‘Espíritu de Perdón” este sorprendente y a la vez, conmovedor encabezado, conmovio el corazón de muchos cuando leyeron la noticia del funeral de Viola Barrios, quien fue trágicamente asesinada en su casa. Al celebrar la misa de funeral de la Sra. Barrios, fue muy emocionante ver a la familia de la víctima y la del adolescente, arrestado y acusado en este caso, abrazándose e intercambiando palabras de dolor y perdón.
Después del funeral de esta mujer extraordinaria, la calidad de su fe y la fuerza de su carácter se han manifestado con claridad en el espíritu, las acciones y las palabras de sus hijos, que afirmaron: “Nosotros lo perdonamos”.
Algunos días más tarde, en una noticia del San Antonio Express-News, la familia dijo que su madre hubiese querido que ellos siguieran su herencia de perdón. “Es como si la estuviéramos oyendo en voz alta y clara: ‘Perdonen, no odien. Yo no viví para esto.’”
La misericordia y la compasión son armas poderosas para la sanación en un mundo que parece que se inclina más hacia la venganza y al castigo. En mi carta pastoral “La Misericordiosa Ternura de nuestro Dios”, escribí: “si vivimos como hijos del Padre que es rico en misericordia, debemos ser apóstoles de la reconciliación en un mundo que está lleno de ira y violencia, en una cultura donde se busca vengarse y culpar a los demás. Somos amenazados por el fantasma del terrorismo. Pero la mente terrorista está fundada en el rechazo del perdón.”
El perdón forma parte de nuestra naturaleza humana, y saber perdonar está en nuestro poder. Cuando Jesús decía que debemos “amarnos los unos a los otros”, él no sólo nos pedía realizar actos de caridad y amar a aquellos que son amables y que nos aman. Jesús dijo: “amen a sus enemigos y recen por aquellos que los persiguen … si ustedes aman a aquellos que los aman, ¿qué de bueno hay en ello”?
En nuestro tiempo hemos visto ejemplos inspiradores de perdón hacia aquellos que recurrieron a la violencia. Después de haber sufrido un atentado contra su vida, el Papa Juan Pablo II públicamente perdonó a su agresor de 43 años de edad; luego lo visitó en la prisión y pidió clemencia. Más cerca de nosotros, el Arzobispo Patricio Flores perdonó al hombre que lo tuvo como rehén a él y a su secretaria. Después ayudó materialmente a su familia y además testificó a su favor en el juicio.
Si bien estos ejemplos son verdaderos testimonios evangélicos, para algunos es fácil desecharlos por considerarlos como el comportamiento de hombres santos: actos heroicos de personas extraordinarias. Me parece que lo que hace que las palabras y actos de la familia Barrios sean tan conmovedores es precisamente el hecho de que ellos son personas como ustedes y como yo. Ellos viven en nuestra ciudad y son personas ordinarias. Profundamente dolidos por la pérdida de su amada madre en un acto violento y sin sentido, pero que pueden perdonar de corazón. Sus acciones nos recuerdan que este tipo de misericordia incondicional es posible en la experiencia humana cotidiana.
Sin embargo, en el mundo actual, parece que tenemos el derecho de escoger quien merece nuestro perdón y nuestra compasión. Y se nos olvida que todos cometemos errores; caemos, de una manera u otra, porque somos humanos y cometemos pecados. Nuevamente, en mi carta pastoral señalé como San Pablo, quien fue humillado por sus debilidades y tendencias al pecado, nos dice: “porque no hago el bien que quiero sino el mal que no quiero”.
Nuestro Señor también comprendía nuestra realidad. Él sabía todo acerca de la naturaleza humana; se quedó entre nosotros para salvar a su pueblo del pecado; derramó su sangre en la cruz para el perdón de los pecados, para quitar el pecado del mundo. Todos estamos en la misericordia de Dios, quien nos ama sin condición y nos perdona, aún en la hora más débil.
Los discípulos le pidieron a Jesús: “Señor, enséñanos a orar”. En el Padre Nuestro, Jesús nos enseñó a orar y además cómo debemos vivir. “Perdona nuestras ofensas, así como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.” Jesús nos llama a ser compasivos con nuestros hermanos y hermanas así como nuestro Padre celestial es compasivo con nosotros. Él nos llama a perdonar a los que nos ofenden así como el Padre nos perdona cuando lo ofendemos. Y nuestro Señor nos advirtió que no deberíamos esperar el perdón y la misericordia del Padre, si no estamos dispuestos a perdonar de corazón a nuestros hermanos.
En medio del dolor y del sufrimiento que el pecado trae al mundo, estamos llamados a vivir una vida de misericordia y amor. Incluso en la traición y dolor de la cruz, Jesús dijo: “Padre, perdónalos”. La Beata Madre Teresa de Calcuta, refiriéndose al poder del sufrimiento por otra persona escribió: “En Cristo, quien murió en la cruz por nosotros, podemos definitivamente confirmar el hecho que el sufrimiento se puede transformar en un gran amor y en una generosidad extraordinaria”. Hemos visto ese poder de sanación tocar nuestras vidas en el “espíritu de perdón”, que más que ser un título periodístico, ha sanado los corazones de las familias que han sufrido esta tragedia y de todas las personas de buena voluntad en nuestra comunidad.