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In this Issue - November 21, 2008
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La importancia del nombre de Dios
    En la cultura actual, nos hemos acostumbrado a utilizar mucho el nombre de Dios, pero el nombre de Dios no es un nombre cualquiera. Referirse a él no es asunto pequeño.

    Cuando Moses vio la zarza ardiendo, y Dios le habló por primera vez, Moses quiso averiguar el nombre del Dios que le hablaba. La respuesta de Dios fue: “ ‘Yo soy’ y dile al Faraón que ‘Yo soy’” me envía. Dios no revela su nombre. Sólo expresa su verdadera naturaleza. Él ES.

    En la tradición judía, el nombre de Dios no sólo no se pronunciaba: ni siquiera se escribía completamente. En efecto, en los rollos de las Escrituras, los antiguos hebreos en vez del nombre completo de Dios escribían lo que se conoce como el “tetragrama” (Cuatro letras), compuesto sólo por consonantes: YHWH, que no podían ser pronunciadas.

    Los católicos gracias a Jesucristo, que nos reveló a Dios como aquel que es amor, pronunciamos la palabra “Dios” sin temores pero eso no significa que nuestro respeto por Dios y por su nombre debe ser menor.

    El católico no sólo se abstiene de usar el nombre de Dios en vano en cualquier tipo de juramento o de promesa, sino que da un paso más importante: el mandamiento de no tomar el nombre de Dios en vano se convierte en un llamado positivo a alabar el nombre de Dios, a pronunciarlo con amor y reverencia.

    En efecto, el Compendio del Catecismo nos recuerda que “se respeta la santidad del Nombre de Dios invocándolo, bendicién-dole, alabándole y glorificándole. Ha de evitarse, por tanto, el abuso de apelar al Nombre de Dios para justificar un crimen, y todo uso inconveniente de su Nombre, como la blasfemia, que por su misma naturaleza es un pecado grave; la imprecación y la infidelidad a las promesas hechas en nombre de Dios”. (Compendio 447)

    Vivimos en una época en que los nombres significan poco, y en el que las palabras parecen perder su significado. La misma palabra “Dios” ha sido víctima de este proceso de falta de reverencia.
    Pero para quienes tenemos fe, esto no debería ser excusa parta descuidar el respeto y el amor que debemos tener por el nombre de Dios. Amamos y somos reverente ante su nombre porque creemos que los nombres sí significan algo.

    Recordemos lo que nos dice San Pablo en uno de los pasajes más bellos de su cartas: “Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos”. (Fil. 2:10)
    Si reconocemos que al nombre de Jesús toda rodilla se dobla en la creación entera ¿Cómo será ante el nombre de Dios, que expresa la grandeza no sólo del Verbo, sino de la Trinidad?

    La reverencia, el respeto y el amor al nombre de Dios es un medio concreto que nos lleva al amor y el respeto de Aquel que está detrás del nombre, de Dios mismo. Por eso es que el segundo mandamiento no ha pasado de moda ni ha perdido vigencia: sigue siendo una exigencia para el católico; y más aún en medio de una cultura que se enorgullece de no respetar nada sagrado.

     Esta semana celebramos la fiesta de San Juan María Vianney, el santo sacerdote francés que dedicó parte importante de su ministerio a promover entre sus feligreses de Ars el respeto y la reverencia por el nombre de Dios, que en la Francia de aquella época no sólo era pronunciado en vano, sino que era objeto de terribles blasfemias.

    Que este santo ejemplar, que reverenció durante su vida “el dulce nombre de Dios”, nos ayude con su intercesión a redescubrir el valor del respeto al nombre de Dios.



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