|
Nuestra gran nación necesita una reforma migratoria con urgencia
Ha llegado el momento para una nueva ley de inmigración.
Esta tarea permanece a pesar del aparente fracaso de la legislación bipartidista en el Senado. El tema es urgente. Y no desaparecerá, no importa cuánto los políticos quisieran que desapareciera.
La reforma no puede esperar otro ciclo político y nosotros no podemos rendirnos. Las vidas de millones de trabajadores indocumentados y sus familias están en juego. Lo mismo sucede con nuestra seguridad nacional y bienestar económico.
Todos sabemos que nuestro sistema está roto y que debió ser arreglado hace mucho tiempo. Es tiempo de reunir la valentía, la compasión y el espíritu necesario para llegar a un acuerdo. Debemos superar nuestras diferencias y forjar una nueva aproximación digna de una gran nación.
En este debate, necesitamos reconocer dos importantes hechos: primero, que millones de inmigrantes ya están en medio de nosotros; y segundo, que necesitamos que estén aquí.
Sabemos en nuestros corazones que la gran mayoría de “indocumentados” son personas honestas y trabajadoras. Las propuestas serias de políticas migratorias apoyan esta idea. Los estudios muestran que los inmigrantes hacen contribuciones sustanciales a nuestra economía y que son vitales para nuestro futuro crecimiento económico.
Lo único que tiene sentido es ofrecerles un camino a la plena participación en la sociedad americana. Deberíamos ayudarlos a que sean ciudadanos que paguen impuestos y que reciban los beneficios comunes a los trabajadores.
Tales medidas fortalecerían nuestras fronteras, realzarían nuestra economía y reducirían las presiones que recaen sobre nuestros sistemas de salud y servicio social.
Nuestros inmigrantes son en gran parte religiosos, y basándose en su tradición pro – familia, reflejan un profundo respeto por el valor y la dignidad de cada vida humana. Ellos tienen una fuerte ética de trabajo y son fieles a su patria adoptada.
Muchos sirven en nuestras fuerzas armadas. Acoger su espíritu de sacrificio e de confianza en sí mismos solo puede ayudar a renovar y revitalizar el alma americana.
Buscar la manera de reunir a los inmigrantes con sus seres queridos también tiene sentido en lo económico. Las lecciones de la historia americana son claras — los hijos de los inmigrantes son siempre mucho más exitosos económicamente que sus padres. La promoción de familias inmigrantes sólidas solo puede incrementar la futura prosperidad de América.
Todas estas reformas están en nuestro interés nacional. Hacerlas es lo correcto.
No hay necesidad de discutir cómo nuestros inmigrantes llegaron aquí. Admitamos que tenemos nuestra parte de culpa por no asegurar mejor nuestras fronteras y por no hacer que nuestras leyes sean siempre aplicadas. Admitamos que todo el tema es complicado por factores económicos y políticos globales.
Vengo a este debate como un arzobispo Católico y como un orgulloso ciudadano Americano. También vengo como un inmigrante, nacido y criado en México. Mi familia esta en ambos lados de la frontera. Mis abuelos maternos se casaron en San Antonio y mi mamá creció aquí, mientras mi papá creció en México.
En este debate, hemos perdido el sentido de los Estados Unidos como una nación de inmigrantes. Nos hemos olvidado que los hispanos han estado aquí desde el principio y que, junto con inmigrantes de todo el mundo, han ayudado a construir lo que este país es ahora.
Ahora estamos asustados, expresando nuestros miedos en una retórica encolerizada y polarizada.
Tenemos miedo de que aun seamos vulnerables a otro ataque como el del 11 de septiembre. Tenemos miedo de estar demasiado inmersos en una guerra extranjera que podríamos no ganar. Y tenemos miedo de que nuestra economía no siga creciendo y que nuestros empleos estén en riesgo.
Estas son preocupaciones legítimas. Pero no podemos legislar basados en el miedo. Eso solo llevará a medidas rencorosas y punitivas que no hacen nada para llegar a las causas de fondo de nuestra preocupación.
Debemos aproximarnos a este tema con la madurez de una gran nación, una nación con una democracia vigorosa, una economía creciente y un corazón compasivo. Una nación que debe sostener su noble historia y destino.
El desafío de la reforma migratoria permanece con nosotros. Debemos tener la valentía para resolverlo.
|
|