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Adviento, ¿expectación o celebración?
Hace algún tiempo escuché a un periodista decir en la televisión que, durante una Misa con los jóvenes en Austria, el Papa Benedicto XVI había celebrado la Misa con ornamentos de color verde para dar “un claro mensaje ecológico”.
Aunque es algo sencillo, no es de sorprender que muchos no entiendan que los ornamentos con los que celebra la Misa el sacerdote — o el Papa — dependen del tiempo litúrgico que vive la Iglesia.
El color verde de los ornamentos de los sacerdotes durante el tiempo litúrgico que llamamos “ordinario” simboliza la constancia de la esperanza cristiana — y no la defensa de la ecología, por más noble que esta causa sea.
La Iglesia, a lo largo de los siglos, nos ha ofrecido a través de la sagrada liturgia la oportunidad de celebrar los distintos tiempos de la vida cristiana. El Adviento, el tiempo litúrgico que precede a la Navidad, es uno de ellos.
“Adviento” proviene de una palabra en latín que significa “proximidad de una llegada”, al que va a venir de manera inminente. Los católicos nos preparamos para la gran fiesta de la Natividad del Señor, la llegada del Dios-con-nosotros.
En Adviento, el color predominante es el morado, un color que desde antiguo simboliza la penitencia, y por ello también se utiliza en la Cuaresma.
El Adviento tiene sin embargo un acento distinto al de la Cuaresma. En este tiempo la penitencia es el esfuerzo espiritual que realizamos para estar preparados para acoger el increíble misterio de Dios que se hace uno de nosotros.
Así como la alegre llegada de un ser querido suele estar precedida de muchos preparativos y esfuerzos, de la misma manera la proximidad de la Navidad implica un esfuerzo especial para prepararnos para la llegada del Niño Jesús.
En efecto, vemos alrededor nuestro muchos “preparativos” que nos mantienen ocupados exteriormente. Las casas son adornadas con luces y colores, se dan regalos y tarjetas de Navidad, hay preparativos para reuniones de familia.
Sin embargo, no es ésta la principal preparación que nos pide la liturgia en este tiempo. Por el contrario, se nos llama a estar ocupados en lo interior, más que en lo exterior.
Es nuestro espíritu, todo nuestro ser, el que debe prepararse para la llegada del Señor, y en ese sentido, la exagerada preocupación por los aspectos externos de la fiesta puede distraernos de la adecuada preparación interior.
Como podrán ver durante las Misas de este tiempo, la voz dominante es la de San Juan Bautista, el hombre que precedió los caminos del Salvador llamando a preparar los corazones para la venida del Señor.
¿Cómo podemos preparar nuestro corazón? Quiero proponerles algunos medios. Este tiempo previo a la Navidad es propicio para que recurramos al Sacramento de la confesión.
Así como se renueva el tiempo litúrgico, es tiempo también de renovar, limpiar el alma, y nada como este maravilloso sacramento que nos ha dejado el Señor.
Otro medio que quisiera recomendar es el del recogimiento y la oración. Siempre hay tiempo para rezar.
La oración en familia, la meditación de las Escrituras y especialmente las visitas al Santísimo Sacramento en sus parroquias son algunas de las muchas formas que la Iglesia nos ofrece para rezar.
Finalmente, quiero recomendarles que vivan la caridad. Existen muchos que ahora mismo carecen de medios para celebrar la Navidad, o se encuentran solos y desamparados.
Siempre encontrarán alguien que necesita de sus recursos, de su tiempo, de su paciencia y de su amor. No dejen pasar esas oportunidades de encontrarse con Jesús en la persona que sufre.
Con estos medios estoy seguro que su Navidad será más bendita que nunca, una verdadera celebración de la expectación de la venida del Señor Jesús.
Encomendémonos a María, la Madre que se encuentra en la dulce espera, para que nosotros podamos acompañarla dignamente en este tiempo.
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