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In this Issue-November 7, 2008
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Cambiar el mundo, familia por familia
    Para muchos de nosotros, nuestros abuelos están entre las figuras que más ternura nos suscitan en nuestra memoria, porque son aquellos que, sintiéndose libres de la responsabilidad paterna, podían dedicarse a derramar afecto y ternura sobre los nietos.
    El Papa Juan Pablo II, en su “Familiaris Consortio”, señalaba que el aporte de los abuelos es muy importante, y que por tanto también ellos debían ser incluidos en el concepto de familia.

    La familia es en efecto, el eje de la sociedad y la célula básica de la Iglesia. Por eso los recientes papas incluyendo a Benedicto XVI, no se han cansado de llamarla “iglesia doméstica”. La Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos también ha incluido a la familia como una de las cinco prioridades para el ministerio pastoral de la Iglesia en este país para los próximos años.
    Por eso, cuando se piensa en la reforma de la sociedad o de la Iglesia, es posible decir con seguridad: con la familia se puede cambiar todo; sin la familia no se puede cambiar nada.

    Lo óptimo sería que todos hubiésemos nacido en una familia que respondiera a los anhelos profundos de nues-tro corazón, pero para algunos, la realidad no ha sido así. Sin embargo, incluso aquellos que reniegan de la familia en la que han nacido, lo hacen porque es natural desear que nuestra familia nos llene de ternura, de respeto, de amor y de protección.

    Precisamente porque la familia es tan vital para cada ser humano, para la sociedad y la Iglesia, es que Dios estableció el cuarto mandamiento: Honrar padre y madre. Este mandamiento no es sino la afirmación de la centralidad de la familia en la actual sociedad.

    Por eso, el Compendio del Catecismo nos dice que “en el plan de Dios, un hombre y una mujer, unidos en matrimonio, forman, por sí mismos y con sus hijos, una familia. Dios ha instituido la familia y le ha dotado de su constitución fundamental. El matrimonio y la familia están ordenados al bien de los esposos y a la procreación y educación de los hijos. Entre los miembros de una misma familia se establecen relaciones personales y respon-sabilidades primarias. En Cristo la familia se convierte en iglesia doméstica, porque es una comunidad de fe, de esperanza y de amor”. (Compendio 456)

    El Catecismo de la Iglesia nos enseña también que la familia tiene un valor superior al estado, y por tanto, el reconocimiento de su valor, su protección y promoción no es un “favor” que el estado hace, sino que es una obligación del estado fortalecer esta institución.
    Así como es deber de las autoridades públicas fortalecer a la familia y evitar cualquier ley que la amenace como unidad compuesta por un matrimonio entre un hombre y una mujer que traen hijos al mundo, también es deber nuestro frenar las tendencias sociales y culturales que van minando el valor de la familia.

    Los mandamientos nos ofrecen un camino sencillo y concreto para defender a la familia: honrar a padre y madre. Como nos explica el Catecismo, “los hijos deben a sus padres respeto (piedad filial), reconocimiento, docilidad y obediencia, contribuyendo así, junto a las buenas relaciones entre hermanos y hermanas, al crecimiento de la armonía y de la santidad de toda la vida familiar. En caso de que los padres se encuentren en situación de pobreza, de enfermedad, de soledad o de ancianidad, los hijos adultos deben prestarles ayuda moral y material”. (Compendio 459) Los padres pues, merecen todo nuestro amor y respeto por el lugar que Dios les ha dado en nuestra vida

    Los padres tienen ciertamente responsabilidades para con los hijos y muy graves. El Compendio nos recuerda que los padres “tienen el deber de amar y de respetar a sus hijos como personas y como hijos de Dios, y proveer, en cuanto sea posible, a sus necesidades materiales y espirituales”. (Compendio, 460)

    Confiemos a la Sagrada Familia de Nazaret el destino de nuestras familias y de la familia en Estados Unidos, para que siempre sea reconocida y protegida como la institución fundamental de nuestra sociedad.



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