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In this Issue - August 15, 2008
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El increíble regalo del Padrenuestro
Make the year of St. Paul one of renewal
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El verdadero Tesoro

Hace algún tiempo los medios de prensa informaron que el Vaticano había publicado unos “nuevos” supuestos “diez mandamientos” de tránsito; y otros especularon recientemente de la próxima publicación de otros “diez mandamientos” ecológicos.

La Iglesia nunca ha creado “nuevos” mandamientos y los diez mandamientos que conocemos siguen siendo los mismos, tal como Dios los reveló, Jesucristo realizó plenamente y el catolicismo los sigue enseñando.
Los supuestos “nuevos mandamientos” no son más que normas de sentido común que aplican a la realidad de nuestros días los principios inmutables recogidos en los Diez Mandamientos.

Los Mandamientos, por tanto, siguen teniendo total vigencia, desde el primero — Amarás a Dios sobre todas las cosas — al décimo: No codiciarás los bienes ajenos.

La codicia y la envidia no han sido eliminadas de la lista de los pecados. Siguen siendo dos de los siete pecados que llamamos “capitales” porque generan otros pecados, otros vicios. Ciertamente ha cambiado la manera como se expresan hoy en día: la envidia es frecuentemente encubierta por el “espíritu de competitividad”, y la codicia es presentada como eficacia.

De esta forma, en muchas culturas corporativas, estos vicios no sólo no se combaten, sino que se premian.
Precisamente por eso es tan importante y urgente recordar el Décimo Mandamiento. Un mandamiento que nos pide alejarnos del deseo desordenado de apropiarse de los bienes de otros, así como de la tristeza experimentada ante los bienes o el bienestar del prójimo.

El Décimo Mandamiento cierra perfectamente el ciclo de los Mandamientos porque está íntimamente relacionado al primero de ellos.

En efecto, rechazamos el deseo desordenado de los bienes de los otros, y nos resistimos a sentirnos tristes o furiosos por el éxito de los demás porque hemos aceptado que Dios está por encima de todo y debe ser nuestro primer amor.

Jesús nunca dejó alguna duda a sus discípulos de que el amor a Él debía anteponerse a todo y a todos.
En efecto, como explica el Compendio del Catecismo, “el desprendimiento de las riquezas según el espíritu de la pobreza evangélica, y el abandono a la providencia de Dios, que nos libera de la preocupación por el mañana, nos preparan para la bienaventuranza de ‘los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos’ (Mt 5, 3)”. (Compendio 532).

Porque somos personas humanas, dotadas de un cuerpo que Dios nos ha dado, tenemos necesidades materiales a las que debemos proveer. Además, si otros dependen de nosotros, también de sus necesidades debemos proveer y cuidar.

Pero el Décimo Mandamiento, y en su conjunto, todos los Mandamientos, nos recuerdan que lo esencial es amar a Dios, porque toda la humanidad, y la totalidad de cada ser humano, necesita de Dios. Como bellamente explica el Compendio del Catecismo de la Iglesia, “el mayor deseo del hombre es ver a Dios. Éste es el grito de todo su ser: ‘¡Quiero ver a Dios!’” (Compendio 533).

Cuando este mundo pase, no tendremos ninguna necesidad material. Sólo nos encontraremos frente a Dios con la única necesidad: la de contemplarlo y unirnos a Él. Pero si nuestras opciones hoy, en esta vida, ponen por encima los bienes materiales y los placeres perecederos, entonces, el día definitivo, nuestro ser estará corrompido, dañado para ese encuentro definitivo.

Como explicaba el recordado Juan Pablo II a los jóvenes, las enseñanzas son un gran “sí” a la vida. “Pero ese gran ‘sí’ –decía el Papa- supone algunos enérgicos ‘no’”.

La mayoría de los Mandamientos, en efecto, están formulados en negativo. Pero esos son los “no” que forman parte del gran “sí” de Dios al ser humano. Al mismo tiempo, el cumplimiento fiel a los Mandamientos, es un gran ‘sí’ del hombre a Dios.

La Iglesia no receta pues, a través de los Mandamientos, un conjunto de normas negativas, ni rechaza el lugar justo y adecuado que tienen los bienes terrenos y los placeres temporales. Al contrario, esos bienes han sido creados por Dios para nuestra realización.

Pero se trata de un asunto de prioridades: como dice el Apóstol Pablo, “todo es vuestro, pero vosotros de Cristo, y Cristo de Dios” (1 Cor 3:22-23).

Los bienes perecederos materiales son nuestros; nosotros pertenecemos a Cristo. Por lo tanto, Dios es el valor supremo que marca el orden correcto para todo en nuestra vida.

Pidamos la gracia de amar los Mandamientos como un don de Dios a la humanidad.

 




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