Today's CatholicToday's Catholic
Home | About Us | Subscribe | Advertise | SA Archdiocese
Home
In this issue - August 27, 2010
Columnists
Youth
Young Adult
Calendars
Español
Archives
Photo Galleries

El papel de la Iglesia en el mundo

Hace unos meses tuve oportunidad de juntarme con otros obispos cuyos jurisdicción llega hasta la frontera de Mexico-Texas. Este grupo de obispos se reúne regularmente, dos veces al año. Nos reunimos para expresar nuestra comunión fraternal, y para compartir ideas sobre asuntos pastorales comunes. Nuestra última reunión fue en Nuevo Laredo.  Fue en esa reunión, con otros obispos católicos, que me sentí completamente “en casa:” pues estuve entre la comunidad de la Iglesia. Sin embargo, no estaba en mi propio país.  Aunque no fue nueva para mi esta realidad o sentimiento, sirvió para poner en resalto un tema que se ha tratado en últimamente en público -- y yo quisiera agregar la perspectiva de la Iglesia.

¿Cómo deberíamos vivir nosotros católicos, como miembros de una Iglesia universal, en medio de una sociedad nacional? Específicamente para nosotros, cómo se relaciona nuestra membresía en el Cuerpo de Cristo y en la Iglesia católica a nuestra ciudadanía en o residencia en los EE. UU? ¿Podemos ser buenos católicos y buenos ciudadanos?  Pienso que sí podemos y deberíamos ser ambos buenos católicos y buenos ciudadanos.  La Iglesia nos dice que tenemos responsabilidad moral de participar en el desarrollo de una sociedad justa, participando en la vida cívica. Es importante, sin embargo, clarificar cual es, precisamente, esta relación entre el cristiano y el mundo.

Distingo tres realidades: la sociedad, el estado (o país), y la Iglesia. Las tres existen juntos, pero son distintos. La persona humana es un ser social, naciendo en familia y siendo llamado a vivir en comunidad con otros. El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice los siguiente en cuanto a la sociedad: “La persona humana necesita la vida social. Esta no constituye para ella algo sobreañadido sino una exigencia de su naturaleza” (1879). Es en la sociedad que el ser humano se desarrolla y responde a su vocación. El estado existe para servir el bien de la sociedad y asegurar que se respete la dignidad del ser humano. La Iglesia nos dice lo siguiente: “Corresponde al Estado defender y promover el bien común de la sociedad civil, de los ciudadanos y de las instituciones intermedias” (CIC 1910). La verdad de la persona humana puede ser discernida por medio de la ley natural, pero se reconoce más claramente en la ley divina (la revelación) dada a la Iglesia. La Iglesia existe en el mundo como una “luz para las naciones,” dando dirección moral para el bien de la sociedad. (Es triste cuando miembros de la Iglesia intensifican la oscuridad y la confusión, por medio del pecado, en vez de luz, verdad y amor.) Como católicos, la Iglesia nos anima a ser ciudadanos activos. Nos dice el Catecismo: “Es necesario que todos participen, cada uno según el lugar que ocupa y el papel que desempeña, en promover el bien común. …Los ciudadanos deben cuanto sea posible tomar parte activa en la vida pública” (CIC 1913, 1915).

Tal vez la siguiente carta de un autor anónimo del segundo siglo, en su “Carta a Diogneto,” nos pudiera dar mejor idea de cuales deberían ser las prioridades del cristiano tanto y su relación al mundo.

“Los cristianos no se distinguen de los demás hombres, ni por el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por sus costumbres.

Viven en ciudades griegas y bárbaras, según les cupo en suerte, siguen las costumbres de los habitantes del país, tanto en el vestir como en todo su estilo de vida y, sin embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio de todos, increíble. Habitan en su propia patria, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña. Tienen la mesa en común, pero no el lecho.

Viven en la carne, pero no según la carne. Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el Cielo. Obedecen las leyes establecidas, y con su modo de vivir superan estas leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se los condena sin conocerlos. Se les da muerte, y con ello reciben la vida. Son pobres, y enriquecen a muchos; carecen de todo, y abundan en todo. Sufren la deshonra, y ello les sirve de gloria; sufren detrimento en su fama, y ello atestigua su justicia. Son maldecidos, y bendicen; son tratados con ignominia, y ellos, a cambio, devuelven honor. Hacen el bien, y son castigados como malhechores; y, al ser castigados a muerte, se alegran como si se les diera la vida.

Para decirlo en pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo. El alma, en efecto, se halla esparcida por todos los miembros del cuerpo; así también los cristianos se encuentran dispersos por todas las ciudades del mundo. El alma habita en el cuerpo, pero no procede del cuerpo; los cristianos viven en el mundo, pero no son del mundo.

El alma ama al cuerpo y a sus miembros, a pesar de que éste la aborrece; también los cristianos aman a los que los odian. El alma inmortal habita en una tienda mortal; también los cristianos viven como peregrinos en moradas corruptibles, mientras esperan la incorrupción celestial. El alma se perfecciona con la mortificación en el comer y beber; también los cristianos, constantemente mortificados, se multiplican más y más. Tan importante es el puesto que Dios les ha asignado, del que no les es lícito desertar.”

Cual sea nuestra ciudadanía en la tierra, esta carta nos recuerda que tenemos una ciudadanía como cristianos que va más allá de la tierra. Es por eso que nos invita Dios a vivir de acuerdo con las leyes que le pertenecen a esa ciudad celestial -- las leyes del evangelio.

 



Print this page