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In this Issue - November 21, 2008
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Don't mess with your faith (en español)
    Con la frase “Don’t mess with Texas” los tejanos queremos expresar, entre otras cosas, que aquí buscamos respetar la ley, que nuestros policías y jueces son estrictos, y que creemos en el viejo adagio romano: “Dura lex est lex:” la ley, para ser ley, debe ser dura.

    El aprecio por la ley no es porque sea dura — en algunas ocasiones, como en la pena de muerte, puede ser incluso exageradamente dura — sino porque garantiza la convivencia social, el bienestar de todos.

    La ley moral, que la Iglesia enseña en nombre de Jesucristo, es similar, sólo que infinitamente más importante que las leyes humanas para nuestras vidas: de ella depende nuestra felicidad aquí en la tierra y nuestra salvación eterna.

    El Compendio del Catecismo de la Iglesia nos explica que “la ley moral es obra de la Sabiduría divina” que pone en el corazón del ser humano “los caminos y las reglas de conducta que llevan a la bienaventuranza prometida, y prohíbe los caminos que apartan de Dios”. (Compendio 415)

    Esas normas que anidan en el corazón de la persona, y que no son, como muchas veces erróneamente se presentan, una imposición de Dios, permiten a cada persona discernir el bien y el mal, mediante la razón. Por ello, el Catecismo nos recuerda que “la ley natural es universal e inmutable”; tanto así que ella es la que proporciona los fundamentos “de los deberes y derechos fundamentales de la persona, de la comunidad humana y de la misma ley civil”. (Compendio 416)

    Aunque la ley moral está inscrita en todos los corazones, no siempre los seres humanos escuchamos nuestro propio corazón, y frecuentemente hacemos cosas que van contra nuestra propia naturaleza.
    Por eso es que San Agustín decía que “Dios escribió en las tablas de la Ley lo que los hombres no alcanzaban a leer en sus corazones”.

    Y es así como contamos nosotros con el Decálogo, los Diez Mandamientos, que constituyen no sólo la síntesis de la forma de ser más humano, sino que constituye el pilar sobre el que se ha cimentado durante siglos y en numerosas culturas, las leyes humanas.
    Los Diez Mandamientos parecen, a primera vista una larga lista de “no”.

    Sin embargo, Jesucristo nos ha revelado la plenitud de esa ley: esos “no” son en realidad la expresión antigua de una ley completamente nueva; aquella que se resume en el mandamiento de amar a Dios y al prójimo, y de amarnos como Cristo nos ha amado.
    También esta ley ha sido inscrita por Dios en el corazón de los seres humanos: es la gran ley de libertad que recibimos mediante el bautismo y que debemos aplicar en toda nuestra vida.
La Ley de Dios pues, nos hace libres, y con ello nos trae la felicidad y la salvación.

    San Vicente de Paúl, ese gran santo francés de la caridad, cuya fiesta acabamos de celebrar el 27 de septiembre, decía luego de ver la apacible muerte de su amigo, el Obispo San Francisco de Sales: “la ley de Dios nos santifica, nos hace libres, nos llena de gozo, y da sentido a nuestra vida ¿Cómo no seguirla? ¿Por qué no yo? Si él (San Francisco de Sales) pudo ser santo ¿Por qué no yo?”
    Esa misma pregunta debe mover nuestros corazones hoy y toda nuestra vida, porque la ley de Dios es la que nos permite cumplir con ese llamado que tenemos todos a ser santos; y como decía el novelista francés León Bloy “sólo existe una tristeza, y es la de no ser santos”.

    Pidámosle a todos estos santos que comprendieron el poder liberador y santificador de la ley de Dios, que nosotros seamos capaces de escuchar-la, conocerla cada vez mejor, y sobre todo, seguirla, para que así, luego de una vida plenamente vivida, podamos llegar al día definitivo siendo capaces de decirle de Dios las palabras de San Pablo: “Señor, he combatido el buen combate, he alcanzado la meta, he mantenido la fe”.



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