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In this Issue - November 21, 2008
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Salva el matrimonio y salvarás al mundo

    En su viaje Apostolico al Continente Americano la semana pasada, el Papa Benedicto XVI dijo a los jóvenes de America: “Tened, sobretodo, un gran respeto por la institución del Sacramento del Matrimonio.
    No podrá haber verdadera felicidad en los hogares si, al mismo tiempo, no hay fidelidad entre los esposos.

    El matrimonio es una institución de derecho natural, que fue elevado por Cristo a la dignidad de Sacramento; es un gran don que Dios hizo a la humanidad, Respetadlo, veneradlo.”
    La institución del Matrimonio es una realidad tan fundamental para la permanencia de la sociedad y de la Iglesia, que sin ella el mundo se extinguiría. Y por eso es legítimo decir que, si salvamos el matrimonio — especialmente frente a los numerosos ataques que hoy enfrenta — salvaremos el mundo.

    El matrimonio es una institución natural creada por Dios anterior a la Iglesia.
    La unión entre el hombre y la mujer es una realidad que Dios ha querido instituir para asegurar la supervivencia de la humanidad no sólo física, sino social y cultural: en efecto, es en el matrimonio, en el seno de una familia, donde un niño aprende a ser un miembro de su propia comunidad, su sociedad y su cultura.
    Desde su inicio, Dios estableció esta unión para el bien y la felicidad de los cónyuges; así como para la procreación y educación de los hijos.
    Jesucristo estableció el sacramento del matrimonio para reestablecer el orden original del Matrimonio querido por Dios; y para que mediante este sacramento, los esposos reciban las gracias especiales que Dios confiere para poder cumplir con esta enorme responsabilidad, no sólo de criar y educar a los hijos, sino de convertirse en el signo del amor entre Jesucristo y la Iglesia.

    En efecto, recordemos que el Antiguo Testamento habla frecuentemente de la relación entre Dios y el Pueblo Elegido en términos de amor matrimonial. Y San Pablo nos enseña aún más claramente: “Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo ama a la Iglesia”. (Ef 5:25)

    En el sacramento del matrimonio, un hombre y una mujer que se aman aceptan ante Dios entregarse mutua y definitivamente, con el fin de vivir una alianza de amor fiel y fecundo.
    Cuando pronuncian libremente, ante en sacerdote o el diácono, el solemne “I do”, los cónyuges se convierten en un solo cuerpo “hasta que la muerte los separe”; y los une “en las penas y alegrías, en la salud y la enfermedad”.

    Sobre este pilar fundamental de una unión escogida libremente y para toda la vida, se construye la familia cristiana, que es llamada “Iglesia doméstica” porque se convierte en la primera célula donde se vive la naturaleza comunitaria y familiar de la Iglesia como familia de Dios.

    Cada miembro de la familia cristiana, pero especialmente los esposos, contribuyen a construir una comunidad de gracia y de oración; una escuela de virtudes humanas y cristianas y un lugar donde los hijos reciben el primer anuncio de la fe y el primer ejemplo vivo de la caridad.

    El Compendio del Catecismo de la Iglesia explica que el sacramento del Matrimonio “crea entre los cónyuges un vínculo perpetuo y exclusivo. Dios mismo ratifica el consentimiento de los esposos. Por tanto, el Matrimonio consumado entre bautizados no podrá ser nunca disuelto. Por otra parte, este sacramento confiere a los esposos la gracia necesaria para alcanzar la santidad en la vida conyugal y acoger y educar responsablemente a los hijos”. (Compendio 346)
    Por la importancia de este sacramento para la vida de la sociedad, la Iglesia procura defenderlo de los diversos ataques.

    En primer lugar, del pecado, especialmente el adulterio, que hiere profundamente el matrimonio; del rechazo a la vida, que priva a la vida conyugal del don de los hijos; y del divorcio, que contradice la indisolubilidad.

    Todo atentado contra el matrimonio es un acto de suicidio social y cultural.
    Por eso, pidamos a la Sagrada Familia, ejemplo maravilloso de convivencia familiar, que proteja todos los matrimonios, que asista especialmente a los recién casados, a los esposos jóvenes y a todos aquellos que atraviesan una dificultad.




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