Inmigración según la doctrina de la Iglesia:la persona y los derechos humanos básicos
En medio del actual y altamente emocional debate sobre la inmigración, la posición de la Iglesia católica en torno a este tema ha sido frecuentemente citada; ya sea para criticarla, o para alabarla.
En todo caso, de una u otra forma, la verdad sobre lo que la Iglesia enseña sobre el tema de la inmigración no es difícil de comprender y se basa en principios elementales de la Doctrina Social de la Iglesia. Lo que es difícil, es aplicar esta doctrina con rectitud de intención, con objetividad, sin fobias ni intereses de grupo; es decir, con el deseo auténtico de la búsqueda del bien común.
Toda la Doctrina Social de la Iglesia descansa sobre una columna fundamental: el derecho inalienable de la dignidad del ser humano que le es conferido por Dios y que no es “regalo” de ningún estado ni fruto de ningún consenso.
Los derechos humanos son inherentes al hombre, y la ley, las sociedades y los estados sólo pueden reconocerlos, respetarlos y protegerlos. El estado no tiene el derecho ni de crearlos ni de suprimirlos.
El Papa Juan Pablo II explicó claramente cómo este principio de la dignidad del ser humano se aplica al tema de la inmigración mediante dos criterios:
— Todo ser humano tiene derecho a buscar condiciones dignas de vida para sí y para sus seres amados, incluso mediante la emigración.
— Toda nación soberana tiene derecho a garantizar la seguridad de sus fronteras y regular el flujo de inmigrantes.
Los principios, en sí mismos, son sencillos. Pero la verdadera dificultad está en su práctica. Sobre todo porque por intereses creados o prejuicios, no es raro el centrarse en uno de los dos principios hasta el punto de casi ignorar el otro. Hacer esto traiciona el espíritu auténtico de la Doctrina Social de la Iglesia y cierra la puerta para llegar a una solución justa y, sobre todo realista.
Es verdad que existen muchos ángulos que hacen compleja la discusión en torno al tema de la inmigración: desde la grave responsabilidad social y política de las naciones de donde provienen la mayoría de los inmigrantes, hasta el reconocimiento del posible riesgo de seguridad que implica la porosidad de las fronteras. Sin embargo, la inmigración es un tema que está en Estados Unidos para quedarse y requiere que respondamos a él con racionalidad, justicia y eficacia.
En medio del debate, los obispos católicos hemos escuchado muchos comentarios; desde que nuestra defensa de los inmigrantes es una manera de socavar la ley hasta que simplemente estamos aprovechando la ocasión para llamar la atención.
En realidad, lo que busca la Iglesia es que los fieles laicos, y todos los hombres de buena voluntad, comprendan que estos dos derechos son subsidiarios — es decir, están unidos y están subordinados — y que cuando se habla de inmigración, se trata de personas concretas que son nuestros hermanos y hermanas.
Los Estados Unidos fueron construidos sobre la insistencia de nuestros padres fundadores en que “todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. A lo largo de toda su historia, esta nación ha defendido el principio fundamental de la libertad. En el debate sobre la inmigración, la Iglesia simplemente pregunta: “¿Podemos ser una nación justa y libre sin que todas las personas honestas sean libres para buscar esos derechos inalienables?”
¿Podemos ser realmente una tierra de personas libres cuando en el seno de nuestras comunidades existen grupos de personas que trabajan duramente, que desean integrar sus valores, su vida de familia con el trabajo y con la sociedad que les rodea; y que a pesar del esfuerzo que hacen, viven en medio del temor y la confusión, sin poder beneficiarse de una sociedad que ellos mismos ayudaron a construir?
Las personas de buena voluntad ofrecerán distintas opciones para equilibrar el derecho de los Estados Unidos de asegurar sus fronteras y hacer cumplir la ley, al mismo tiempo que se protegen los derechos inalienables de cada persona. Y la Iglesia quiere alentar al pueblo Americano, insistiendo que la dignidad humana y los derechos dados por Dios a la persona humana deben ser preservados, para que el resultado final refleje una respuesta honesta a la realidad de la inmigración que existe actualmente en nuestro país.
Mientras se sigue desarro-llando este importante dialogo público, rezo para que siempre nos acordemos de los rostros humanos involucrados en el debate.
Los inmigrantes no son simplemente consumidores de servicios y bienes, contribuyendo o aprovechándose de las instituciones económicas o políticas de nuestro país. Son personas reales, con vidas reales, familias, con esperanzas y sueños para su futuro.
Ciertamente, la Doctrina Social de la Iglesia y estos dos principios centrales nos proponen un camino con muchos desafíos. Hacer lo correcto no siempre es fácil.
Sin embargo, tratando de alcanzar un punto de equilibrio mientras buscan soluciones, los Estados Unidos también encontrarán, una vez más, la bendición y renovación vital que toda migración siempre ha sido para esta gran nación.