Mientras que la Arquidiócesis de San Antonio espera y se prepara para recibir a un nuevo arzobispo, me parece tiempo oportuno para que refexionemos sobre el papel del obispo diocesano. Seguro un articulo breve, como este, no puede exponer una presentación completa, sino un resumen del papel del obispo.
En nuestra relación con el obispo diocesano, existe la tendencia de irnos a uno de dos extremos. En ciertos casos vemos principalment — o solamente — el aspecto humano del obispo. Tal vez reconozcamos sólo sus defectos o sólo sus cualidades buenos. Hasta cierto punto, esto es natural. Pero como pueblo de fe, como iglesia del Nuevo Testamento, se nos instruye a “caminar por fe”, sin ver todavía.
Nos reta, pues, el evangelio — y, por cierto, la iglesia — a reconocer en la persona del obispo Jesucristo, cabeza de la iglesia. La constitución sobre la Iglesia del Segundo Concilio Vaticano nos dice: “Así, pues, en los obispos, a quienes asisten los presbíteros, Jesucristo nuestro Señor está presente en medio de los fieles como Pontífice Supremo”. (Lumen Gentium, 21)
La segunda tendencia en cuanto a nuestra relación con el obispo es ver sólo a Jesucristo, a quien el obispo representa, y a olvidarse de la humanidad del obispo.
Asi nos olvidamos que el obispo es una persona humana, con una historia personal, con su personalidad, sus gustos, sus necesidades, etc. El reto en estos casos es equilibrar nuestra vista — es decir, reconocer que la gracia de Dios transforma y eleva la naturaleza, que por el sacramento de Ordenes, el obispo mantiene su humanidad pero viene configurado por la gracia a Cristo, cabeza y pastor de la iglesia. Tal vez nos sirve recordar la fuerte personalidad de San Pedro, quien tendía hablar fuera de lugar. Dios en sus maneras maravillas, logra trabajar en formas misteriosas y desafiantes.
En lo personal recuerdo que Dios nos escoge no por ser dignos, sino de acuerdo a su plan misterioso y sagrado. Dios frecuentemente hace su propósito y poder que brille entre nuestras debilidades. San Pablo en su propia humildad dice, “me gloriaré de todo corazón en mi debilidad, para que resida en mí el poder de Cristo” (2 Cor 12:9).
Al obispo, como sucesor de los apóstoles, se le otorga la triple obligación de enseñar, santificar y gobernar. El decreto sobre el ministerio del obispo, dado por la iglesia en el Segundo Concilio Vaticano, dice lo siguiente: “Cada uno de los Obispos a los que se ha confiado el cuidado de cada Iglesia particular, bajo la autoridad del Sumo Pontífice, como sus pastores propios, ordinarios e inmediatos, apacienten sus ovejas en el Nombre del Señor, desarrollando en ellas su oficio de enseñar, de santificar y de regir. (Christus Dominus, 11).
En su labor de enseñar, el obispo enseña personalmente de varias maneras, colabora con sus sacerdotes y diáconos que comparten el ministerio de enseñar y predicar, llama a catequistas entrenados a participar en la instrucción en la fe, y supervisa la difusión en el Evangelio.
En relación al deber de santificar, el mismo decreto Vaticano dice lo siguiente: los Obispos “son los principales dispensadores de los misterios de Dios, los moderadores, promotores y guardianes de toda la vida litúrgica en la Iglesia que se les ha confiado”(CD, 15).
Como verdaderos pastores de sus rebaños, los obispos deben conocer y comprometer a sus fieles, y “Trabajen, pues, sin cesar para que los fieles conozcan plenamente y vivan el misterio pascual por la Eucaristía, de forma que constituyan un cuerpo único en la unidad de la caridad de Cristo” (CD, 15). El obispo llama a su oveja a unirse en el amor de Cristo. Al referirse a la responsabilidad de gobernar, el decreto sobre los obispos propone un modelo familiar y pastoral para los obispos. “En el ejercicio de su ministerio de padre y pastor, compórtense los Obispos en medio de los suyos como los que sirven.” El obispo se refiere como un padre quien cuida a sus hijos y como un pastor quien guia y alimenta a su rebaño. Sean “pastores buenos que conocen a sus ovejas y son conocidos por ellas,” continua el documento, “verdaderos padres, que se distinguen por el espíritu de amor y preocupación para con todos, y a cuya autoridad, confiada por Dios, todos se someten gustosamente” (CD, 16).
El obispo llama a sus fieles a una participación responsable a la vida de su iglesia, según el estado de vida de cada uno: “Congreguen y formen a toda la familia de su grey, de modo que todos, conscientes de sus deberes, vivan y obren en unión de caridad” (CD, 16).
Jesús, en su oración como summo sacerdote, oró especialmente por la unidad: “Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti” (Jn. 17:21). Lo central del culto de la iglesia, la Eucaristía, también es una oración de unidad, porque es un acto de comunión con Cristo y con la iglesia. Por lo tanto, es importante que en esta oración unificadora nos hacemos conscientes de nuestra comunión con el Papa — recordándolo por nombre — y nuestra unidad con el obispo diocesano — a quien también recordamos por nombre. Al recordar al Papa y al obispo diocesano (o en mi caso, administrador apostólico), nosotros reconocemos que Dios obra de manera especifica, en tiempo y espacio. Dios trabaja, aquí y ahora, a través del Papa Benedicto, y a través de el obispo diocesano local. Cristo está presente a través de ellos.
San Antonio fue nombrada diócesis en 1874, y en 1927 se nombró arquidiócesis. El obispo encargado de una diócesis o arquidiócesis a veces se refiere como “ordinario” (es decir que el obispo tiene poder o autoridad ordinaria, no delegada), distinguiéndolo del obispo coadjutor o el obispo auxiliar. El arzobispo a veces es referido como “metropolitano,” si la arquidiócesis encabeza la provincia eclesiastica (como en el caso de la Arquidiócesis de San Antonio).
Al esperar y preparar la venida del nuevo arzobispo de San Antonio, es tiempo oportuno para reflexionar en nuestra propia relación con Cristo y con la iglesia. Un elemento vital y esencial en la relación con Cristo y con la iglesia es nuestra relación con nuestro obispo diocesano.