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In this issue - January 13, 2012
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Column by Archbishop Gustavo García-Siller
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La oración es el mejor uso de nuestro tiempo

Uno de los empresarios más famosos de Estados Unidos, contestaba tiempo atrás en una entrevista que no gustaba de ir al templo o de rezar, diciendo: “no es un uso productivo de mi tiempo.”

En nuestra cultura de lo práctico y de los resultados instantáneos, la oración, en efecto, puede parecer una pérdida de tiempo. Pero en realidad es todo lo contrario: para el ser humano, es el mejor empleo posible de su tiempo.

Hay muchas razones para rezar, pero aquí pongo solamente dos. La primera es muy sencilla y contundente, y solía repetirla San Alfonso María de Ligorio: “el que no reza no se salva”. Para los cristianos, que somos ciudadanos del Cielo, este argumento bastaría.
Y la segunda razón es tan importante como la primera: orar no sólo es un “deber”, es ante todo una necesidad. Esto lo expresaba muy gráficamente San Agustín en el inicio de sus “Confesiones”: “nos creaste Señor para ti y nuestra alma estará inquieta mientras no descanse en ti.”

En efecto, el hombre necesita de Dios. El fondo de su ser está marcado por la huella profunda del Creador. Y es posible que muchas veces, los seres humanos -como aquel famoso empresario- no comprendan que los muchos anhelos de hacer cosas, de lograr triunfos o satisfacciones que finalmente nos dejan algún vacío, son expresión de esa necesidad de Dios que, por más que el mundo niegue o ignore, está inscrita en lo más hondo del corazón de todo ser humano.

Desde el comienzo de la historia de la humanidad, el ser humano siempre se ha dirigido a Dios. No lo ha hecho por temor, como algunos “expertos” nos quieren hacer creer; lo ha hecho porque es ser humano, porque se reconoce creado, proveniente de un Ser superior, al cual tiende naturalmente. Toda persona pues necesita de Dios.

¿Qué es la oración?
El Compendio del Catecismo nos la describe como “la elevación del alma a Dios o la petición al Señor de bienes conformes a su voluntad. La oración es siempre un don de Dios que sale al encuentro del hombre. La oración cristiana es relación personal y viva de los hijos de Dios con su Padre infinitamente bueno, con su Hijo Jesucristo y con el Espíritu Santo, que habita en sus corazones” (Compendio 534).

El Evangelio nos muestra frecuentemente a Jesús en oración. Ocupado como estaba en salvar a la humanidad, y sabiendo que su misión duraría apenas tres años, Jesús aprovecha toda ocasión para retirarse en soledad, con preferencia durante la noche; y lo vemos orar especialmente antes de los momentos decisivos de su misión o de la misión de sus apóstoles.

Jesús nos enseña a orar de manera especial cuando nos entrega la oración del Padre Nuestro; pero también con el ejemplo de cómo él mismo rezaba: con pureza de corazón; buscando que se cumpla el plan del Padre; perdonando a los enemigos; entregándose con confianza audaz y filial que va más allá de lo que sentimos y comprendemos; y con una constante vigilancia, para proteger a sus discípulos de la tentación.

María es también un modelo de oración. No sólo la vemos intercediendo en las Bodas de Caná, sino que en dos ocasiones, el Evangelio según San Lucas nos la describe con una actitud que es un verdadero modelo frente a las dificultades o las realidades que no comprendía: “Y María conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón”. No reaccionaba precipitadamente, no reclamaba justicia o pedía explicaciones... primero se recogía para comprender cuál era el plan de Dios para su vida.

La oración cristiana es tan rica que puede tomar diversas formas: existe la oración de bendición, de adoración, de petición, de intercesión, de acción de gracias y de alabanza.
La oración de bendición es la respuesta agradecida del hombre a los dones y regalos inmerecidos de Dios: desde la vida misma hasta la naturaleza y las cosas materiales que hemos recibido de la bondad del Señor.

La adoración es el profundo reconocimiento del ser humano como criatura ante su Creador, de quien depende toda su existencia, y ante quien se postra humildemente.
La oración de petición puede adoptar diversas formas: puede ser una petición de perdón o la súplica humilde y confiada por nuestras necesidades espirituales y materiales; siempre que estén en sintonía con el plan de Dios para nuestras vidas.

La oración de acción de gracias es la respuesta natural a la presencia de Dios en nuestra vida. Él nos ha dado todo lo que tenemos y llenos de alegría, expresamos nuestra gratitud a Dios. Como decía San Agustín: “¿Qué cosa mejor podemos traer en el corazón, pronunciar con la boca, escribir con la pluma, que estas palabras: ‘Gracias a Dios’?” 

La intercesión consiste en pedirle a Dios un bien para otro. Esta oración nos une de una manera especial con la oración de Jesús, que siempre intercede ante el Padre por todos los hombres, en particular para que podamos evitar el pecado y recibir la gracia de la perseverancia hasta el final.

Finalmente, la alabanza es la oración totalmente desinteresada, que reconoce a Dios como el Ser Supremo que es Perfecto, Puro, Todopoderoso, Amoroso y Misericordioso: “Padre Nuestro que estás en el Cielo”. Es la oración que más llena de regocijo el corazón del cristiano.

Resumamos todas estas formas de oración pidiendo a Dios por la paz en el mundo, por nuestra arquidiócesis, por nuestras familias. Démosle alabanza por su gran bondad y amor y pidámosle la gracia de ser hombres y mujeres de oración.

 



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