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In this Issue - November 21, 2008
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La misión de San Antonio
    El 13 de septiembre de 1987 fue un día histórico en la vida de la Arquidiócesis de San Antonio y la Iglesia Católica en Texas.

    La visita apostólica del Papa Juan Pablo II sigue siendo una inspiración para mi ministerio en San Antonio. Me conmueve pensar que este hombre santo y líder heroico pasó la noche rezando y descansando en el apartamento que ahora es mi casa en el Seminario de la Asunción.

    El día que pasó en San Antonio estuvo lleno de enseñanzas — incluyendo una larga homilía en la Misa a la que asistieron aproximadamente 350.000 personas, y tres mensajes importantes, a los seminaristas, a los que trabajan en las Caridades Católicas y a la comunidad hispana.

    En mis próximas columnas quiero meditar sobre sus palabras en San Antonio hace 20 años. Sus palabras siguen siendo tan importantes hoy como fueron hace 20 años. Revelan la profunda comprensión que el Santo Padre tenía de las necesidades de nuestra iglesia local y de los temas más amplios que se nos presentan a los católicos americanos.

    Él empezó el día con una misa en Westover Hills, la única Misa Dominical que celebró durante su visita pastoral a los Estados Unidos ese año.
    En su homilía, recordó la primera Misa celebrada en nuestra tierra — por el Padre Damián Massanet a las márgenes del río en la Fiesta de San Antonio, el 13 de Junio de 1691.

    El Santo Padre conocía nuestra historia y estaba convencido de que nosotros también deberíamos conocerla. Es una lucha conservar nuestra historia en la cultura actual. Pero tenemos que aferrarnos a nuestra identidad católica. Tenemos que recordar quiénes somos, de dónde vinimos y a qué nos llama Dios.

    San Antonio, dijo Juan Pablo II, tiene un llamado especial que brota de nuestra historia de ser “un encuentro de culturas, indígenas e inmigrantes” de todas partes del mundo. San Antonio es “un encuentro de caminos… un símbolo y una clase de laboratorio donde se prueba el compromiso de América con los principios morales y valores humanos que tiene desde su fundación.”

    Dios ha dado a nuestra ciudad y a nuestra iglesia local una vocación única e importante. San Antonio está llamada a ser una luz para nuestra nación – un brillante ejemplo de cómo las personas de diferentes continentes, razas, idiomas, costumbres y religiones, pueden vivir juntas en libertad, verdad, compasión y paz.
    Este es el gran ideal que Juan Pablo nos ofreció. Sigue siendo un objetivo personal vital que tengo para mi ministerio aquí.

    En la Providencia de Dios, personas de todos los confines de la tierra han venido a hacer su hogar en San Antonio. Nosotros debemos proclamar la Palabra de Dios a nuestro prójimo, a través de nuestras palabras y actos de amor desinteresado. Debemos mostrarles el poder que tiene el amor de Dios para cambiar y renovar sus vidas.

    Reconciliación fue el tema clave en la homilía del Papa. En primer lugar, la necesidad de esforzarnos por alcanzar una mayor reconciliación a nivel social — entre las razas y entre las personas. Pero él también escogió San Antonio para hacer un largo y elocuente llamado a volver al Sacramento de la Penitencia.
    Sus palabras me inspiraron para la carta pastoral que escribí al inicio de este año, La Misericordiosa Ternura de Nuestro Dios.

    Yo también creo en todo lo que Juan Pablo II enseñó. Este sacramento es la gran señal de esperanza para nuestro mundo. No podemos reconciliarnos con nuestros familiares y con nuestro prójimo sin antes habernos reconciliado con Dios.

    La penitencia, como dijo Juan Pablo II, nos hace libres para amar de nuevo. Y no podemos vivir sin amor. “Si el hombre se opone al amor y vive sin amor”, advirtió, “la muerte echa raíces en su alma y crece”.

    Eso es el pecado. Es el rechazo del amor. El sacramento nos ayuda a volver a nuestros sentidos. Nos abre un camino para decirle a Dios y a nuestro prójimo, “Estoy arrepentido de verdad. Estoy listo para amar de nuevo. Te pido perdón y prometo enmendar el daño que he causado por mi falta de amor.”     El Santo Padre nos recordó: “No puede haber un verdadero cristiano que viva sin una apertura a la dimensión trascendente de nuestras vidas”.

    Hagamos nuestro este desafío. Dediquémonos estas semanas a estar más abiertos a Jesucristo en nuestras vidas. Solo Él nos muestra el rostro del Padre, las necesidades de nuestros hermanos y hermanas y el sentido de nuestras vidas.



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