de nuevo — mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos — a una esperanza viva” dijo San Pedro. (1 Pe 1:3)
¿Qué es lo que esperamos? Que se cumpla la promesa de Cristo — de que los que creemos en Él tendremos vida eterna. (Jn 6:47, 54) Aquello que esperamos como cristianos ya se ha cumplido. Cristo ha muerto, Cristo ha resucitado y Cristo volverá. Lo que esperamos para el futuro — el cielo y la vida eterna, salvación y redención — ya ha sido garantizado.
Porque Él ha resucitado de entre los muertos, podemos esperar con confianza que nos resucitará también a nosotros para la vida eterna. Cuando vivimos con esta esperanza, somos libres aunque estemos en cadenas, como estuvo el Cardenal van Thuan.
Nuestra esperanza en la resurrección debería animar todos los aspectos de nuestras vidas.
Pero como todas las virtudes, es difícil conservar la esperanza.
Podemos observar todo el sufrimiento y la tristeza del mundo, tal vez incluso en nuestras mismas vidas, y sentirnos tentados de desesperar. Podemos también vernos tentados al otro extremo, de ser presumidos — podemos presumir que somos capaces de hacer algo por nosotros mismos, ignorando el Evangelio o sin pedir la ayuda de Dios.
Necesitamos estar atentos para no caer en estas faltas contra la esperanza. Pero también tenemos que tener un plan eficaz para estimular el crecimiento de esta virtud en nuestras vidas.
La oración es la gran escuela para crecer en esperanza. Cuando rezamos nos damos cuenta de que nunca estamos solos. Esto es lo que mantuvo firme al Cardenal van Thuan durante esos años de soledad. Y él nos ha dado un buen consejo: “No es necesaria la formalidad, simplemente reza desde el corazón — como un niño a su Padre”.
Es necesario establecer un momento diario para estas conversaciones sencillas. Hay que rezar por uno mismo y por nuestros seres queridos; pero también hay que rezar para que la estrella de la esperanza cristiana pueda iluminar los corazones de todos nuestros hermanos y hermanas.
Y hagamos un esfuerzo consciente, en todas nuestras actividades, de ser una fuente de esperanza para los demás. Como dijo el Cardenal van Thuan: “El camino de la esperanza está pavimentado con pequeños actos de esperanza a lo largo del camino de la vida. Una vida de esperanza nace de cada momento de esperanza a lo largo de la vida”.