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In this issue - January 13, 2012
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Column by Archbishop Gustavo García-Siller
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Un tiempo para recordar para siempre

    Un cínico filósofo francés decía que las fiestas eran “aquellas ocasiones que preparamos con ansiedad, las pasamos con incomodidad y las recordamos con nostalgia”.
    Esta frase, que posiblemente describe la manera como el mundo celebra sus fiestas, no describe, no puede describir nuestra manera de celebrar la Navidad.
    Nosotros no somos del mundo. El mundo a nuestro alrededor celebra la Navidad de manera cada vez más excesiva y menos significativa, tratando incluso de eliminar los signos públicos que recuerdan el motivo de lo que celebramos.
    Pero nosotros tenemos, como se dice en Inglés, “a reason for the season”.

    Para nosotros esta fiesta es una de las más importantes del calendario Católico porque en ella celebramos el misterio increíble, indescriptible, de que Dios todopoderoso, para salvar-nos del pecado y de la muerte, haya decidido hacerse hombre, y para ello venir al mundo como un bebé, frágil, pobre y tierno.
    Si Dios nos da los medios, ¡que alegría poder celebrar la Navidad con un espíritu de fiesta, con cenas y regalos!

    Todo esto nos ayuda a resaltar lo que constituye la esencia de esta fiesta: la alegría de sabernos redimidos por Dios, porque entre nosotros ha nacido su Hijo, nues-tro hermano, nuestro hermano pequeño.
    Y en este día, millones de cristianos nos unimos en esta celebración: algunos, como noso-tros, tenemos la bendición de celebrar la Navidad con libertad y con medios materiales; pero muchos otros la celebrarán en la extrema pobreza, a escondid-as, en medio de la persecución o de la marginación social, en los países donde los cristianos viven rodeados por una mayoría hostil.
    Sin embargo, todos estamos unidos en este gran misterio de amor y esperanza; y todos celebramos el único misterio del amor de Dios que ha venido para salvar a todo el mundo.

    Esta realidad es la que debe dominar toda nuestra fiesta, no sólo la Nochebuena, sino todo el tiempo de Navidad, que la Iglesia extiende hasta la fiesta de Epifanía. La Navidad por tanto es más que una “noche”, es un tiempo para llenarse de alegría y agradecer a Dios por un don que es el más importante que podemos recibir — el don de tener a Dios entre nosotros para siempre — y el que menos merecemos.
    Si este espíritu de fe es el que prevalece en este tiempo, cada uno de nosotros se convertirá en una lámpara encendida de amor y de esperanza que brillará ante los ojos de los hombres y mujeres más que cualquier adorno navideño.

    El amor de Jesús en nosotros nos llevará a vivir el amor de manera especial y concreta en esta Navidad: a perdonar a quienes nos han ofendido, a ayudar a otros a reconciliarse entre sí, a atender a los que están en necesidad material, emocional o espiritual.
    Si vivimos así la Navidad, entonces no será una fiesta más, de aquellas de las que se burlaba el filósofo francés.

    Por el contrario, será para nosotros una fiesta especial, un tiempo inolvidable, y una ocasión para adquirir la energía espiritual para que el año nuevo de 2008, esté lleno de bendiciones; no porque confiamos en “la suerte”, sino porque creemos que si nuestras vidas se ven renovadas por la gracia en esta Navidad, tendremos la energía interior para enfrentar el nuevo año con alegría, con esperanza y con caridad.
    Pido a la Sagrada Familia de Nazaret que nos conceda a todos en nuestra arquidiócesis y en el mundo una feliz y santa Navidad, una Navidad que recordemos siempre, y un año 2008 lleno de bendiciones y de frutos de amor.

 



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