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Column by Archbishop Gustavo García-Siller
Today's Catholic Digital Edition

'Tú eres sacerdote para siempre'

    No es casualidad que en este número recordemos al mismo tiempo el Día del Padre y el jubileo de varios sacerdotes de nuestra arquidiócesis.

    Todos reconocemos en Dios Padre el modelo perfecto para un padre humano, quien nos da la vida y provee por nuestras necesidades. Y esta función, cumplida primariamente por nuestros padres naturales, también es cumplida por los sacerdotes — que nos nutren espiritualmente — gracias a ese inmenso don que es el sacramento del orden sacerdotal.

    El sacerdocio, entendido como aquella realidad que separaba a un hombre del pueblo para consagrarlo a Dios y, en nombre de Dios, servir al pueblo, ya existía en el Antiguo Testamento. Los Levitas, por ejemplo, constituían la casta sacerdotal de los hijos de Israel. Pero fue el mismo Señor Jesús quien, para garantizar la permanencia de sus dones entre nosotros, instituyó el sacramento del orden sacerdotal en la iglesia.

    El sacramento del orden sa-cerdotal es precisamente el que permite que la misión confiada por Cristo a sus apóstoles siga siendo ejercida hasta el fin de los tiempos, mediante la transformación de un varón digno en Alter Christus, en otro Cristo.

    En efecto, como decía Santo Tomás de Aquino, “Sólo Cristo es el verdadero sacerdote; los demás son ministros suyos”. El sacramento que hemos recibido quienes somos sacerdotes es participación del único sacerdocio de Cristo, a quien celebramos como el sumo y eterno sacerdote.

    Sin este sacramento, la iglesia simplemente no podría existir: no habría quien perdonara los pecados, reconciliara a los hombres con Dios y consagrara la Eucaristía, el pan de la vida eterna.

    El Compendio del Catecismo de la Iglesia nos explica que “el sacramento del orden sacerdotal otorga una efusión especial del Espíritu Santo, que configura con Cristo al ordenado en su triple función de sacerdote, profeta y rey, según los respectivos grados del sacramento. La ordenación confiere un carácter espiritual indeleble: por eso no puede repetirse ni conferirse por un tiempo determinado”. (Compendio 335)

    En efecto, a diferencia del matrimonio, que une a los cónyuges “hasta que la muerte los separe”, el sacerdote es “para siempre”: incluso después de la muerte, sea cual sea su destino, seguirá siendo sacerdote.

    El primer grado del orden es la ordenación episcopal, que da la plenitud del sacramento del orden, hace al obispo legítimo sucesor de los apóstoles, lo constituye miembro del colegio episcopal, compartiendo con el papa y los demás obispos la preocupación por todas las iglesias, y le confiere los oficios de enseñar, santificar y gobernar a la porción del pueblo de Dios que la ha sido confiada por el vicario de Cristo.

    Por eso, el obispo es el principio visible y el fundamento de la unidad de la iglesia local, en la cual desempeña, como vicario de Cristo, el oficio pastoral, ayudado por sus presbíteros y diáconos.

    El sacerdote, como cooperador del orden episcopal, es consagrado para predicar el Evangelio, celebrar el culto divino, sobre todo la Eucaristía, de la que saca fuerza todo su ministerio, y convertirse en el pastor de los fieles. Por eso es que la tradición cristiana, desde los primeros tiempos, ha utilizado el título de “padre” para referirse al sacerdote.

    Y es que los sacerdotes, por decisión del mismo Jesucristo que instituyó este sacramento, han recibido un ministerio especial directamente de Cristo.

    No es un ministerio que proviene de ellos mismos, de sus cualidades humanas o su capacidad de liderazgo. Tampoco la han recibido por mandato o delegación de la comunidad. La han recibido del mismo Cristo a través de la iglesia.

    Por eso, sobre nosotros los sacerdotes, pesa una seria responsabilidad conferida por el Señor Jesús. Nuestra vocación es la de ser la presencia redentora del dulce Señor Jesús en medio del pueblo.

    Por eso debemos elevar una oración agradecida por el don del sacerdocio, especialmente por los sacerdotes de nuestra arquidiócesis que celebran aniversarios especiales de fidelidad a su vocación. Y oremos para que el Señor envíe a nuestra arquidiócesis abundantes y santas vocaciones al sacerdocio.
 



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