|
¿Por qué ir a misa el domingo?
Cada vez que pienso que he escuchado todas las posibles excusas de por qué algunos católicos no van a Misa el domingo, escucho una nueva.
Estas son sólo algunas de las que más veces he escuchado: “I am not into the worship thing”, “yo alabo a Dios a mi manera y no necesito ir al templo para hacerlo”, “Dios es mi amigo y no le molesta que no vaya a Misa”, “Fui a un colegio católico y ya escuché Misa por el resto de mi vida”…
Para cada una de estas excusas hay una respuesta razonable, pero me temo que quien busca una excusa no tiene una razón. Tiene solamente una excusa.
El problema de fondo está en que no llegamos a comprender bien quién es Dios. Es verdad que es mi amigo, y que me comprende y perdona y que yo puedo alabarlo “a mi manera”.
Pero es más cierto aún que Él es nuestro Creador, el que nos dio la vida y nos mantiene vivos, a quien le debemos todo lo que tenemos, el que nos ama tanto que entregó a su propio Hijo por nuestra salvación.
Existe pues en lo más hondo del corazón del ser humano, el deseo de alabar al Creador. Y precisamente para responder a ese deseo, a esa verdadera necesidad, es que Dios estableció el mandamiento de santificar el domingo y los días de guardar.
Y este es un mandamiento que debemos rescatar con más urgencia en nuestra cultura contemporánea, que ha convertido los días de precepto en días para descansar, ver deportes, cocinar una parrillada, salir de compras o hacer cualquier otra cosa, menos santificar a Dios mediante la Santa Misa.
El Compendio del Catecismo nos recuerda que “los cristianos santifican el domingo y las demás fiestas de precepto participando en la Eucaristía del Señor y absteniéndose de las actividades que les impidan rendir culto a Dios, o perturben la alegría propia del día del Señor o el descanso necesario del alma y del cuerpo”.
También nos explica que están permitidas “las actividades relacionadas con las necesidades familiares o los servicios de gran utilidad social, siempre que no introduzcan hábitos perjudiciales a la santificación del domingo, a la vida de familia y a la salud”. (Compendio 453)
En su hermosa Carta Apostólica “Dies Domini” (“El Día del Señor”) el Papa Juan Pablo II nos recordaba que “el deber de santificar el domingo, sobre todo con la participación en la Eucaristía y con un descanso lleno de alegría cristiana y de fraternidad, se comprende bien si se tienen presentes las múltiples dimensiones de ese día”. (Dies Domini 7)
Y el Papa explica cuáles son estas dimensiones del domingo: es el corazón de la semana, ante todo porque es el Día del Señor, en el que recordamos y celebramos el feliz acontecimiento de la resurrección.
Y porque es el Día del Señor, es también el “día del hombre”, en el que ninguna actividad debe atentar contra su dignidad como hijo de Dios; “el día la familia” en el que toda la familia debe celebrar unida el don del amor; el “día de los pobres”, en el que debemos ser especialmente generosos con los necesitados como Dios lo es con nosotros; y “el día de la naturaleza”, porque es una ocasión adecuada para contemplar y admirar las maravillas creadas por Dios.
En esta Carta, cuya lectura recomiendo vivamente a los católicos de la Arquidiócesis, el Santo Padre recuerda también que la celebración del domingo no es una simple y fría “obligación”: “Este es un día que constituye el centro mismo de la vida cristiana... El tiempo ofrecido a Cristo nunca es un tiempo perdido, sino más bien ganado para la humanización profunda de nuestras relaciones y de nuestra vida”. (DD 7)
Pidamos a Dios amor que nos ayude a redescubrir la grandeza del domingo y que el Día del Señor se convierta para nosotros en lo que debe ser: un momento fuerte de comunión con Dios, con nosotros mismos, con los seres humanos y con la creación. Un anticipo de las maravillas inimaginables que nos esperan en el Cielo.
|
|