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In this issue - February 10, 2012
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Column by Archbishop Gustavo García-Siller
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El sacerdote: un signo de contradicción

Fue durante mis años de adolescencia cuando sentí por primera vez que Dios me estaba llamando al sacerdocio; fue un encuentro un tanto extraño. De joven adolescente estaba profundamente ocupado en el proceso de entender y establecer mi identidad personal: estableciendo cierta independencia de mis padres y mi propia voz entre mis amistades, así como preguntándome lo que me esperaba en el futuro. No estaba seguro lo que quería hacer en la vida, pero de una cosa sí estaba seguro: no quería llevar una vida mundana, quería hacer algo diferente, algo fuera de lo común. Supongo que el espíritu de independencia de aquella edad (el cual a veces tiende hacia la rebeldía) fue el que fomentó ese sentimiento en mí; era rebelde a mi modo. No quería hacer las cosas o seguir caminos simplemente porque alguien me lo decía, o porque otros lo estaban haciendo; quería que el camino que siguiera en la vida fuera un camino del cual yo estuviera profundamente convencido y que yo lo hubiera escogido a conciencia.

Fue en este contexto en que Cristo apareció en mi puerta, o más bien, lo encontré yo mismo en la suya. Fue ciertamente a través de un proceso de discernimiento largo y de oración que me di cuenta claramente de que no estaba entrando en el sacerdocio porque pensaba que fuera suficientemente diferente, o porque era una manera de expresar mi “individualidad”. Entré porque Cristo me llamó. Sin embargo, a quienes Cristo llama al sacerdocio, estamos, en efecto, llamados a ser signos de contradicción, un signo que es frecuentemente rechazado por el mundo que nos rodea.

Jesús siempre fue claro sobre el costo del discipulado: “Todos los odiarán por causa de mi nombre” (Lc 21, 17), según previno a sus seguidores. Esta advertencia debe ser tomada en cuenta por todos los seguidores de Cristo, pero especialmente por los sacerdotes; “si el mundo los odia, sepan que a mí me ha odiado antes que a ustedes” (Lc 15, 18), dijo Jesús a sus discípulos. Jesús era odiado porque predicaba algo que era contrario a lo que era aceptado en su tiempo. Los sacerdotes están llamados a predicar el Evangelio, lo cual sigue siendo contra-cultural; de hecho, la vida misma y el testimonio de un sacerdote es un signo de contradicción.

Gran parte de nuestra cultura moderna valora el “progreso” a cualquier precio. Así, cuando por ejemplo la iglesia objeta el uso de células madre embrionarias para la investigación porque en el proceso se destruye una vida humana, la iglesia es difamada como no científica y obstruccionista. El sacerdote, quien representa la iglesia, frecuentemente recibe esa acusación. Lo mismo sucede en la Iglesia de Rito Romano, en donde los sacerdotes están llamados al celibato, y este testimonio evangélico es malinterpretado como: anti-familia, anti-amor, anacrónico, ¡cuando la realidad está lejos de tal percepción inexacta! Cuando la defensa de una vida humana, el celibato por el reino de los cielos, y la promesa de obediencia se malinterpretan, el sacerdote se vuelve todavía más un signo de contradicción.

Mientras que nuestra sociedad se distancia cada vez más de los valores del Evangelio, se necesita más todavía el testimonio auténtico, convencido del cristiano; y conduciéndonos en esto deben estar nuestros pastores, los sacerdotes. Mientras que el mundo nos tienta insidiosamente con una vida de materialismo, con una cultura del relativismo y con acciones sin consecuencias morales, se necesita el testimonio del cristiano para señalar hacia aquello que va más allá de lo tangible, lo que se encuentra en la verdad, una vida basada en el amor y la responsabilidad. El cristiano, y por tanto el sacerdote, como el líder de nuestras comunidades, debe señalar con su palabra y ejemplo hacia el Reino de Dios. Esta es la ardua tarea de los sacerdotes.

En los primeros siglos de la iglesia, vivir una vida cristiana a menudo significaba persecución y a veces martirio. No debemos esperar menos en nuestra cultura moderna. Los primeros siglos fueron conocidos como el tiempo del “martirio rojo”. Hoy en día nos enfrentamos a un “martirio blanco”, pues a pesar de que no derramamos nuestra sangre, sí sufrimos a causa de nuestra fe. El término mártir significa literalmente “testigo”. El mundo de hoy está hambriento y sediento de auténticos testigos cristianos, y los sacerdotes están llamados a guiarnos en tal testimonio. El Papa Benedicto XVI señaló en su carta para la convocación del Año Sacerdotal: “En la actualidad, como en los tiempos difíciles del Cura de Ars, es preciso que los sacerdotes, con su vida y obras, se distingan por un vigoroso testimonio evangélico”, y añade las agudas palabras del Papa Pablo VI: “El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escucha a los que enseñan, es porque dan testimonio”. El sacerdote debe ser maestro y testigo, debe enseñar con su testimonio y dar testimonio con su enseñanza.

Esta ardua tarea puede parecer de enormes proporciones, particularmente para nuestros seminaristas y aquellos que se sienten llamados al sacerdocio, y de hecho ¡para nuestros sacerdotes! Sin embargo debemos siempre encontrar consuelo en las palabras que Cristo dio a sus discípulos: “Y he aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. (Mt 28, 20) Alguien me comentó de un estudio hace un par de años que tomaba en cuenta el nivel de satisfacción laboral de la gente en varias profesiones. Las dos profesiones que estaban a la cabeza y que expresaron el más alto nivel de satisfacción laboral eran: ¡bomberos y sacerdotes! Considero que cuando vivimos nuestras vidas con un claro sentido del propósito, las consecuencias no importan mucho, ya sea que se trate de largas horas, sacrificios, etc. La vida del sacerdote es la encarnación de las palabras de Cristo que pronunciamos diariamente: “Esta es mi sangre … que será derramada por muchos”. (Mc 14, 24) ¡La vida de un sacerdote es todo excepto mundana!, es, de hecho, un signo de contradicción; pero una vida llena de sentido y propósito al predicar y conducir nuestro rebaño al reino de los cielos. Jesús advirtió a sus discípulos: “En el mundo tendrán tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo”. (Jn 16, 33)

 



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