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In this issue - August 27, 2010
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Nuevas bendiciones en el nuevo año académico

El mes de agosto marca el comienzo del año escolar para los estudiantes de nuestras escuelas católicas y también para nuestros seminaristas: un nuevo tiempo de gracia en la vida de los jóvenes de nuestra arquidiócesis.

Miles de estudiantes tendrán la bendición de recibir una educación católica que tiene como fin formar corazones, construir mentes y cambiar vidas. Serán llamados a crecer en su fe y en la vida académica que los transformará en los futuros líderes de nuestra sociedad.

Este mes también comienza el nuevo año académico en nuestro Seminario de la Asunción. Por la gracia de Dios, tendremos más de 90 seminaristas de 14 diócesis y comunidades religiosas, de los cuales 28 son vocaciones de la Arquidiócesis de San Antonio. Es de verdad una gran bendición para la arquidiócesis y para la Iglesia católica en los Estados Unidos.

El Seminario de la Asunción se ha convertido en una maravillosa realidad para la arquidiócesis, un lugar de intensa preparación para nuestros futuros sacerdotes. El pasado año escolar cinco seminaristas han sido ordenados sacerdotes, y esperamos que durante este año académico, tengamos un número similar de ordenaciones al sacerdocio.

Gracias a la dirección del Padre Larry Christian, Rector del Seminario de la Asunción, y los demás formadores, vemos un crecimiento constante y progresivo en la institución y en los seminaristas que vienen a prepararse para el sacerdocio. Este es ya el segundo año en que los seminaristas tienen su hogar en el “Archbishop Patrick Flores Residence Hall”, y mientras seguimos invirtiendo en las instalaciones, nuestros jóvenes siguen respondiendo al llamado de Dios.

Y con la gracia de Dios que bendice nuestro seminario, debemos seguir rezando por más vocaciones. Los invito a que recen más por los seminaristas que ya tenemos y por los que vendrán en el futuro: “Señor, danos sacerdotes, Señor, danos muchos sacerdotes, Señor, danos muchos y muy santos sacerdotes”. Yo también hago mía esta oración, en la celebración de mi 30º. aniversario de ordenación sacerdotal el 15 de agosto, Solemnidad de la Asunción de María. Doy gracias a Dios por la gracia de mi vocación y por las innumerables bendiciones de mi sacerdocio.

¡Todavía me acuerdo del día de mi ordenación y mi primera Misa el día siguiente, 16 de agosto! ¡La alegría y el sentimiento sobreco-gedor de pronunciar las palabras de la Consagración por primera vez! ¡La primera bendición y el momento intenso y a la vez humilde de celebrar el Sacramento de la reconciliación en la persona de Jesucristo, el único que puede perdonar los pecados!

Hace unos días he visto la película “El noveno día”, ins-pirada en la historia real del P. Jean Bernard, un sacerdote que estuvo 18 meses en la prisión de Dachau, un campo de concentración donde más de 2,500 sacerdotes fueron enviados durante la Segunda Guerra Mundial. La película trata sobre la licencia de nueve días que le dieron para visitar a su familia luego de la muerte de su madre.

Es una película muy fuerte. El P. Bernard y los demás sacerdotes de la “celda de sacerdotes” de Dachau sufrieron todo tipo de humillación, torturas físicas y morales, hasta el punto de morir. Más de 600 de ellos murieron. Es un ejemplo más de la horrenda tragedia de los campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial.

La película muestra el compromiso del P. Bernard con Cristo, en su lucha interior ante la tentación de aceptar las atrocidades de los Nazis, la seguridad de su familia y sus propias fragilidades. Al final, él se mantiene fiel a Cristo y es enviado de regreso al campo de concentración. El la última escena de la película se ve al P. Bernard entrando de nuevo al campo de concentración, feliz de sufrir por Cristo y por la Iglesia. ¡Feliz de ser un sacerdote de Jesucristo!

El sacerdocio es un “don y misterio”, una bendición extraordinaria que llevamos en nuestra frágil condición humana. Es una bendición para la Iglesia y para el mundo. Seamos agradecidos por el gran don del sacerdocio, e intensifiquemos nuestras oraciones por todos los sacerdotes, especialmente por los sacerdotes diocesanos y religiosos de la Arquidiócesis de San Antonio.

Al cumplir 30 años de sacerdote, le doy gracias a Dios por todas sus bendiciones, por el amor y apoyo de mis padres y de toda mi familia. Por los santos sacerdotes que fueron mis guías y héroes. Por mis hermanos sacerdotes que han sido una inspiración para mí. Por tantos hombres y mujeres laicos que han apoyado y protegido mi sacerdocio con sus oraciones y su amistad.

Nosotros los sacerdotes estamos llamados a llevar la esperanza del Evangelio de Jesús a todos aquellos en el mundo que no tienen esperanza. A los pobres que no conocen a Dios. A los ciegos que no pueden ver una salida para su miseria. A los que son esclavos de sus pecados. A los oprimidos por los pecados de otros.

Somos ministros de la esperanza de la cruz — que es la esperanza del mundo. Somos todos llamados a ser santos y a ofrecer el sacrificio de nuestra vida al servicio de Dios, llevando a los demás a la esperanza de la vida eterna con nuestro Padre Celestial.

¡Tenemos tantos ejemplos de buenos sacerdotes en la historia de la arquidiócesis! Quisiera nombrarlos a todos, pero en esta ocasión permítanme mencionar a nuestro Obispo Auxiliar Emérito Bernard F. Popp, quien este año celebra 65 años como sacerdote y 25 como obispo. Él ha vivido una vida larga y dedicada al servicio de Dios y de todos nosotros: ¡un sacerdote de Jesucristo!

Tengamos nuestros corazones y nuestras almas abiertas para acoger las bendiciones del nuevo año escolar.
 
Que María, nuestra Santa Madre, siga intercediendo por todos nosotros, especialmente por los que somos sacerdotes de Jesucristo, para que podamos ser testigos de esperanza para el mundo.
 



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