Desde hace algunos años, los Caballeros de Colón están embarcados en el “Proyecto Moises”, que consiste en elevar un monumento a los Diez Mandamientos, idealmente en cada ciudad del país.
La idea de este proyecto y otros similares es la de reconocer que los Diez Mandamientos son mucho más que historia: son un mensaje de vida puesto ante nosotros.
En el libro del Deuteronomio, en el Antiguo Testamento, podemos leer cuál es la razón por la cual Dios decide dar al pueblo de Israel, y mediante el pueblo elegido, a nosotros, los Diez Mandamientos: “A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, de que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia, amando a Yahvé, tu Dios, atendiendo a su voz y siguiéndolo a él, pues él es tu vida, así como la prolongación de tus días, a fin de que habites sobre la tierra que juró Yahvé a tus padres, Abraham, Isaac y Jacob, que les había de dar”. (Dt 30:19-20) El Señor pues, nos pone delante estos Diez Mandamientos como un medio para asegurar que nosotros seamos felices, es decir, que tengamos vida. Y por eso, si bien Jesús canceló muchas normas, ritos y leyes de la Antigua Alianza, llevó a plenitud y mantuvo la plena vigencia del decálogo.
Por ello la Iglesia nos enseña que el decálogo, “al presentar los mandamientos del amor a Dios (los tres primeros) y al prójimo (los otros siete), marca, para el pueblo elegido y para cada uno en particular, el camino de una vida liberada de la esclavitud del pecado”. (Compendio 436)
Ese es el fin de los Diez Mandamientos: llevarnos a la plena libertad de los hijos de Dios.
Esto es muy importante destacarlo, porque algunos señalan que los mandamientos son una vía “demasiado negativa” para el mundo de hoy. En efecto, siete de los Diez Mandamientos comienzan con la palabra “no”, es decir, prohibiendo algo.
Sin embargo, el Siervo de Dios Juan Pablo II explicaba que “los varios ‘no’ de la ley de Dios a algunas cosas son en realidad un gran ‘sí’ a la vida, al amor, a la felicidad”.
Los mandamientos pues son una fuente de vida, no un conjunto de normas externas que buscan controlar la libertad del hombre. En la mayoría de los casos, los Diez Mandamientos se representan en dos tablas, una conteniendo los mandamientos referidos a Dios, y la otra los referidos al prójimo.
Algunos ambientes académicos han propuesto el llamado “Proyecto de la Segunda Tabla”, según el cual los norteamericanos deberían olvidar la primera tabla, referida a Dios, porque es demasiado “controvertida” y no todos creen en Dios; y que deberíamos lograr un consenso en torno a los mandamientos que se refieren a los seres humanos.
En la teoría, la propuesta puede parecer inteligente y capaz de construir un consenso más amplio. Pero en la práctica, separar una tabla de la otra no sería más que acabar con todos los mandamientos.
El Compendio del Catecismo nos explica que “los Diez Mandamientos constituyen un todo orgánico e indisociable, porque cada mandamiento remite a los demás y a todo el decálogo. Por tanto, transgredir un mandamiento es como quebrantar toda la ley”. (Compendio 439)
La razón de la unidad de los Diez Mandamientos se basa en un principio de sentido común que señalaba el gran intelectual Católico inglés G.K. Chesterton: “si Dios no existe, todo está permitido”.
Los Diez Mandamientos son sencillos, son exigentes y están esculpidos en la piedra de la historia. También hoy nosotros experimentamos lo que experimentó el pueblo de Israel: cuando se vive el decálogo, se está cerca de Dios, predomina la paz y la tranquilidad pública. Lejos de Él, sólo se vive la descomposición social, la crisis y el conflicto.
Vivir según el decálogo no es fácil. Pero es posible cumplirlo porque Cristo, sin el cual nada podemos hacer, nos hace capaces de ello con el don del Espíritu Santo y de la gracia.
Que Nuestra Señora de Guadalupe nos ayude a renovar nuestro compromiso de vivir la fe con coherencia en nuestra vida cotidiana, siguiendo la inspiración del decálogo.