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Column by Archbishop Gustavo García-Siller
Today's Catholic Digital Edition

Se vive como se ora

    San Gregorio Nacianceno tenía una frase que debería hacernos pensar seriamente: “es necesario acordarse de Dios más a menudo que de respirar”.

    La frase puede parecer radical, pero en realidad refleja el ejemplo y la enseñanza de Jesús sobre la oración: rezar no es un “deber” que hay que “cumplir”, es sobre todo una necesidad del espíritu humano, que necesita de la oración como el cuerpo necesita del alimento: sin ella, el alma muere de inanición.

    El Catecismo nos recuerda que la oración es “la relación personal y viva de los hijos de Dios con su Padre infinitamente bueno, con su Hijo Jesucristo y con el Espíritu Santo, que habita en sus corazones”.

    El ejemplo de cuán importante es la oración nos lo mostró el mismo Señor Jesucristo: a pesar de ser él mismo Dios, frecuentemente se retiraba en soledad para orar, especialmente antes de los momentos decisivos de su misión.

    Existen varias formas de oración cristiana: la bendición, la adoración, la oración de petición — a través de la cual pedimos perdón o también suplicamos por nuestras necesidades espirituales y materiales, la acción de gracias y la alabanza.

    La alabanza es la forma de oración que directamente reconoce que Dios es Dios y por ello, es totalmente desinteresada: glorifica a Dios simplemente por ser quien es.

    El Cura de Ars, San Juan María Vianney, nos dejó un hermoso ejemplo de esta oración: “Te amo, Señor, y la única gracia que te pido es amarte eternamente. Dios mío, si mi lengua no puede decir en todos los momentos que te amo, quiero que mi corazón te lo repita cada vez que respiro” (San Juan María Vianney).

    Muchos católicos me preguntan cómo, cuándo y dónde rezar.
    La oración se enseña y se aprende en la familia, como el lugar privilegiado donde los católicos aprendemos a ser católicos. Las Sagradas Escrituras son una fuente inagotable de oración, especialmente el libro de los Salmos, que muchos santos llamaban “Escuela de oración”.
    Cualquier elevación sencilla, honesta del alma a Dios, compartiendo nuestros sentimientos y necesidades, ya es oración.

    Respecto del “dónde”; ciertamente el templo es el lugar más adecuado, especialmente si allí se encuentra el Santísimo Sacramento; pero el católico puede orar en cualquier lugar. Obviamente, elegir el lugar adecuado tendrá un impacto en la calidad de nuestra oración.
    No en vano el Catecismo recomienda tener «un rincón de oración» en la casa familiar.

Sobre el “cuándo” rezar, también podemos decir que todos los momentos son indicados para la oración; porque como dice San Pablo, los católicos estamos llamados a “orar sin cesar”.

    Sin embargo, la Iglesia propone a los fieles diferentes maneras para rezar a lo largo del día: la oración de la mañana y del atardecer, antes y después de las co-midas, la Eucaristía dominical, el Santo Rosario, y los momentos especiales de recogimiento.
    Lo importante es comprender que la oración es un combate.

    Orar no es fácil. Supone un esfuerzo especial, porque como explica el Compendio del Catecismo, “el que ora combate contra sí mismo, contra el ambiente y, sobre todo, contra el Tentador, que hace todo lo posible para apartarlo de la oración. El combate de la oración es inseparable del progreso en la vida espiritual: se ora como se vive, porque se vive como se ora.” (Compendio 572)

    En medio de un mundo que alienta tanto la distracción, que dificulta de manera creciente nuestra capacidad como católicos de concentrarnos en esta tarea fundamental de nuestra vida, orar, nos encomendamos a María, la mujer orante por excelencia, que supo escuchar, acoger en su corazón y poner por obra la palabra del Señor, para que nunca deje de enseñarnos y alentarnos a rezar más y mejor en nuestras vidas.

 



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