Cuáles son las raíces de la injusticia en nuestra sociedad? ¿Cómo se relaciona nuestra fe en Jesucristo con nuestros deberes en el mundo?
Estas son algunas de las importantes preguntas que nos dirigió el Papa Juan Pablo II en su discurso a los que trabajan en las Caridades Católicas en San Antonio el 13 de septiembre de 1987.
En este discurso, el Santo Padre nos recuerda nuevamente nuestra misión histórica. Él observa que los trabajos católicos de caridad empezaron en esta tierra “antes de la Declaración de la Independencia”. Varias generaciones de católicos americanos, especialmente hombres y mujeres consagrados, se han entregado en un “servicio desinteresado, bajo el signo del amor”, dijo el Santo Padre.
Bajo el signo del amor. Son hermosas palabras que expresan una hermosa verdad. Que el amor es el único motivo verdadero por el trabajo que la Iglesia realiza en la sociedad.
En Jesús, Dios ha revelado su amor por todas las personas — especialmente por los pobres y los más vulnerables: “A través del corazón de Jesús la plenitud de la infinita misericordia de Dios apareció en el mundo … Jesús se identifica a sí mismo con el pobre y el indefenso: cuanto hagamos por cada uno de esos hermanos, a él lo hacemos, y el servicio que dejamos de ofrecer a uno de ellos, es servicio que le negamos a Él. (Mt 25:31-46).
Nosotros amamos a nuestros hermanos y hermanas porque Dios los ama. Amamos porque él ha hecho brillar en cada uno de nosotros la luz de su amor y misericordia. Tenemos una “tarea fundamental”, la de ser signos del amor de Dios en todo lo que hacemos. “Porque lo que está en juego es el misterio del amor de Dios, como lo explica la primera carta de San Juan: ‘Nosotros amemos porque Él nos amó primero’. (1 Jn 4:19) Todo servicio tiene su primer momento en Dios”.
Entonces la pregunta es: ¿Cuál es la mejor manera para expresar el amor de Dios en lo que se relaciona
con la política y el orden social? Una vez más el Santo Padre nos da un buen consejo.
Nuestra fe requiere más que dar nuestro tiempo y dinero para ayudar a las personas necesitadas. Estas cosas son esenciales y nunca podemos pasarlas por alto. Pero el amor cristiano requiere más. Papa Juan Pablo II dice que nosotros debemos hablar por los pobres. Debemos llegar a ser una voz para aquellos que no tienen voz. Debemos trabajar duro para “reformar las estructuras que causan o perpetúan la opresión”.
Llamando a los Católicos a “purificar las estructuras sociales de toda sociedad”, Papa Juan Pablo II reconoce que existe lo que se llama pecado “social”.
Ese es un concepto complejo y controversial. Pero es un elemento central de la enseñanza social de la iglesia. (Catecismo n. 1869) En esencia, significa que algunas instituciones y políticas resultan en condiciones que son pecaminosas, es decir, contrarias a las intenciones de Dios para sus hijos. Pero Papa Juan Pablo II nos recuerda que en la raíz de todo pecado social está el pecado personal. Es el egoísmo, la avaricia, la intolerancia y otras actitudes y opciones personales, “que operan a través de las estructuras [sociales], las que generan y propagan situaciones de pobreza, opresión y miseria”.
Este es un punto crucial. Nos hace tomar consciencia de que una reforma social verdadera y duradera empieza con la reforma interior — renovación espiritual- que Papa Juan Pablo II llamó “la conversión de nuestros corazones”.
Como muchas veces hizo al hablar de América, Papa Juan Pablo II expresó en su discurso, su profunda preocupación acerca de la pobreza espiritual causada por el materialismo y el consumismo. La pobreza espiritual es la “pobreza de todos aquellos que tienen y no quieren compartir, de aquellos que podrían ser ricos dando, pero que escogen ser pobres por quedarse con todo lo que tienen”. Esta es la pobreza que estamos llamados a combatir. Empezando en nuestros propios corazones. Debemos desenraizar todo egoísmo. De esta manera podemos empezar a abrazar lo que Papa Juan Pablo II llamó “deber del amor cristiano”. Pidamos esta semana la gracia de ser mejores misioneros del amor cristiano. En palabras de Juan Pablo II, prestémosle a Dios nuestra propia carne, nuestras manos, nuestros pies y nuestro corazón, “para que su trabajo sea hecho en el mundo”.
Recemos para tener una fe más grande en el Dios que se reveló a sí mismo como Amor. (1 Jn 4:16) Las palabras llenas de confianza que Papa Juan Pablo II dijo hace 20 años son verdad: “El amor puede superar grandes obstáculos, y el amor de Dios puede transformar el mundo totalmente.”