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El reto de servir a Dios sobre todas las cosas
Si preguntáramos entre los hombres del mundo, independientemente de su religión, si aman a Dios, la respuesta de la gran mayoría sería positiva.
Algunos ciertamente, harían la aclaración de que ellos aman solamente a un “ser superior” que no conocen, o dirían que son personas “espirituales pero no religiosas”, y que por tanto ellos aman a algún dios, pero no creen ni pertenecen a ninguna iglesia.
Pero si precisáramos nuestra pregunta a:
“¿Amas a Dios sobre todas las cosas?”, creo que las respuestas afirmativas serían mucho menores, y no faltarían quienes responderían que ellos “ven a Dios en todas las cosas”, y que, por tanto, al amar las cosas, ya están amando a algún dios.
Nosotros los católicos tenemos una manera particular de amar a Dios.
Un amor que responde a un Dios que en el Antiguo Testamento se describe como “celoso” y que nos pide una forma de amor no sólo muy específica, sino exclusiva: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas”.
Cuando entendemos qué es lo que verdaderamente significa amar a Dios sobre todas las cosas, descubrimos que cumplir con el primer mandamiento de nuestra fe es un reto atractivo y emocionante del que depende la felicidad de nuestra vida.
Amar a Dios sobre todas las cosas significa vivir la santidad en la vida cotidiana y en todos sus aspectos. Porque no son las palabras las que expresan que amamos a Dios: son nuestras obras, nuestra vida entera.
Como gustaba repetir el Siervo de Dios Juan Pablo II, “el ‘sí’ que María da al Creador es un ‘sí’ al hombre”; es decir, que el amar a Dios sobre todas las cosas no es algo que hacemos en contra nuestra, sino, por el contrario, para nuestra propia felicidad y grandeza.
El Compendio del Catecismo nos recuerda que amar a Dios implica “guardar y poner en práctica las tres virtudes teologales, y evitar los pecados que se oponen a ellas.
La fe cree en Dios y rechaza todo lo que le es contrario, como, por ejemplo, la duda voluntaria, la incredulidad, la herejía, la apostasía y el cisma.
La esperanza aguarda confiadamente la bienaventurada visión de Dios y su ayuda, evitando la desesperación y la presunción.
La caridad ama a Dios sobre todas las cosas y rechaza la indiferencia, la ingratitud, la tibieza, la pereza o indolencia espiritual y el odio a Dios, que nace del orgullo.” (Compendio 442).
Pero Juan Pablo II advertía también que el gran “sí” que damos a Dios y al hombre, imitando el “sí” de María, implica decirle “no” con energía a muchas cosas que, lamentablemente, los católicos estamos acostumbrados a hacer, sin entender que con ello le decimos a Dios “me gustas, Dios, pero no tanto”.
Por eso el Compendio del Catecismo nos recuerda que no tener “otro Dios fuera de mí” implica rechazar “la idolatría que diviniza a una criatura, el poder, el dinero, incluso al demonio; la superstición, que es una desviación del culto debido al Dios verdadero, y que se expresa también bajo las formas de adivinación, magia, brujería y espiritismo… el ateísmo, que rechaza la existencia de Dios, apoyándose frecuentemente en una falsa concepción de la autonomía humana; el agnosticismo, según el cual, nada se puede saber sobre Dios, y que abarca el indiferentismo y el ateísmo práctico” (Compendio 445).
La pregunta sobre si realmente amamos a Dios sobre todas las cosas debe hacernos reflexionar sobre si, en medio de las prisas de nuestra vida, no nos hemos convertido en “ateos prácticos” que solamente conservamos algunos hábitos católicos, como ir a Misa o recurrir a algunos sacramentos.
Encomendémonos de corazón a la Santa Madre, que supo decir “sí” de corazón al Señor y que de esa manera logró para sí y para la humanidad entera el mayor bien, que es Jesús, el “Dios con nosotros”. Que el Señor los bendiga.
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